Bolivia tiene una crisis de principios, moral y ética
Por: Alejandro Lora Longaric Vicepresidente Federación de Empresarios Privados de Santa Cruz (FEPSC)
El déficit fiscal, inflación, la incertidumbre y la pobreza son síntomas de una crisis económica innegable. Sin embargo, detrás de esas dificultades existe algo más profundo: el deterioro de los valores que sostienen nuestra sociedad.
Los principios son convicciones que no deberían cambiar según nuestra conveniencia: honestidad, justicia, responsabilidad y respeto por la libertad y por lo ajeno. La moral nos permite distinguir lo correcto de lo incorrecto. La ética aparece cuando elegimos hacer lo correcto, incluso cuando nadie nos observa y hacerlo tiene un costo. Todo ello exige un profundo apego a la verdad, especialmente cuando resulta incómoda.
Ética y economía no viven en mundos separados. Toda economía descansa sobre algo invisible pero decisivo: la confianza. En que la palabra vale, los contratos se cumplen, la propiedad se respeta, el esfuerzo puede ser recompensado y existe justicia. Cuando esas certezas desaparecen, también desaparecen inversiones, empleos y oportunidades.
Por eso la corrupción no es solamente una falta moral: la corrupción es una fábrica de pobres. Destruye certezas, sustituye el mérito por el privilegio, desvía recursos y termina convirtiendo la riqueza potencial de una nación en pobreza persistente.
La corrupción ahuyenta la inversión, desalienta al emprendedor y castiga precisamente a quien quiere producir, arriesgar y hacer las cosas bien. Cuando el éxito depende más de contactos, favores o sobornos que del esfuerzo y el mérito, algunos dejan de invertir, otros dejan de emprender y demasiados jóvenes comienzan a hacerse una pregunta dolorosa: ¿vale la pena construir mi futuro aquí, o mi mejor oportunidad está fuera de Bolivia?
No debería sorprendernos que un país con tanta pobreza sea también uno de los peor evaluados en corrupción. Bolivia obtuvo 28 puntos sobre 100 en el Índice de Percepción de la Corrupción 2025, ocupando el puesto 136 de 182 países. Cuando este fenómeno se prolonga durante décadas, puede volverse crónico: la corrupción genera pobreza y la pobreza crea condiciones que permiten que la corrupción continúe.
Pero existe una distorsión todavía más peligrosa: la inversión de nuestros valores. Cuando al que hace las cosas correctamente se lo considera ingenuo, mientras al corrupto se lo considera astuto porque supo aprovecharse de un sistema descompuesto, algo esencial se ha quebrado. Dejamos de valorar la integridad y comenzamos a premiar aquello que nos destruye.
Su expresión más devastadora está en la justicia. Cuando la justicia se vende, el ciudadano pierde su último refugio. Si quien debería proteger nuestros derechos también puede ser comprado, la corrupción encuentra el terreno perfecto para perpetuarse.
Y esto no ocurre solamente en los grandes actos. Cada uno debería mirar su propio proceder y preguntarse qué Bolivia alimenta con sus decisiones: la que normaliza la corrupción y fabrica pobres, o la que todavía cree que hacer las cosas bien vale la pena.
La economía puede reconstruirse. Pero primero debemos recuperar el valor de la palabra, el apego a la verdad, el respeto por lo ajeno y el valor de la integridad.
Porque la Bolivia que tendremos mañana también será el resultado de aquello que cada uno de nosotros decida hacer y tolerar hoy.


