En casi una década cubriendo política aprendí que hay elecciones que se miran desde lejos y otras que se viven como propias aunque ocurran al otro lado de la frontera. La de Brasil es de las segundas. Y aun así, en Bolivia la seguimos como si fuera un partido ajeno.
El domingo, Flávio Bolsonaro obtuvo el 47% y Lula da Silva el 45%. Nadie ganó, y todo se define el 25 de octubre. Pero los números que más me llaman la atención son otros: casi el 8% de los votos quedó en manos de candidatos que ya no estarán en la papeleta, y más del 21% de los electores, más de 33 millones de brasileños, no fue a votar. La segunda vuelta no la va a ganar quien convenza a los suyos, sino quien logre mover a los que se quedaron en casa.
Y hay un dato que se ha comentado poco: la derecha salió fortalecida en la renovación del Senado. Es decir, aunque Lula gane, va a gobernar con un Congreso más adverso que el que tuvo hasta ahora. Gane quien gane, el Brasil que salga de esta elección será más difícil de gobernar, y eso también se va a sentir en sus vecinos.
¿Y qué tiene que ver todo esto con nosotros? Más de lo que solemos admitir.
Compartimos más de 3.400 kilómetros de frontera con Brasil, y la relación económica lleva años deteriorándose en silencio. Según cifras citadas por el propio Lula, el comercio bilateral pasó de 5.500 millones de dólares en 2013 a 2.600 millones en 2025. El gas, que durante dos décadas sostuvo esa relación, cayó cerca de un tercio el año pasado por la menor producción. En marzo, el presidente Rodrigo Paz volvió de Brasilia con promesas concretas: más compras de gas, un puente sobre el Mamoré, navegación por el río Paraguay y cooperación contra el crimen transfronterizo. La pregunta incómoda es cuánto de eso depende de que Lula siga en el poder.
Un triunfo de Flávio Bolsonaro cambiaría el mapa de la región. Brasil se acercaría a Javier Milei, con quien Flávio no oculta su cercanía, y a Washington. Para Bolivia, eso puede leerse como una oportunidad de afinidad con un gobierno que mira en la misma dirección. Pero también tiene un costo: menos margen para negociar en nuestros propios términos. Y si gana Lula, tampoco hay garantías: un presidente debilitado en su Congreso y absorbido por la polarización interna difícilmente pondrá a Bolivia entre sus prioridades.
En Ginebra, en el Geneva Centre for Security Policy, una idea se repetía en cada discusión sobre cooperación internacional: los acuerdos que dependen de la afinidad entre gobiernos duran lo que duran esos gobiernos. Bolivia lo sabe mejor que nadie. Hemos visto cómo la relación con nuestros vecinos se enfría o se calienta según el color político de turno, y cómo ese vaivén nos ha costado contratos, inversiones y credibilidad.
Por eso, mi lectura es que el resultado del 25 de octubre importa menos de lo que parece. Lo que realmente importa es si Bolivia llega a esa fecha con una estrategia propia: acuerdos blindados más allá de quién gobierne en Brasilia, canales abiertos con ambos equipos de campaña y una agenda que deje de ver a Brasil solo como el cliente que compra nuestro gas.
Brasil va a elegir a su presidente. La pregunta es si Bolivia va a elegir, por fin, qué quiere de Brasil.
Vanessa Méndez Brun es analista en comunicación institucional y seguridad internacional. Máster en Seguridad Internacional (Universidad de Ginebra).


