No hay espacios para la inacción y la apatía
Hernán Cabrera M. Lic. en Filosofía y periodista
En Bolivia, el ejercicio de la política es demasiado importante para dejarla solamente en manos de los políticos. No es una tarea exclusiva de los gobernantes.
El “animal político” del que habló Aristóteles vale para todos nosotros, no pueden ni debe haber distinciones. Vale para usted, señora ama de casa, para los estudiantes, universitarios, fabriles, campesinos, profesionales, comerciantes, canillitas, empresarios, barman, niños, magníficas, modelos, jóvenes, curas, trabajadoras del hogar, libreros, lustrabotas, funcionarios públicos, banqueros, periodistas, camarógrafos, intelectuales, trabajadores en general, microempresarios, indígenas, artistas, payasos, choferes, taxistas, profesores, catedráticos, concejales, alcaldes, policías, militares, serenos, locutores, prostitutas, lesbianas, gays, mecánicos, jueces, cargadores, niños de la calle…
Somos una sociedad en permanente contradicciones, donde confluyen una serie de conflictos protagonizados por una diversidad de movimientos sindicales, sociales, empresariales, cívicos, vecinales, indígenas, campesinos, mineros, colonizadores y muchísimos otros. La emergencia de los otros ahora más que nunca reclama sus espacios de poder, lo que por justicia histórica les corresponde, porque el acceso a la Casa Grande del Pueblo, a las Asambleas Legislativas Plurinacional y Departamental, gobernaciones, gobiernos municipales hace años ha empoderado a vastos sectores sociales, que se han constituido en actores políticos.
Esas reflexiones es una invitación a asumirnos como animales políticos porque nos importa a todos el bienestar y la felicidad de cada uno de nosotros, de la familia, los parientes, los amigos, los conocidos, hasta de los enemigos; porque nos debemos involucrar en las decisiones de nuestra comunidad, y no que otros o unos cuantos decidan por el conjunto de los hombres y mujeres que son parte de una sociedad; porque tenemos razón, capacidad, entusiasmo y voluntad para transitar otros terrenos que no son solo los de la cotidianidad y la rutina, es decir, ir al trabajo, marcar la tarjeta, sentarnos por largas horas en el escritorio, esperar que pasen los minutos, conversar con los colegas, hacer chistes y preparar la salida de fin de semana, o abrir tu negocio, limpiar los productos, hacer cuentas, aguardar a que lleguen los clientes, vender un poco un día y más otro día, ir a almorzar, cerrar el negocio e irse a la casa, a ver televisión, cenar, estar con los hijos, hacer el amor con su pareja o tirarse algunas escapaditas, o internarse en el mundo virtual, o irse de paseo por la ciudad, sabiendo que tiene recursos económicos adecuados, por alguna herencia, por ciertos ahorros que ha hecho, porque robó algunos dólares al Estado, pero igual no hace nada, y la vida es un canto a la bohemia. La vida es un carnaval, cantaba Celia Cruz. La vida es para gastarla por los demás, decía el sacerdote Luis Espinal, y luego la dictadura lo partió en miles de pedazos.
Porque los seres humanos nos preocupan y nos interesan de sobremanera como para dejar para otros días la lucha por nuestros derechos y el del medio donde uno vive, porque estamos en la obligación de dejar como herencia a nuestros hijos y nietos mejores condiciones de vida, de trabajo, de relaciones, de sobrevivencia para ellos; porque el ser ciudadano demócrata no es una carta blanca para peernos a gusto y aplaudir desde el balcón, o pasarnos la vida de fiesta en fiesta, de jarana en jarana, de carnavales en carnavales; porque hay que esforzarnos para que nuestra juventud recupere esa rebeldía histórica, y no se pierda en bares, en cantinas, en jolgorios, en la superficialidad; porque hay que salir de nuestras cuevas y dejar nuestras huellas, ¿o acaso realmente queremos seguir así o marcaremos otros rumbos en nuestras vidas pesadas, aburridas, y agitadas?
Una sociedad no es un cementerio, ni una sala de terapia intensiva. Quienes somos parte de esa sociedad no somos los sepultureros, sino que hay que convencernos de que todos debemos ser protagonistas de cada situación que se genere, y aportar a encontrar las soluciones adecuadas.
La sociedad es un ente que siempre está en movimiento dialéctico, intenso, desordenado y a veces caótico, pero quienes la integran son seres humanos que desde que nacieron tienen una misión importante que cumplir, y que no la pueden eludir buscando pretextos de enfermedad, incapacidad, o de que no eran ellos los elegidos, sino otros, o de que todavía no es su turno, de que hay que esperar un poco; en fin, lo que siempre sobran son las excusas, pero desde esta visión que el ejercicio de la política ya no es de exclusividad de los políticos y desde la filosofía de la vida no hay argumentos que valgan para exigirle a usted, compañero o compañera, que es un ciudadano demócrata para que se inmiscuya, participe y sea parte importante de su sociedad, no puede quedar al margen de los procesos históricos, ni esperar que le lluevan los beneficios del Estado.
Desde que nace hay que asumir que el hombre y la mujer están en el mundo con una misión, no estamos de paso, ni para la jarana, ni para aplazarnos. Estamos para trascender, para compartir, para destacarnos, para servir al otro, para amar, para luchar, para elevarnos como una ofrenda por la libertad, por la justicia, por la verdad, por la humanidad.
“Moriremos si somos zonzos”, dijo el Tambor Vargas en su diario de 1810. Grito que deberíamos escucharlo con atención.
Usted es un sujeto social y racional, no un ser abstracto que está más allá del bien y del mal. Ni tampoco es dios o bestia, es un humano y bien humano, y vive en una sociedad bien conflictiva.
Para estos tiempos de la historia boliviana no podemos permitirnos la apatía, la indiferencia y la inacción. La política nos impulsa a realizar enormes esfuerzos y en todos los niveles, porque un nuevo país lo construimos entre todos, no solo es potestad de los gobernantes.


