Me miró a los ojos. Cargó, apuntó y disparó

Texto de Javier Medrano - Periodista

Su carcajada cortó mi pecho y mi estómago se puso duro. Sus ojos negros se apoderaron de los míos. Pude ver su maldad. Su odio. No parpadeó. Sabía que estaba dentro de su abismo. Me tenía atrapada. Sabía que lo había descubierto en su maldad. Pero él no titubeó. Cargó su arma, apuntó y disparó. El humo llenó el ambiente y el carro de mi bebé empezó a incendiarse. El proyectil pegó de llenó en la delicada carriola y al escuchar el grito de mi bebé, la arranqué de un tirón de su falsa coraza y corrí desesperada en busca de una bocanada de aire limpio. No escuchaba nada. Mi corazón se salía de mi pecho. Atrás dejaba aquella risotada gélida mientras veía que mi hija se desvanecía en mis brazos por la falta de oxígeno.

Ciega y perdida grité por ayuda, pero mis alaridos eran sólo uno más en medio de un desconcierto de alaridos y confusión, de otras madres y mujeres que también habían sido víctimas de las mismas miradas negras, que armadas y sobre dos ruedas decidieron sembrar pánico y terror. No hablaban como nosotras. No tenían familiares acá. Son gitanos verdes que acuden a todas partes en busca de sus víctimas, de almas desorientadas atrapadas en conflictos. Sus carcajadas son su sello. Ríen sus tropelías. Celebran la contaminación del aire con sus gases venenosos. Festejan su capacidad para golpear, patear, denostar, agredir, atropellar. Viven de la infamia. De la traición. Son unos parias con estrellas y grados. No son de acá, ni de allá son errantes. Son almas abandonadas a su suerte en la tierra para causar zozobra y angustia. No tiene honor. No tienen lealtad. Son parias disfrazados.

Andan en manadas. Se protegen entre ellos, se lamen sus heridas. Se condecoran, se abrazan. Sus vehículos rujen y llegan en tropel como la quebrada crecida que arrastra piedras, ramas, lodo, miseria y arrasa con viñedos, plantaciones, pueblos, dejando una huella difícil de olvidar. De sanar. De comprender.

La noche ya entraba en sus albores y junto a unas vecinas llegamos al hospital de la zona. No estaba sola. El daño había sido grande. Ancianos, mujeres de toda edad y niños buscaban aire fresco. Un resguardo. Un mano, un abrazo. El barrio entero se había vaciado y empujado por esa cortina espesa que ahoga y raspa gargantas, había expulsado a todos de sus camas.

¡Vinagre! ¡Traigan Vinagre! Gritaban las enfermeras. Otras manteaban con sus mandiles a las personas tendidas en el suelo. El pandemónium se apoderó del pequeño hospital. Las mascarillas de oxigeno eran contadas. Los niños recibieron sus primeras bocanadas de alivio. Hincharon sus pulmones y expulsaron esa peste que los tenía atrapados entre la vida y la muerte.

A lo lejos, los bombazos y los gritos no cesaban. La noche se iluminaba con luces que como racimos caían sobre las cabezas para luego explotar aturdiendo sentidos y quemando ropas y piel de la gente.

¿Acaso había llegado la hora Acaso había bajado el mismísimo demonio a recolectar almas a manos llenas? ¿Qué pecado tan grande habíamos cometido para que la saña se apoderara de nuestras calles, avenidas y barrios? A quién habíamos hecho tanto daño. ¿A quién habíamos causado tanto dolor para que se nos exija un pago similar o más alto? ¿Tan grande es nuestra deuda?

Ya de amanecida, las piedras regadas, los vestigios de las granadas, de los tubos de metal, mostraban el caos infernal que bajo el manto cómplice de la noche había caído como una tormenta sobre las cabezas de familias enteras.

Nadie decía nada. Nadie se miraba a los ojos. Sólo silencio. Miradas esquivas. Las puertas estaban trancadas y sólo algunos mirones entre las malezas veían cómo la gente se arrastraba tratando de sacudirse el turbión que había pasado por encima de ellos.

Mi bebé por fin aceptó su primera mamadera después de haber retornado de la muerte. Aferrada a mis brazos succionaba su alimento. Pero sus ojos me recordaban a los míos cuando se cruzaron con los del diablo verde. Aquel que con una risotada nos apuntó y nos disparó a mansalva. Me pregunto si él será padre. Hermano. Tío. Si habrá cargado un bebé entre sus brazos. Pero su vida de gitano sin suerte, le arrancó el corazón y ahora es sólo una pieza, un engranaje de alguien superior. Ahora él es un desalmado. Un muerto errante con sus venenos en la espalda.

Texto de Javier Medrano – Periodista

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Programa radial que se emite de lunes a viernes de 17:00 a 19:00 a través de Marítima 100.9

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