“¿Cuándo vas a llegar?”: la pregunta que acompañó durante 36 días a un transportista atrapado en carretera
Durante 36 días, Miguel Ángel Condori se despertó con la misma esperanza: que aquella jornada fuera la última en la carretera. Cada mañana abría los ojos convencido de que el bloqueo terminaría...
Durante 36 días, Miguel Ángel Condori se despertó con la misma esperanza: que aquella jornada fuera la última en la carretera.
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Cada mañana abría los ojos convencido de que el bloqueo terminaría pronto y que, por fin, podría volver a casa. Sin embargo, los días pasaban y el camión seguía inmóvil. La carga de carne congelada continuaba estacionada a un costado del camino y la respuesta que esperaba nunca llegaba. Mientras tanto, al otro lado del teléfono, una voz se repetía una y otra vez: “¿Cuándo vas a llegar?”. Era la pregunta que le hacía su hija menor Mía cada vez que lograban comunicarse, una pregunta sencilla para cualquier niño que extraña a su padre, pero imposible de responder para un hombre que tampoco sabía cuándo volvería a ver a su familia.
Con tan solo 28 años, Miguel Ángel forma parte del transporte pesado desde hace siete años. Creció ligado al volante y a las carreteras. Comenzó trabajando en buses cuando apenas tenía 16 años y, con el tiempo, pasó al transporte interdepartamental e internacional. Hoy transporta carne, pollo y productos refrigerados hacia distintos destinos del país y también hacia Perú. Acostumbrado a pasar días lejos de casa, jamás imaginó que un viaje terminaría convirtiéndose en una ausencia de más de un mes.
El día que el camino se detuvo
El bloqueo lo sorprendió cuando se dirigía hacia Perú con una carga de carne congelada. Quedó varado cerca de Konani, a aproximadamente un kilómetro de una población y, aunque no estaba completamente aislado, la situación comenzó a complicarse conforme pasaban los días.
Al principio todavía había alimentos y los transportistas intentaban administrar las provisiones que llevaban consigo. “Racionábamos la comida. Había pollo, había comida”, recuerda Miguel Ángel. Como suele ocurrir en los viajes largos, llevaba una pequeña cocina en el camión para preparar sus comidas en carretera. Pero a medida que pasaban los días, las reservas comenzaron a agotarse. “Teníamos nuestra cocinita, pero ya no había gas”, relata. Entonces los conductores se vieron obligados a improvisar fogones con leña para cocinar lo poco que les quedaba mientras la espera seguía alargándose.
La incertidumbre terminó siendo más difícil de soportar que el propio frío. Cada mañana despertaban convencidos de que el bloqueo estaba por terminar y de que ese sería el día en que volverían a poner en marcha los camiones, pero las horas transcurrían sin novedades. “Cada día uno se despertaba pensando que ya íbamos a partir, pero nada”, cuenta. Lo que inicialmente parecía una demora temporal terminó convirtiéndose en una espera sin fecha de finalización.
Aprender a sobrevivir
Con el paso de los días, la vida cotidiana quedó reducida a resolver necesidades básicas. El agua comenzó a escasear, bañarse era prácticamente imposible y muchas veces los conductores debían internarse en el monte para realizar sus necesidades. A eso se sumaban las bajas temperaturas que golpeaban especialmente durante las noches. Algunos tenían ropa de abrigo suficiente; otros no corrían con la misma suerte.
A pesar de las dificultades, también hubo gestos que ayudaron a sobrellevar la situación. Algunos pobladores de la zona les regalaron agua o alimentos y, entre los propios conductores, comenzaron a surgir redes de apoyo para enfrentar juntos la incertidumbre.
Esa solidaridad se volvió indispensable cuando el combustible empezó a agotarse. El camión de Miguel Ángel transportaba productos congelados y necesitaba mantener en funcionamiento el sistema de refrigeración para evitar que la carga se echara a perder. Poco a poco consumió toda su reserva y llegó un momento en que dependió de la ayuda de otros transportistas para continuar.
“Los últimos días terminé todo mi combustible. Algunos compañeros me prestaron o me vendieron para poder seguir mi camino”, relata. Con el paso de las semanas, las diferencias desaparecieron y lo único que importaba era ayudarse mutuamente. “Todos éramos uno ahí”, resume.
Una hora de caminata para escuchar una voz
Pero nada resultó tan difícil como la distancia.
Miguel Ángel está casado con Lidia y es padre de dos niñas: Jheneya, de 13 años, y Mía, de 5. Aunque el trabajo siempre le exigió pasar largas temporadas fuera de casa, aquella vez la separación se prolongó mucho más de lo habitual y en circunstancias completamente distintas.
“Lo que más me ha dolido ha sido la distancia, tenía tantas ganas de ver a mis hijas”, admite.
Como si la distancia no fuera suficiente, mantenerse comunicado con ellas también se convirtió en un desafío. En la zona donde permanecía estacionado no existía señal telefónica, por lo que para hablar con su familia debía caminar aproximadamente una hora hasta llegar al pueblo más cercano. Esa rutina se repitió durante semanas.
Salía por la mañana en busca de cobertura para el celular y aprovechaba el tiempo para mantenerse conectado con su esposa y sus hijas. Luego regresaba al camión y continuaba esperando. Era durante esas conversaciones cuando escuchaba la pregunta que terminaría marcando toda aquella experiencia.
“¿Cuándo vas a llegar?”.
Su hija menor se la repetía constantemente. Él intentaba tranquilizarla y responder con la esperanza de que el regreso estuviera cerca.
“Le decía mañana, dos días más, tres días más”, recuerda.
Pero los días seguían pasando y las respuestas nunca terminaban de cumplirse.
El abrazo que todavía estaba pendiente
Cuando finalmente se levantaron los bloqueos, Miguel Ángel creyó que el regreso a casa sería inmediato. Sin embargo, no fue así. La carga debía ser entregada y las rutas todavía presentaban dificultades. Antes de volver a Cochabamba tuvo que desviarse por Oruro, Sucre y Santa Cruz.
Paradójicamente, después de 36 días de espera, seguía sin llegar a su hogar.
El esperado reencuentro llegó gracias a una decisión de su esposa. Lidia tomó a la pequeña Mía y viajó hasta Sucre para encontrarse con él. Después de más de un mes de separación, fue allí donde ocurrió el abrazo que ambos habían imaginado durante toda la espera.
“Me puse triste al verla después de tanto tiempo”, cuenta.
La niña lo abrazó y le dijo que lo había extrañado mucho. Durante semanas le había preguntado cuándo volvería. Ahora, por fin, estaba frente a ella.
Sin embargo, el viaje aún no había terminado. Mientras relataba su historia seguía en carretera, rumbo a Cochabamba. Todavía faltaba reencontrarse con su hija mayor.
“Cuando la vea voy a estar más tranquilo”, decía.
Más allá del bloqueo
Después de vivir más de un mes atrapado en la carretera, Miguel Ángel asegura que hay una pregunta que nunca dejó de hacerse.
“¿Qué hemos hecho nosotros para pagar los platos rotos?”, reflexiona.
Por eso espera que situaciones similares no vuelvan a repetirse. Sin embargo, cuando recuerda aquellos 36 días, no habla primero del combustible, de la comida o del frío. Lo primero que viene a su memoria son las llamadas, las caminatas para encontrar señal y la voz de una niña que, sin entender de bloqueos ni conflictos, repetía siempre la misma pregunta.
La misma que lo acompañó durante toda la espera, la misma que atravesó cada día de incertidumbre y que terminó convirtiéndose en el verdadero peso de aquel viaje:
“¿Cuándo vas a llegar?”.


