Hay una pregunta que el profesor Carlos Roberto Rúa Pérez repite durante la conversación y que termina convirtiéndose en el eje de su reflexión: “Si uno no tiene objetivos de vida, ¿para qué vive?”. No la plantea como una frase abstracta, sino desde una experiencia que, a sus ojos, atraviesa a muchos adultos mayores cuando pierden sus proyectos, quedan solos o dejan de sentirse necesarios.
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La pregunta que permanece
Para el profesor, envejecer no debería significar esperar pasivamente el final. El problema aparece cuando una persona deja de encontrar un motivo para continuar, cuando sus vínculos se rompen o cuando el entorno deja de ofrecerle espacios para sentirse parte.
“Generalmente a un adulto mayor le dicen: usted tiene que alegrarse, tiene que vivir la vida, todavía puede dar, qué sé yo. Pero el asunto, es bien personal”, explicó.
Desde esa perspectiva, la alegría no puede imponerse desde afuera. Cada persona necesita encontrar aquello que le dé sentido a sus días. Y cuando ese propósito desaparece, la perspectiva puede cambiar por completo.
“Si uno no tiene objetivos de vida, ¿para qué vive?”, planteó.
Rúa considera que ese objetivo puede nacer de uno mismo, pero también puede depender del entorno más cercano. La familia y la sociedad, sostiene, tienen un papel en la construcción de esas razones para seguir.
Su propio motivo
La respuesta a esa pregunta está en su propia historia, durante los últimos cuatro años, Rúa encontró en la escritura una tarea que le permitió mantenerse activo y proyectarse hacia adelante.
“El objetivo que me ha permitido vivir estos cuatro últimos años es el libro que he escrito. Ecos del Silencio. Eso me ha dado una razón de vida”, contó.
El libro nació, precisamente, de una inquietud que el profesor arrastra desde su contacto con adultos mayores en situación de vulnerabilidad. Su paso por un hogar de ancianos durante más de dos años le permitió conocer historias de personas que habían quedado alejadas de sus familias.
Esa experiencia terminó alimentando los testimonios que recoge en su obra y su preocupación por la manera en que una persona puede quedar desprotegida cuando deja de contar con apoyo familiar.
El abandono detrás de las puertas
Rúa habla de familias que se desligan de sus padres y de casos en los que la vulnerabilidad de una persona mayor puede convertirse en una oportunidad para que otros se aprovechen de ella.
“Hay gente que se ha desligado de sus padres, de los que le dieron la vida, le dieron todo para apoderarse de sus bienes”, sostuvo.
En su relato aparecen también personas engañadas o estafadas cuando ya no tienen la misma capacidad para defender sus intereses. Para el profesor, no se trata únicamente de un problema legal, sino de una ruptura de los vínculos que deberían sostener a una familia.
Amor, pero también justicia
Para Rúa, hablar del adulto mayor obliga a hablar de dos palabras: amor y justicia.
El amor, en su visión, no puede reducirse a una expresión ocasional ni a una celebración. Debe manifestarse en la forma en que se trata a una persona cuando necesita ayuda.
“El adulto mayor necesita hechos en la práctica”, afirmó.
Y enseguida precisó qué entiende por esos hechos: “tratar a un adulto bien, con humanidad, con respeto, con dignidad”.
Su reflexión alcanza también a las instituciones y a la familia, porque considera que el cuidado de una persona mayor no debería depender únicamente de la buena voluntad de quienes la rodean.
“Ahora el adulto mayor necesita ayuda, atención del Estado, de la familia, no que lo maltraten o que lo boten”, señaló.
En ese punto, el profesor vuelve a una idea que atraviesa buena parte de su pensamiento: el amor no puede ser impuesto.
Cuando el propósito desaparece
Sin embargo, su preocupación principal no termina en el abandono. Para Rúa, existe otra forma de aislamiento: aquella que aparece cuando una persona deja de tener objetivos.
Es ahí donde su frase adquiere mayor dimensión.
“Y muchos adultos mayores, al no tener objetivos de vida, ¿Qué esperan? La muerte”, afirmó.
No lo plantea como una sentencia sobre todos los adultos mayores, sino como el resultado de una vida en la que se han perdido los motivos para seguir adelante. Por eso insiste en la necesidad de que el entorno no corte los proyectos de una persona simplemente porque ha llegado a cierta edad.
“Entonces mi razón de vida ha sido escribir mi libro, es el último libro que escribo y es con el corazón, con lo que uno siente”, dijo.
La jornada en la que presentó su obra terminó siendo, de ese modo, apenas el escenario para una reflexión mucho más personal. Mientras alrededor continuaban los encuentros y las celebraciones, Rúa hablaba de algo que no termina cuando acaba una actividad: la necesidad de que las personas mayores conserven vínculos, proyectos y razones propias para seguir viviendo.



