Por: Mónica Salvatierra, periodista
Durante las semanas de conflicto escuché una frase repetida una y otra vez por dirigentes campesinos: “Nosotros sufrimos más”. Decían que los medios no muestran la pobreza del campo ni la forma en que mueren sus hermanos. Era una justificación para los bloqueos y para la demanda de renuncia del presidente.
Sin embargo, detrás de esa denuncia había una ausencia inquietante: la falta de propuestas. Había una descripción del problema, pero ninguna respuesta concreta sobre cómo resolverlo. Como si el sufrimiento, por sí solo, fuera suficiente para legitimar cualquier medida.
Esa lógica no es nueva. Durante años hemos escuchado discursos que parecen partir de una premisa peligrosa: si existe pobreza, todos debemos compartirla. En lugar de pensar cómo generar riqueza para distribuir oportunidades, nos acostumbramos a discutir cómo repartir las carencias. El Estado aparece entonces como un padre proveedor que entrega recursos a las comunidades, como si la transferencia de dinero fuera suficiente para transformar la vida de las personas.
Bajo esa mirada, la propiedad comunitaria ha terminado siendo muchas veces una camisa de fuerza para la iniciativa individual. Y cuando el emprendimiento surge, suele hacerlo en la informalidad o casi en la clandestinidad. Pero surge. Ahí está el comercio alteño, los pequeños negocios familiares y miles de bolivianos que cada día desafían la adversidad para crear oportunidades donde aparentemente no existen.
Pensando en esta forma de entender el país, me surge una reflexión provocadora: quizás los bolivianos padecemos una especie de síndrome del impostor colectivo.
El síndrome del impostor es un patrón psicológico que lleva a una persona a desconfiar de sus capacidades, incluso cuando tiene logros y evidencias objetivas de su valor. Quien lo padece siente que no merece el éxito y vive con el temor de ser descubierto como un fraude.
Como sociedad, pareciera que muchas veces actuamos de manera similar. Nos cuesta reconocer nuestras fortalezas. Nos cuesta creer que somos capaces de construir prosperidad. Nos resulta más fácil explicar nuestros problemas a partir de agravios históricos que asumir el desafío de crear soluciones para el futuro.
No se puede negar que el racismo y la discriminación han existido y siguen existiendo en Bolivia. Son heridas reales que han causado dolor y exclusión. Pero tampoco podemos negar que miles de bolivianos han demostrado que es posible avanzar cuando existe esfuerzo personal acompañado de instituciones que faciliten el desarrollo.
Lo vi en Tiahuanaco, tierra de los ponchos rojos. Allí conocí a personas que habían decidido transformar su realidad. Recuerdo a una tejedora capaz de convertir lana e hilos en verdaderas obras de arte. Recuerdo a un anciano sabio que creó su propio museo para preservar y transmitir los conocimientos de la cultura aimara. Recuerdo a los propietarios de embarcaciones que aprendieron a guiar turistas por el lago Titicaca para mostrar la riqueza de sus aves y paisajes.
En ninguno de ellos vi resentimiento. Vi esperanza.
Vi personas que entendían que el reconocimiento de una historia de injusticias no está reñido con la construcción de un futuro mejor. Vi ciudadanos que querían integrarse al mundo sin renunciar a su identidad.
Por eso creo que el discurso permanente del enfrentamiento nos ha hecho daño. La repetición incesante del racismo, del separatismo y de las divisiones históricas no ha reivindicado a nadie. Tampoco ha resuelto los problemas estructurales del país. Lo que ha producido, demasiadas veces, es una cultura de sospecha mutua, de desconfianza y de resentimiento.
Nos ha llevado a creer que el odio puede reemplazar a la esperanza y que la venganza puede sustituir a los proyectos de vida.
Uno de los grandes desafíos nacionales es precisamente superar esa separatividad. Aprender a reconocernos como aliados y no como adversarios. Construir puentes entre el oriente y el occidente, entre el campo y la ciudad, entre las distintas culturas y regiones que conforman Bolivia.
No para uniformarnos, sino para compartir saberes, capacidades y experiencias de progreso que beneficien a todos.
La realidad actual es dura. El país enfrenta una desaceleración económica que ya se traduce en decrecimiento. Eso significa menos producción, menos empleo, menos inversión y menos oportunidades. Significa también más incertidumbre y menos esperanza.
En este escenario, esperar que el Estado resuelva todos los problemas es una ilusión. Ningún gobierno tiene la capacidad de reemplazar la creatividad, el esfuerzo y la iniciativa de millones de ciudadanos.
El emprendimiento necesita seguridad jurídica, reglas claras e incentivos reales para asumir riesgos. Necesita un Estado que facilite, no que obstaculice. Pero también necesita algo más profundo: una sociedad que crea en sí misma.
Porque el verdadero desafío de Bolivia es cultural y trasciende solamente lo económico.
Necesitamos recuperar la convicción de que podemos construir bienestar. Necesitamos educar a nuestros niños para que se sientan capaces, para que comprendan que el éxito no es un privilegio reservado para otros ni una traición a sus raíces. Necesitamos enseñarles que prosperar no debe generar culpa y que crecer individualmente también puede contribuir al bienestar colectivo.
No vamos a cambiar esta realidad de la noche a la mañana. Harán falta años de educación, de liderazgo y de trabajo paciente. Hará falta construir nuevos paradigmas y una nueva conciencia nacional.
Pero el costo de no hacerlo es mucho mayor.
Porque peor que la pobreza es resignarse a ella. Peor que la crisis es acostumbrarse a ella. Y peor que cualquier bloqueo es permanecer atrapados en el lamento, la desconfianza y el rencor entre bolivianos.
El día que creamos en nuestras capacidades con la misma fuerza con la que repetimos nuestras heridas, Bolivia habrá dado el primer paso hacia su verdadera transformación.


