Charles Suárez: la canción que nació lejos de Santa Cruz y terminó convertida en un himno
“Santa Cruz siempre ha sido mi oración, es mi oración”, señala Charles Suárez.
Hay canciones que se escriben con papel y lápiz, y otras que comienzan mucho antes, en la memoria. La de Charles Suárez nació así: lejos de Santa Cruz, en medio de un invierno intenso en Estados Unidos, cuando la distancia convirtió la añoranza por su tierra en palabras y, con el tiempo, en una melodía que terminó acompañando a generaciones de cruceños y bolivianos fuera del país.
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Ahora, cuando septiembre vuelve a vestir de verde y blanco las calles y los tajibos anuncian la llegada del mes de Santa Cruz, Suárez recuerda el origen de aquella composición que nunca imaginó que alcanzaría tantos corazones. La canción, que será interpretada nuevamente junto a la Filarmónica el 7 y 8 de septiembre, regresa al escenario como una celebración de la identidad, la cultura y el vínculo con una tierra que, para el compositor, se vuelve más querida cuanto más lejos se está de ella.
Una canción que comenzó en el frío
La historia comenzó durante uno de los tantos viajes que Suárez realizó por Latinoamérica y Estados Unidos. En uno de ellos llegó a Boston, donde se encontró con un invierno que contrastaba radicalmente con el clima y el paisaje que conocía.
“Yo estaba con mis orejeras, tratando de cubrirme del frío, estaba con una chalina y veía los arbolitos así secos todos y decía, Dios mío, esto no pasa ni siquiera en invierno en Santa Cruz”, recuerda.
En medio de aquel paisaje, apareció una primera idea: “No hay tierra como mi tierra”. Sin embargo, la canción todavía no estaba escrita. Era apenas una semilla que, según Suárez, ya se había instalado en su corazón.
El regreso a Santa Cruz fue el momento decisivo. Por entonces, la Federación de Fraternidades había organizado el primer Festival en Sombrero de Sao, acompañado por una orquesta de alrededor de 70 a 80 músicos bajo la dirección del maestro César Escota. El encuentro también planteaba un desafío a los compositores: crear nuevas canciones que ayudaran a revitalizar la música y la cultura cruceña.
Para Suárez, aquel escenario llegó en el momento preciso. Recién retornado de Estados Unidos, se sentó a escribir impulsado por todo aquello que había sentido durante la distancia.
“Yo que anduve echando polvo en mil fronteras, caminando por tantos lugares”, recuerda de ese proceso creativo. A partir de ahí fueron apareciendo los versos sobre el cielo, las estrellas y la tierra que tanto había extrañado.
El encuentro que le dio voz a la canción
Una vez terminada la composición, quedaba encontrar quién pudiera interpretarla. Suárez pensó entonces en su amigo Tingo Vincenti, a quien le propuso participar en el festival.
“Va a ser un honor, va a ser un privilegio querido Charles”, fue la respuesta, según recuerda el compositor.
La canción llegó después a manos del maestro César Escota, quien comenzó a trabajar en los arreglos. Pero la historia también tuvo otro protagonista: el maestro Eduardo Santa Cruz, con quien Suárez grabó la canción en su estudio.
Fue en ese proceso, que el compositor sitúa alrededor de 1986, cuando la canción comenzó a crecer y a encontrar su propia identidad. La voz del intérprete ayudó a hacerla conocida y, al mismo tiempo, la composición contribuyó al reconocimiento del cantante.
Para Suárez, aquello fue más que una grabación. “Fue como un trabajo mutuo”, explica. Una coincidencia entre compositor, arreglista y cantante que terminó dando forma a una canción que él había creado, inicialmente, sin imaginar el alcance que tendría.
“Con un buen arreglista, con un buen cantante y con un compositor que solamente quería abrir su corazón para este pueblo”, resume.
Y ese sentimiento terminó trascendiendo las fronteras. Suárez cuenta que, con los años, recibió llamadas de bolivianos y cruceños que viven en Europa, Brasil, Argentina y otros lugares del mundo para agradecerle por la canción.
Nunca pensó que llegaría “al corazón de todo el pueblo cruceño” y mucho menos que sería adoptada por bolivianos que viven lejos de su país.
La identidad que viaja con quienes se van
Quizás por eso, la canción adquirió un significado que va más allá de una composición dedicada a una ciudad. En ella quedó plasmada esa relación particular que muchos mantienen con Santa Cruz incluso cuando la distancia los obliga a marcharse.
