No escribí durante un año. No por falta de palabras —eso nunca—, sino porque el cuerpo me pidió silencio. Y cuando el cuerpo habla, conviene escucharlo.
Ocho años escribiendo cada semana dejan huella. En los dedos, en la cabeza, en el ritmo interno. Y a veces también dejan cansancio. No del oficio —ese sigue siendo un privilegio—, sino de la exigencia de estar siempre ahí, opinando, interpretando, poniendo orden donde casi nunca lo hay.
El receso no fue solo descanso. Fue también supervivencia. Consultas médicas, diagnósticos, quirófanos, pasillos largos, noches que se estiran más de la cuenta. Un año que me obligó a cambiar la agenda periodística por el calendario clínico, por la bitácora hospitalaria. Las certezas por la paciencia. Un año en el que aprendí —a la fuerza— que la fragilidad no es una metáfora literaria: es una condición humana.
Por eso este texto no es un regreso triunfal. Es algo más modesto y, quizás, más honesto: un volver despacio. Sin fanfarria. Sin promesas grandilocuentes. Con gratitud.
Nada de esto habría sido posible sin quienes estuvieron cerca cuando yo estaba lejos de mí mismo. No volví solo. Me trajeron de regreso muchos gestos pequeños, silenciosos y persistentes.
También fue un año necesario para mirar hacia adentro. Para preguntarme qué quiero escribir y desde dónde. Para darme permiso de imaginar otros registros, otros tonos, otros silencios. Para entender que escribir distinto no es traicionar nada: es crecer.
Y justo cuando el calendario se resetea, cuando el año nuevo nos ofrece esa ilusión preciosa de página en blanco, vuelvo. No porque todo esté resuelto —nunca lo está—, sino porque hay algo profundamente humano en imaginar futuros, aun sabiendo que no los controlamos.
Me gusta pensar en el 1 de enero como un territorio sin estrenar. La casa todavía en silencio. El café recién hecho. El día entero por delante. Los planes sin corregir. Los sueños intactos. Esa sensación breve —pero poderosa— de que todo es posible, incluso equivocarse mejor.
2026 llega con esperanza, sí, pero también con humildad. Con ganas de vivir más atento, más lento, más consciente. Con proyectos, claro. Pero sobre todo con la decisión de no postergar lo importante: los afectos, las conversaciones largas, la risa sin culpa, el tiempo compartido.
Vuelvo a escribir no para tener respuestas, sino para seguir haciéndome preguntas. No para explicar el mundo, sino para acompañarlo. No para correr detrás de la actualidad, sino para detenerme en lo que, a veces, pasa desapercibido.
Si algo me enseñó este año es que estar vivo ya es bastante. Que levantarse cada mañana es un pequeño acto de valentía. Y que imaginar —aunque después no se cumpla— sigue siendo una forma hermosa de resistencia.
Escribo otra vez. No como antes. Mejor, espero. Porque lo que empieza ahora no es una continuación: es un nuevo ciclo. Y eso, en estos tiempos, ya es motivo suficiente para celebrar.
