En la sociedad cruceña actual, el debate sobre la “pérdida de valores” se ha vuelto el epicentro de las charlas de café, las aulas universitarias y los medios de comunicación. Sin embargo, más que una desaparición total de principios, lo que enfrentamos es una crisis de transición: la erosión de nuestra identidad tradicional frente a un crecimiento acelerado que parece devorarlo todo.
Me llamó la atención una reflexión de mi colega y amigo, José Párraga “El Escribidor”, quien señala con acierto: “Resulta triste escuchar decir que se perdieron los valores, cuando en realidad son eternos por ser un legado divino. Que la gente no quiera darles uso, eso ya es otro cuento”.
Pero, ¿qué son realmente los valores? En palabras simples, son la brújula interna que nos guía para decidir qué está bien y qué está mal. Hoy, esa brújula parece estar fallando. Si pusiéramos en una balanza el grado de corrupción entre ciudadanos y políticos, ¿quién pesaría más? La respuesta es compleja porque no se trata de bandos, sino de un ecosistema donde ambos se retroalimentan.
Por un lado, el político carga con el mayor peso de responsabilidad legal y social. Sus decisiones afectan a millones, desvían fondos de salud y destruyen economías. Al administrar dinero ajeno, cualquier acto de corrupción rompe un contrato de confianza explícito. Además, el político posee las herramientas para cambiar las reglas del juego; cuando no lo hace, su omisión es, en sí misma, una forma de corrupción.
Por otro lado, el ciudadano tiene un peso menor en términos de montos robados, pero un peso enorme en la sostenibilidad del sistema. Aquel que paga una coima, compra contrabando o busca “muñeca” para un cargo, crea la demanda que el político satisface. Al decir “robó pero hizo obra”, el ciudadano otorga un permiso ético para la deshonestidad.
Seamos claros: el político no es un extraterrestre que bajó a gobernarnos; es un ciudadano al que le dimos un micrófono y una billetera ajena. Si aceptamos la “picardía” en lo pequeño, el político simplemente la profesionaliza en lo grande. El político es el síntoma; la ética ciudadana es la enfermedad.
En una época donde gran parte de la clase política ha sucumbido, es imperativo que Santa Cruz pase de la indignación a la acción. Debemos dejar de ver los valores como algo “romántico” y empezar a verlos como algo práctico y valiente. Esto implica aplicar tolerancia cero a la “viveza criolla”, dejar de celebrar al que “se las sabe todas” y rechazar los contratos obtenidos por favores.
Necesitamos recuperar la “palabra de ley”. La corrupción florece donde la palabra no vale nada, y ser “cabal” en lo pequeño es lo único que nos hace íntegros en lo grande.
Ante el escenario electoral que se avecina, sería saludable preguntarnos: ¿Qué plantean los candidatos a gobernador y alcalde respecto a los valores? ¿Cuáles son sus virtudes reales más allá de sus promesas? Más allá de los edificios de Equipetrol y del asfalto de sus anillos, la grandeza de Santa Cruz siempre ha estado en el honor de la palabra de su gente. Recuperar esa confianza perdida es nuestra verdadera revolución.
