“La solución no es crear más centros de custodia; es frenar el tráfico, hacer cumplir las leyes, controlar y educar”
Mongabay: Hace 34 años, Tania Baltazar fundó en Bolivia la Comunidad Inti Wara Yassi (CIWY), una organización dedicada al rescate de fauna silvestre.
- La Comunidad Inti Wara Yassi (CIWY) opera dos santuarios para el rescate y cuidado de fauna: Ambue Ari, especializado en grandes félidos, y Jacj Cuisi, especializado en primates y pequeños mamíferos.
- Los santuarios albergan a 600 animales silvestres: el 66 % fue rescatado de incendios forestales, 12 % del tráfico ilegal, 13 % provienen de otros rescates, 7 % derivados (enviados desde otros centros de atención) y el 2 % salvados de la caza.
- En junio pasado, Tania “Nena” Baltazar, junto al equipo de CIWY, concretó la reinserción del primer jaguar a su hábitat natural en Bolivia.
- El trabajo de CIWY protege 1300 hectáreas colindantes que sirven de hábitat para diversas especies y que se ven amenazadas por los constantes incendios en la región.
A los 19 años, Tania Baltazar conoció a Nena en un bar de Rurrenabaque, un municipio ubicado en el departamento del Beni, famoso por su turismo y considerado la puerta de entrada a la Amazonía boliviana. Nena era una mona araña (Ateles) que vivía en cautiverio y era víctima de maltrato animal. Cuando Baltazar vio esa situación, no dudó: la rescató e intentó cuidarla en su casa hasta que se vio obligada a entregarla a un zoológico, donde fue testigo del estrés provocado al animal. Allí comprendió que el cautiverio nunca debe ser la solución. “Sentí su mirada tan profunda que me llegó al fondo del corazón; ahí le prometí a Nena: ‘No sé qué va a pasar, pero no te voy a abandonar’”.

Cuatro años después, en 1996, cumplió su promesa cuando dejó sus estudios de biología y emprendió un viaje de casi diez horas desde La Paz hasta Villa Tunari, la zona tropical de la ciudad de Cochabamba, con el objetivo de encontrar un nuevo hábitat para Nena y otros cuatro ejemplares rescatados, entre monos capuchinos (Sapajus Apella) y monos ardilla (Saimiri boliviensis).
Junto a Juan Carlos Antezana y Milenka Gutiérrez, Tania Baltazar fundó la Comunidad Inti Wara Yassi (CIWY), una organización dedicada al rescate y rehabilitación de fauna silvestre. Recibieron un primer impulso mediante un acuerdo municipal, por el que les fueron entregadas 38 hectáreas en el Parque Machí. Allí conformaron el primer santuario de fauna silvestre de Bolivia.
Pronto, la realidad del tráfico y el maltrato, reflejada en casos como el de Sama, un puma (Puma concolor) con las patas destrozadas en un circo, transformó aquel compromiso personal. CIWY evolucionó del cuidado intuitivo hacia protocolos científicos avalados por expertos.
Actualmente, los santuarios de la organización albergan a 600 animales silvestres: el 66 % proviene de incendios forestales, 12 % del tráfico ilegal, 13 % de otros rescates, 7 % enviados de otros centros de atención y el 2 % de la caza.
Han pasado 34 años y ahora la organización CIWY es un referente regional que sostiene dos nuevos santuarios estratégicos: Ambue Ari (1000 hectáreas en Santa Cruz), dedicado a la protección de grandes félidos, y Jacj Cuisi (300 hectáreas en La Paz). Aquel primer santuario, en el Parque Machía, cerró en 2025 debido a la falta de acuerdos con el municipio y al avance de la expansión urbana.
En Ambue Ari y Jacj Cuisi, los científicos y voluntarios ayudan a los animales a superar traumas para que recuperen sus aptitudes silvestres. Aunque la mayoría permanece en semilibertad por riesgos sanitarios o falta de habilidades, CIWY junto al apoyo de los bomberos Quebracho, el Servicio Nacional de las Áreas Protegidas (SERNAP) y la Dirección del Parque Nacional Noel Kempff Mercado, alcanzó un hito histórico: la reinserción de Yaguara, una jaguar (Panthera onca) rescatada durante los incendios de 2024 y dejada en libertad el 5 de junio pasado, en el Parque Nacional Noel Kempff Mercado.
Monitoreada por un collar satelital, Yaguara se convirtió en el primer gran félido en la historia del país en recuperar su libertad.
