Sin perder de vista la agitada escena internacional -Venezuela, Ucrania, Gaza, Irán, Somalia- el año que comienza se anuncia en España muy alterado. Por lo menos con tres elecciones autonómicas (Aragón, Castilla y León, más Andalucía) y quién sabe si con unas generales anticipadas
Pero en el frente judicial hay una corona de espinas preparada para el PP y para el PSOE. Están fijados juicios por los casos de corrupción de la Púnica, Gürtel, Bárcenas y otros, que ya no pueden demorarse más. Y en la empresa política de enfrente, por los casos Ábalos, Koldo y Cerdán. Un año sin respiro.
Este calendario electoral y judicial inquietaría especialmente si la situación social fuera explosiva. Pero se diría que España se ha acostumbrado a vivir, e incluso a progresar, sin que la política -y política incluye a los tribunales- afecte demasiado a la población. El fin de año, si se descuenta la lacra de la desigualdad que es urgente combatir, ha sido un festival de consumo con centros comerciales desbordados, carreteras atascadas y ocupación turística en máximos.
Al tiempo, la Bolsa marcaba récords históricos por encima de los 17.000 puntos y casi todos los indicadores económicos consolidando a España como el país más solvente de la euro zona.
En medio, un discurso muy significativo y un sketch televisivo especialmente gráfico. Hubo discursos de fin de año de todos los dirigentes políticos -Sánchez destacó los avances de su gestión y los presidentes autonómicos justificaron la suya- pero destacó especialmente la alocución de Nochebuena del rey Felipe VI. El jefe del Estado reclamó cordura y convivencia; pidió sustituir el grito por la palabra y defendió la Constitución, lo que no hace buena parte de la nómina política.
Eso en Nochebuena. Y en Nochevieja, regalo de dos minutos espléndidos de José Mota con una reunión de supuestos ministros que acuerdan echar a todos los inmigrantes, a todos; pero cuando empiezan con las excepciones del personal de cuidados, de la hostelería, la agricultura, la construcción, médicos, profesores, futbolistas y todos los que cotizan a la Seguridad Social, no echan a ninguno porque España los necesita. La dirección de TVE reconoce que ha causado malestar, sin identificar a quien. Una pista: a Santiago Abascal, que propuso echar a ocho millones de inmigrantes, le ha amargado las fiestas, aunque tuvo en su casa como invitada a la líder italiana Giorgia Meloni.
Ahora, además de las líneas de debate habituales, la acción militar de Estados Unidos contra Venezuela se incorpora al intercambio de argumentaciones encontradas entre los partidos españoles. La izquierda pide denunciar enérgicamente la intervención norteamericana y “no hacer el ridículo como en el caso Guaidó”, en palabras de Gabriel Rufian. Pablo Fernández, de Podemos, es más radical y pide “romper relaciones con Estados Unidos y salir de la OTAN”. El gobierno español pide detener la escalada militar, respetar el derecho internacional y se ofrece a mediar. Y la derecha oscila entre el aplauso a Trump y las acusaciones a Moncloa por contemporizar con Maduro.
Lo que temen los vecinos de Venezuela es que el método expeditivo de Trump prolifere. Lo denuncia Petro desde Colombia. Y se teme en Panamá donde Estados Unidos denunció que empresas chinas se habían instalado en las entradas del Canal. Pero inquieta también en Groenlandia. Ese territorio lo pretende Trump con lo que el gobierno de Dinamarca intuye que puede ser la tercera intervención de La Casa Blanca, si es que la segunda no corresponde a Irán o Cuba.
Menudo primer año de mandato de Trump. Menos mal que no recibió el Premio Nobel de la Paz.
2026 trae un mundo muy agitado y una España con polarización garantizada. Tomen asiento.
