Cada día que pasa en esta guerra, tan absurda como todas pero destructora de riqueza y vidas como pocas, queda más claro el reparto de papeles: Donald Trump es el que da las ruedas de prensa, amenaza, o quiere hacer gracias, y juega a desconcertar a la audiencia mundial girando de pronto el mapa y helando la sangre de los países aludidos. Al principio, Groenlandia, Canadá, Panamá y México; luego Venezuela, después Irán y sus vecinos golpeados; y Cuba siempre lista en la recámara. Interpreta magistralmente el papel de showman que le hace feliz; además de cada vez más multimillonario. Pero ya no puede exhibir ese título rimbombante asociado a la presidencia de los Estados Unidos que se denomina “comandante en jefe” de las más poderosas fuerzas armadas del mundo. El comandante en jefe, en realidad, es Benjamín Netanyahu.
Revisen las intensas semanas transcurridas y lean la letra pequeña de las decisiones tomadas, hasta donde se ha podido saber: fue la inteligencia israelí la que detectó la reunión de la cúpula del poder iraní y Netanyahu quién se dispuso a destruirla. Estados Unidos se sumó al ataque y, como toda explicación, Trump dijo: “estaba con mi yerno Jared Kushner -sigan la pista de este inversor inmobiliario que ya en el 2018 hablaba de construir en Gaza, según testimonio de Josep Borrell- y tuvimos el presentimiento de esa acción”. Entonces, desde su residencia de fin de semana, dio la orden de atacar. Luego vino el bombardeo de la isla de Jark, que guarda el 90 por ciento del petróleo que Irán exporta, cuando se destruyeron refinerías y depósitos de combustible que parecían intocables. Cuando Trump estaba exhibiendo su hazaña, las monarquías del Golfo lo presionaron para parar tanta catástrofe y tuvo que pedirle a Netanyahu que saliera a decir la verdad. Y la verdad, según ellos mismos, es que la autoría fue israelí, no estadounidense. Ahora, 2.500 marines están cruzando el Océano Indico, procedentes de la base de Okinawa, para desembarcar en Irán. Si eso llega a ocurrir, el número de bajas, que hasta ahora son trece, se disparará. En Washington se admite que la invasión terrestre de Irán fue una “sugerencia” de Netanyahu. El líder israelí da la orden en forma de sugerencia y Trump, disciplinado, la cumple.
En su excelente artículo titulado “Irán cava la tumba de Trump”, el periodista Xavier Mas de Xaxás escribe en La Vanguardia: “Trump ha perdido el control del tiempo y de la guerra. Está solo y acorralado en una Casa Blanca que es un parvulario con armas nucleares. Su instinto básico le ha llevado a una guerra que va camino de arruinar su presidencia”. Al no obtener colaboración de países históricamente aliados, Trump amenaza con retirar sus bases de España y de Alemania, llama “cobardes” a los países de la OTAN y busca afanosamente una salida del avispero en el que se ha metido siguiendo a Netanyahu. A su vez, el líder israelí exprime toda la debilidad relativa de la posición de Trump mientras crece la literatura especulativa sobre esa aparente sumisión. Lo más comentado es la sospecha de que la inteligencia israelí controlaría capítulos no publicados de abusos en el territorio del pederasta Epstein, que podrían usarse como chantaje. Pero no hay certeza, ni indicios de que eso pueda ser cierto. Quizás alguna explicación pueda encontrarse en el libro de la primatóloga Christine Webb que sentencia que “el ser humano es un mono arrogante”.

