Por Mario Daniel Castellón Martínez
Bolivia sigue enfrentando una profunda crisis de capacidad, falta de valentía y firmeza, producto de un gobierno que nació de la improvisación y la duda. Si bien Rodrigo Paz expresaba en campaña que iba a hacer magia para ganar las elecciones, en el fondo todos sabíamos que él mismo pensaba que no ganaría. Es sorprendente cómo a más de 260 días de haber asumido el mando, el Ejecutivo demuestra una preocupante falta de dirección.
Esta gestión no solo ha demostrado incapacidad al permitir que el país sea sometido a un bloqueo ininterrumpido durante 53 días, el cual jugó con la vida de miles de bolivianos, y posteriormente declarar un Estado de Excepción que definitivamente no será eterno ni va a garantizar la paz permanente en nuestro país. El presidente no ejerció sus facultades constitucionales para restablecer el estado de derecho ni para hacer respetar las garantías de los ciudadanos. Bolivia sigue sumida en la corrupción, con hechos que salen a la luz semana tras semana, donde los funcionarios se ven envueltos en irregularidades e inclusive se escuchan voces que vinculan a personas cercanas al entorno del presidente, y la impunidad rebalsa como una represa en pleno diluvio.
El gobierno actúa de forma lenta e ineficiente mientras el país se endeuda cada día más. Si recordamos las promesas de campaña, Rodrigo Paz se burlaba de las propuestas ajenas señalando que los problemas se solucionaban en “un día, carajo”. Sin embargo, ya van 260 días de gestión y no existen verdaderas soluciones de fondo. Las medidas aisladas no bastan si no hay un plan estructural. La población se da cuenta de la ausencia de capacidad, valentía y meritocracia, lo cual queda en evidencia en casos escandalosos como el de las narcomaletas y las maletas con oro, donde las contradicciones oficiales solo generan más desconfianza.
El colmo de esta situación se vivió recientemente con la impunidad de aquel personaje nefasto que tanto daño le hizo al país. Mientras pesa sobre él una orden de aprehensión, se le permite circular libremente por el trópico, manejando y saludando a los efectivos policiales a la vista de todos. La respuesta del gobierno ante esto no fue ejecutar la ley, sino sancionar, replegar e investigar a los dos policías involucrados en ese hecho. Ante esa reacción cabe preguntarse qué culpa tienen realmente esos efectivos o cómo pretendían que ellos solos detuvieran a un personaje así. Resulta insostenible esperar que un par de policías puedan contrarrestar por mano propia al equipo de seguridad que custodia a este político nefasto en su reducto.
La falta de ejecución de una orden de aprehensión no es un fallo menor, es la prueba de que la justicia y la institucionalidad en Bolivia están destruidas. Cuando no se aplica la ley, no solo pierden las víctimas directas, pierde todo el pueblo boliviano. Resulta inaceptable pensar hasta cuándo la población tendrá que seguir soportando que no se hagan los cambios necesarios. Rodrigo Paz solo ha demostrado ser un hábil conversador que dice mucho y hace poco. Es momento de que el presidente y su gabinete recapaciten, dejen las rencillas internas y paren con las respuestas vacías a una población que solo exige salvar a su patria.
Los bolivianos queremos un país mejor, pero eso solo será posible si quienes gobiernan dejan de lado el interés individual y trabajan por el bien común. En una nación plural se necesita meritocracia y capacidad para que cada sector aporte desde su espacio. La Presidencia del Estado exige asumir la responsabilidad con la gravedad que el momento requiere y ponerse a trabajar, porque el país no puede seguir esperando. Es urgente recuperar el orden, la justicia, la institucionalidad, la seguridad jurídica, la capacidad productiva, el comercio y el turismo para devolverle a Bolivia el lugar que le corresponde en la región.
El Mandatario y su equipo asumieron un compromiso con el país gracias a que una gran parte del electorado confió en su plan de gobierno. Quien pretenda definirse como un líder de palabra tiene la obligación de cumplir lo prometido y dejar de lastimar a un pueblo que lleva sufriendo dos décadas. El cambio debe ser ahora, es impostergable y se demuestra con hechos, no solo con discursos.