En conversación con Mongabay Latam, Tania “Nena” Baltazar habló sobre la rehabilitación de grandes félidos y los desafíos urgentes para la fauna silvestre en Bolivia.
—¿Cómo funciona el rescate de jaguares ? ¿Qué tan difícil es proceder?
—CIWY tiene ahora dos centros: Ambue Ari, en Guarayos, Santa Cruz, que se especializa en felinos; y Jacj Cuisi, en el norte de La Paz, donde tenemos más primates. Lamentablemente, cada año perdemos más selva. En Bolivia, en los últimos años se han perdido cerca de 14 millones de hectáreas a causa de los incendios y la deforestación. Muchos animales pierden su hábitat y el jaguar es uno de ellos: se queda sin espacio para vivir y, además, sufre la cacería por el interés comercial.
En 2024 rescatamos a Yaguara. Escapando de los incendios, ella y otra cría fueron a parar a una estancia ganadera. La capturaron, la metieron en una jaula y se comunicaron con la subgobernación, que luego nos contactó. Cuando llegó estaba agresiva, asustada y deshidratada. Tenía las patitas lesionadas de tanto correr.
Nuestro equipo veterinario hizo la evaluación y, a partir de ahí, empezamos con todos los trámites ante las autoridades para iniciar su rehabilitación, con el objetivo de lograr la primera liberación de un jaguar en Bolivia.
—En junio, Yaguara fue liberada. ¿Cómo lograron pasar del modelo de semilibertad a una liberación plena y en qué se han basado para fundamentar este cambio de estrategia?
—Cuando llegó Yaguara, nuestra veterinaria verificó que era un felino totalmente salvaje. Nuestros jaguares rescatados viven en recintos grandes de 1000 metros cuadrados, pero igual están en una jaula. Ahí estaba la decisión: ¿la tenemos toda su vida en un recinto o trabajamos en la liberación? Viendo su comportamiento y su salud, decidimos trabajar en la rehabilitación para liberarla.
Primero planteamos la propuesta a las autoridades y sacamos una resolución administrativa para obtener la autorización. Conformamos un comité técnico-científico y nos contactamos con organizaciones como la Red Yaguareté de Argentina y Onçafari de Brasil para asesorarnos. Si bien tenemos experiencia en semicautiverio, para nosotros esto era algo único y en Bolivia no se tenía la experiencia, así que tomamos todas las pautas que nos dieron.
En la parte de salud, un equipo de veterinarios analizó qué enfermedades tenían que descartar para asegurarnos que estuviera completamente sana y no correr el riesgo de llevar alguna enfermedad a las poblaciones silvestres.
Necesitábamos un recinto mayor donde pudiera fortalecer sus comportamientos naturales. Yaguara llegó de ocho meses, así que los primeros pasos ya se los había enseñado su mamá. Ese recinto se monitoreó con cámaras trampa.
Se le puso un collar satelital para hacer un seguimiento de todos sus movimientos. La liberación se hizo el 5 de junio y fue difícil porque estábamos en plenos bloqueos y conflictos sociales, pero aún así lo logramos. Se la llevó desde Ambue Ari hasta Guarayos en avioneta, y de ahí en bote por casi seis horas.
Contamos con el apoyo de los guardaparques del Noel Kempff Mercado y se han sumado muchas organizaciones como la FAN, WWF, la Fundación del Chiquitano y el SERNAP. Ahora todo depende de Yaguara, de cómo se adapte y logre sobrevivir.
—Aunque CIWY tiene experiencia reinsertando otras especies, el caso de esta jaguar es único. ¿Qué implicancias biológicas y simbólicas tiene para la conservación en Bolivia?
—Abre una puerta fundamental para crear protocolos que ayuden a otros animales rescatados de incendios que tienen el potencial de volver a la libertad, pero que por falta de normativa o guías técnicas han terminado en jaulas durante años.
Ya contamos con un recinto de rehabilitación en Ambue Ari y estamos ganando experiencia en el monitoreo postliberación. Toda la información que obtengamos de este proceso servirá para ayudar a otros felinos a regresar a la naturaleza, ya sea a través de nuestro trabajo o de otras organizaciones.
Cuando un animal es candidato [a ser liberado], el proceso debe ser riguroso, basado en protocolos específicos para su especie, biología, fisiología y comportamiento. No es algo sencillo. Si se quiere hacer bien, el proceso debe estar muy bien diseñado y cada paso debe quedar registrado.
