Manuel Rocha, el embajador de las sombras

La detención de Manuel Rocha sorprendió a todos y obliga a una revisión del proceso político de 2002

Jaime Aparicio Otero / Diplomático

El escenario es la Corte de Distrito de Florida, donde se desarrolla un intrigante episodio de traición y subversión política. En el centro de esta historia se encuentra Manuel Rocha, un Embajador de los Estados Unidos, acusado de actuar como agente encubierto de la temida Dirección de Inteligencia de Cuba durante más de cuatro décadas. Según el Fiscal General de Estados Unidos, Merrick B. Garland, el caso Rocha “expone una de las infiltraciones de mayor alcance y duración en el Gobierno de Estados Unidos por parte de un agente extranjero”.

Esta trama contiene la intriga, la felonía y el dramatismo propios de las obras maestras de John Le Carré, donde uno se enfrenta a un laberinto de enigmas por desentrañar. Uno de los misterios por resolver es conocer cuál fue el “inmenso aporte” o el “Grand Slam” que Rocha alegó haber realizado a favor de los intereses de la revolución cubana. En este rompecabezas, varios analistas sugieren que Rocha fue una pieza importante dentro de la estrategia trazada por el régimen cubano para ejercer control político sobre Bolivia, lo que se materializó con la llegada al poder de Evo Morales.

Fidel Castro nunca se resignó a abandonar el proyecto de ocupar Bolivia, que fue frustrado con la caída del Che Guevara en la Sierra de ese país. Castro consideraba que la posición estratégica de Bolivia en Sudamérica era el terreno propicio para expandir su revolución. Muchos sostienen que Rocha fue funcional a la nueva táctica de Fidel Castro para influir en la región, la cual ya no se basaba en las armas, sino en respaldar a líderes populistas para que participen en elecciones democráticas y luego socaven, desde adentro, las bases democráticas para perpetuarse en el poder. Era la revolución mediante otras vías, consejo también sugerido por Gramsci, y que se concretó con la llegada al poder de figuras como Chávez, Ortega y Morales.

El juicio del exembajador ha causado revuelo internacional. Rocha, fue Embajador de Estados Unidos en Bolivia (2000-2002), y es recordado por haberse entrometido en la política interna durante la campaña electoral de 2002, cuando declaró: “Quiero recordarle al electorado boliviano que si elige a aquellos que deseen que Bolivia vuelva a ser un exportador de cocaína, ese resultado pondrá en peligro el futuro de la ayuda de los Estados Unidos a Bolivia”. Esta declaración se considera que benefició al candidato Evo Morales, que quedó en segundo lugar en aquellas elecciones y a partir de entonces despegó su carrera política.

Igualmente grave fue, como relata el historiador boliviano Carlos Brockman, en su artículo “Manuel Rocha y su frase que cambió la historia”, que durante una cena ofrecida a un grupo de periodistas bolivianos, el entonces Embajador Rocha, al intentar justificar su declaración, comentó que la condición para mantener buenas relaciones con Estados Unidos “es total adhesión a los lineamientos de Washington. Colombia es un buen ejemplo…”.

Evo Morales ironizó varias veces diciendo que Manuel Rocha, ex embajador norteamericano en Bolivia, fue su “mejor jefe de campaña” (AFP)

Lo cierto es que Morales, quien figuraba como cuarto en las encuestas, terminó en segundo lugar en la votación, con un margen muy estrecho respecto a su inmediato perseguidor, Manfred Reyes Villa. El mismo Morales ironizó varias veces diciendo que Rocha fue su “mejor jefe de campaña”. A tres días de las elecciones generales del año 2002, el gobierno boliviano, para contrarrestar la declaración de Rocha, afirmó que los ciudadanos “están capacitados para elegir a su presidente de forma libre y soberana”. La inédita advertencia del diplomático tuvo lugar justo en el Chapare, la zona de cultivo de la hoja de coca, y fue calificada por los candidatos presidenciales como una “intromisión” en los asuntos internos de Bolivia. Pero el daño ya estaba hecho, Morales subió en los últimos días previos a la elección, tras la declaración de Rocha, de aproximadamente un 11% en las encuestas iniciales a un 21.94%, a menos del 1% de diferencia con el ganador de esas elecciones, Gonzalo Sánchez de Lozada. Ese fue el inicio del ascenso al poder de Evo Morales que se concretó el 2006.

Es probable que la inteligencia cubana estuviera al tanto de un antecedente histórico de finales de la Segunda Guerra Mundial, referido a las duras declaraciones del entonces Embajador de Estados Unidos en Argentina, Spruille Braden, contra J.D. Perón, acusándolo de ser aliado del Eje y del nazismo. Dichos ataques, en plena campaña electoral, no sólo no perjudicaron la popularidad del líder en un momento de crisis, sino que aumentaron el apoyo popular al peronismo, que se mantuvo en el poder durante más de 70 años. Un artículo de “The New Yorker” de 1961 recuerda las palabras de John Moors Cabot, Consejero de la Embajada de Estados Unidos en Buenos Aires en aquel entonces, quien afirmó que “no creía que Perón hubiera perdurado tanto tiempo si Braden no hubiera causado tal revuelo”. En todo caso, con el velo del secreto finalmente levantado, la figura de Rocha, agente encubierto, emerge de entre las sombras, revelando una identidad que dejó a todos sorprendidos. El agente, durante años hábilmente disfrazado, se convirtió en el epicentro de una sorprendente traición que hace tambalear los cimientos de la diplomacia y el espionaje. Todos se preguntan qué movió realmente los hilos de esta enigmática historia de intrigas. Los ecos del engaño resonarán mucho tiempo después de que se cierre este capítulo, recordando a todos que, en el oscuro mundo del espionaje político, las lealtades son frágiles y la verdad, a veces, es el arma más poderosa.

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