Madrid, 9 abr (EFE).- Hace 8.500 años, un grupo de cazadores-recolectores navegó por el Mediterráneo hasta llegar a Malta, una extraordinaria hazaña que sucedió mil años antes de la irrupción de la agricultura, que cambió el modo de vida a uno sedentario, más desarrollado, y basado en la ganadería y los cultivos.
Estos grupos humanos no solo llegaron hasta la isla de Malta, sino que además la ocuparon y explotaron sus recursos, tal y como demuestran los restos hallados en el yacimiento de Latnija, que conserva las evidencias más antiguas de ocupación que existen en la isla.
Los detalles de la investigación, liderada por Eleanor Scerri, del Max Plank de Geoantropología de Alemania, y hecha en colaboración con la Universidad de Malta, el Institut Català de Paleoecologia Humana i Evolució Social (IPHES-CERCA) y la Universidad Rovira i Virgili (URV), de Tarragona (España), se han publicado este miércoles en la revista Nature.
Hasta ahora, los únicos indicios de navegación en esta época se han encontrado en el Pacífico, en grupos que viajaban por cabotaje (bordeando las costas), pero esta es la primera vez que se documenta en el Mediterráneo.
Un viaje bajo las estrellas
El grupo de investigación que publica el estudio creen que estos pioneros partieron de la cercana isla de Sicilia, a unos cien kilómetros de Malta, y que hicieron la travesía sin instrumentos ni equipación de ningún tipo, únicamente guiados por la posición de las estrellas, las corrientes marinas y las referencias costeras.
Estos navegantes podían avanzar entre 3 y 4 kilómetros por hora, lo que significa que la travesía pudo durar entre 24 y 30 horas, algunas realizadas durante la noche.
Y aunque históricamente las migraciones han estado impulsadas por la necesidad de buscar recursos, para Ethel Allué, investigadora del IPHES-CERCA y coautora del estudio, probablemente esta proeza refleja “el instinto explorador de los seres humanos, que desde siempre hemos buscado conocer nuevos territorios”.
Para Scerri, estos resultados no solo amplían en mil años la prehistoria de Malta, sino que obligan a reevaluar las habilidades de navegación de las comunidades de cazadores-recolectores, sus conexiones con otros grupos de la cuenca mediterránea y los impactos ambientales de todo ello.
Lo que el estudio deja claro es que, pese a los estereotipos, los grupos de caza y recolección no solo vivían de la caza interior, sino que también hubo grupos, habitantes de zonas costeras, que conocían perfectamente bien las técnicas de pesca tanto en los ríos como en el mar.
El problema es que debido a la subida del nivel del mar, muchos posibles yacimientos “estén ahora sumergidos y no podamos ver esas evidencias, explica Allué en declaraciones a EFE.
Herramientas, animales extintos y plantas
Hace cinco años, las primeras excavaciones del yacimiento encontraron evidencias más recientes, del Neolítico, pero al seguir excavando a mayor profundidad, el equipo descubrió niveles mesolíticos, de hace casi 9.000 años, en los que no había restos humanos pero sí gran variedad de restos arqueológicos.
El yacimiento contenía herramientas de piedra, hogares (hogueras), restos de alimentos cocinados y una notable diversidad de especies animales que habían sido cocinadas y consumidas, desde restos de ciervo rojo, que hasta ahora se creía extinguido en Malta en aquella época, a tortugas, aves de gran tamaño (algunas hoy ya desaparecidas), focas y varios tipos de peces como el mero.
También se han hallado miles de restos de moluscos marinos, como caracoles, erizos y cangrejos, muchos de ellos con señales evidentes de cocción.
De hecho, uno de los puntos fuertes del estudio han sido los análisis del registro piroarqueológico: las huellas del uso del fuego, el tipo de combustible empleado y su relación con el entorno natural.
“El fuego nos habla de cómo vivían, cómo se organizaban y cómo se adaptaban al paisaje. Aquí encontramos restos de carbón, de la madera que usaban en los hogares que principalmente era de lentisco, una planta que probablemente era la que más dominaban de su entorno y que era buen combustible”, explica Allué.
También se han encontrado restos de palmito, una planta que, por sus características, pudo haber sido utilizada para la construcción, la cestería, o como combustible.
“Por suerte, el registro de fuego estaba muy bien conservado, lo que nos ha permitido ir más allá de su simple detección y reconstruir prácticas humanas que de otro modo podrían haber pasado desapercibidas”, comenta Aitor Burguet-Coca, investigador postdoctoral del IPHES-CERCA.
Y aunque en general, los fuegos servían para protegerse, cocinar o calentarse, “en este caso podemos afirmar que los usaban para cocinar”, concluye Ethel Allué.
El objetivo del equipo ahora es seguir estudiando este yacimiento maltés para ver si en niveles más inferiores hay evidencias de ocupación humana, y también el resto de la isla y otras islas más pequeñas y remotas del Mediterráneo, que tienen ecosistemas propios y pudieron ser ocupadas. Hay que seguir explorándolas.
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