—CIWY nació con el objetivo de combatir el tráfico ilegal y la pérdida de hábitat. Tras tres décadas de labor, ¿sus líneas de acción han tenido que mutar frente a las nuevas amenazas ambientales?
—Cuando empezamos, el plan era simplemente dar una segunda oportunidad a los animales que llegaban con heridas y traumas. Sin embargo, con el tiempo vimos las consecuencias de la deforestación, la pérdida de hábitat y, sobre todo, los incendios. Hemos tenido que reforzar el programa de educación para seguir sembrando una semilla en los jóvenes y niños.
En cuanto a los incendios, ha sido duro porque no estábamos preparados para defender nuestros santuarios. Hemos tenido que formar a nuestros voluntarios y a nuestro equipo permanente como bomberos; tuvimos que salir a luchar contra el fuego y trabajar con las comunidades, ya no solo en temas de tráfico sino en la promoción de una quema responsable. No ha sido fácil cambiar tradiciones de años, especialmente cuando ciertas leyes han alentado estas prácticas.
En 2024 recibimos cerca de 76 animales víctimas de incendios. Fue una situación desesperante: llegaban animales quemados, carbonizados, pero aún vivos. Tuvimos que prepararnos no solo en la parte veterinaria para atenderlos, sino también emocionalmente porque fue muy fuerte.
Todo esto nos obligó a enfocarnos en la restauración de los ecosistemas perdidos mediante la reforestación. Nuestro trabajo actual implica mucho más que atender animales individuales; estamos protegiendo áreas de conservación completas. Los santuarios protegen 1300 hectáreas que sirven de hábitat para muchas especies que viven en libertad.
—Mencionó en otras entrevistas que la solución para la problemática no es sólo rescatar a los animales y llevarlos al santuario. ¿En qué punto el modelo de santuario deja de ser sostenible?
—El día que CIWY deje de existir como centro de custodia, habremos logrado nuestro objetivo. Significaría que los animales ya no necesitan estar en un centro porque viven libres en la selva. Ese es nuestro sueño.
No hay que rescatar por rescatar. Como santuario, debemos ser responsables. Recibir animales indiscriminadamente genera sobrepoblación, riesgos de peleas, hacinamiento y la propagación de enfermedades.
Además, mantener estos centros cuesta mucho dinero. Lamentablemente, a veces tenemos que tomar decisiones que nos duelen, pero buscamos un manejo responsable. La gente nos entrega animales en la puerta o los deja en cajas; los acogemos y les damos las mejores condiciones posibles, pero no podemos albergarlos a todos.
En Bolivia hay leyes que lamentablemente no se cumplen. Si desde un inicio hubiéramos trabajado en conjunto en control, sanción y educación, la situación sería distinta. ¿De qué sirven las leyes si no hay sanciones? Es una ruleta que nunca termina: la gente tiene animales y no entiende que infringe la ley porque nunca se le ha multado.
La solución no es crear más centros de custodia, sino frenar el tráfico, hacer cumplir las leyes, controlar y educar. A veces es frustrante ver que después de tantos años el problema persiste. El panorama para los animales es desconsolador.
—¿Cómo evalúa la lucha por la tierra y el territorio, y cuál es su visión sobre las políticas necesarias para proteger los santuarios y la biodiversidad en Bolivia?
—Lamentablemente, no existe un reconocimiento real para las tierras destinadas a la conservación. Eso debe fortalecerse. No necesitamos mecanizar la tierra para demostrar que le estamos dando un uso valioso. La captura de carbono, la producción de oxígeno y el hecho de que este ecosistema sea el hogar de millones de vidas ya representan un uso vital.
Las autoridades deben implementar políticas de conservación reales. Las leyes que se promulgan deben recordar que coexistimos con la fauna silvestre y que la biodiversidad que tenemos es un tesoro. Entendemos que el desarrollo económico es importante, pero no podemos enfocarnos solo en eso; debe haber un equilibrio. Si seguimos así, todo será desmontado [deforestado].
Si comparas lo que hoy tenemos de bosques en Bolivia con lo que había hace pocos años, verás cuánto hemos perdido. No esperemos a llegar al colapso. Hay una frase de un jefe indígena norteamericano que siempre recuerdo: «Cuando se corte el último árbol, se contamine el último río y se case el último animal, el hombre se dará cuenta de que el dinero no se come». Que no llegue ese día en que nos demos cuenta de que el dinero no sirve si no hay donde vivir, si ya no queda selva.