Para Suárez, el sentimiento cruceño está profundamente ligado a la cultura, las raíces, la música y una manera de entender la vida. “El cruceño es muy claro y muy efusivo y muy contundente cuando pues se trata de defender su tierra, su cultura, su música, su folclore, sus raíces y todo lo que nos hace ser realmente cruceños”, sostiene.
En esa identidad también reconoce valores que considera centrales: la alegría, el agradecimiento y la libertad. Por eso, una de las frases que más recuerda de su propia canción es aquella que convierte a Santa Cruz en una plegaria.
“Santa Cruz siempre ha sido mi oración, es mi oración”, dice.
Suárez considera que ese vínculo ayuda a explicar también por qué Santa Cruz se ha convertido en un lugar de llegada para personas provenientes de distintas regiones. La ciudad, sostiene, reúne diversas culturas y expresiones, y en esa mezcla encuentra una parte esencial de su identidad.
“Acá Santa Cruz es el crisol de la bolivianidad”, afirma, al reivindicar una identidad que no contrapone lo cruceño con lo boliviano. “Yo me siento orgulloso de ser boliviano pero amo esta tierra, la amo con todo mi corazón”, expresa.
Septiembre llega en medio de la crisis
Este primero de septiembre encuentra a Bolivia atravesando una etapa compleja. La crisis política y social forma parte del escenario en el que Santa Cruz inicia su mes aniversario. Sin embargo, para Suárez, septiembre también puede convertirse en una pausa necesaria para volver a mirar aquello que une.
“Llegó septiembre a Santa Cruz en medio de una crisis, primero global, después de una crisis nacional, una crisis política, pero Santa Cruz nos mueve el piso y nos hace recordar nuestros valores”, señala.
En ese contexto, su mensaje no apunta a ignorar las dificultades, sino a recuperar, aunque sea por un momento, la memoria de lo que representa la tierra para quienes la habitan y para quienes tuvieron que alejarse de ella.
“En medio de este torbellino de cosas que está pasando el mundo, nosotros todavía anhelamos con todo nuestro corazón cantarle a esta tierra, agradecerle a Dios por esta tierra y nosotros compartir aquello que hemos recibido de esta tierra”, afirma.
Suárez admite que Bolivia atraviesa circunstancias difíciles, pero insiste en la necesidad de mantener viva la esperanza y los valores que identifican a la sociedad. “No bajemos la guardia”, pide.
Y en esa mirada vuelve a aparecer la música como un punto de encuentro. Para él, cantar también es una forma de recordar que Santa Cruz puede ser solidaria, hospitalaria, amable y diversa, sin perder las tradiciones que la distinguen.
Una canción para volver a encontrarse
Esa misma idea estará presente en el concierto que Suárez compartirá con la Filarmónica el 5 y 6 de septiembre. La invitación, cuenta, llegó de parte de la propia orquesta y fue recibida como un privilegio.
“Es un privilegio cantar con tremenda orquesta”, sostiene el compositor, quien adelantó que varias de sus canciones serán interpretadas durante las presentaciones, incluidas dos de ellas a su cargo.
Por eso, la convocatoria no la plantea solamente como un espectáculo musical. Suárez imagina esas noches como una oportunidad para reencontrarse con una Santa Cruz que permanece en la memoria, incluso cuando el tiempo y las circunstancias cambian el paisaje.
“Es un tiempo para cantar debajo de la luna, de las estrellas y con el tapio”, dice, evocando aquellas imágenes que para él forman parte de la esencia de la ciudad.
Los tajibos, que durante estos días han comenzado a perder parte de sus flores por los vientos, también aparecen en su relato. Pero la imagen final no está en las flores que caen, sino en aquello que permanece.
“Estos vientos ya han tumbado mucho de las flores, pero no van a tumbar ese amor, esa ilusión que tenemos por septiembre en Santa Cruz”, afirma.
Así, aquella canción que comenzó en un invierno lejano, entre árboles secos y frío, vuelve ahora a su lugar de origen. Nació de la distancia, creció entre músicos y terminó viajando con quienes extrañan su tierra. Y cada septiembre, cuando Santa Cruz vuelve a celebrar su identidad, su historia adquiere un nuevo sentido: el de una melodía que encontró en la añoranza una forma de volver a casa.


