Oro tóxico: el mercurio de la minería amenaza a más de 160 comunidades de la cuenca del río Beni en Bolivia
Estos hallazgos fueron parte de un análisis científico y geográfico que abarcó 39 investigaciones publicadas en 27 años, siete de ellas en Bolivia.
Gilberto Vaca Muiba teme que el mercurio que corre por sus venas acabe con su vida. Ese miedo, sin embargo, no altera su rutina. Toma su vieja caña de pescar, camina hacia el río y aguarda con paciencia por la comida del día. Está arrodillado en una de las playas del río Beni, en la Amazonía boliviana, esperando a que un pez pique para llevar el alimento a casa. Es una tarde de julio en la comunidad Puerto Yumani y acaba de atrapar un surubí pequeño, un pescado que es muy probable que esté contaminado con mercurio pero que igual lleva a su mesa.
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Puerto Yumani es una de las cinco comunidades indígenas que recorrió Mongabay Latam a lo largo de 41 kilómetros del río Beni. Las otras cuatro son Carmen Soledad y Puerto Motor, en el municipio de Rurrenabaque, en el departamento de Beni, y Eyiyoquibo y Buena Vista, en el municipio de San Buenaventura, al norte del departamento de La Paz. Todos esos territorios, que pertenecen a los pueblos indígenas tacana, leco y ese ejjas, están expuestos a la contaminación por mercurio que se origina en el río.
Por eso al Beni lo perciben de dos maneras: como una fuente de subsistencia para las comunidades pero también como el centro de todos sus males.
“Nosotros comemos pescado todos los días, es nuestra dieta común, porque comprar carne o pollo es muy caro para nosotros. Tenemos en los ríos nuestro alimento, pero ese alimento está contaminado y estamos sufriendo por eso”, dice Guido Alfaro, presidente de la Central de Pueblos Indígenas de La Paz (CPILAP), que representa a las comunidades amazónicas del norte del departamento. “Por eso pedimos que nos atiendan, que hagan cumplir la ley, que dice que está prohibida la minería ilegal”.

Óscar Campanini, director del Centro de Documentación e Información de Bolivia (Cedib), asegura que “lo que ya se ha identificado con evidencia científica es el impacto que tiene el mercurio sobre los peces en los ríos de la cuenca de la Amazonía boliviana. El minero bota el mercurio al río hasta que llega a las personas a través de los pescados que consumen”, detalla el experto.
Cuando los pobladores comen carne contaminada, explica el experto, absorben el metal pesado y este se acumula en sus organismos. “La cantidad va en aumento mientras el individuo sigue consumiendo la fuente de mercurio”, dice.
Para entender la magnitud de este problema, Mongabay Latam construyó una base de datos que reúne más de 7000 muestras de mercurio en humanos y más de 5900 en peces, tomadas a orillas de tres ríos amazónicos que se conectan: el Madre de Dios en Perú, el Beni en Bolivia y el Madeira en Brasil. El análisis de los 39 estudios científicos, siete de ellos en el Beni y publicados entre 1995 y 2024, reveló que los habitantes de al menos 249 comunidades indígenas y ribereñas han estado expuestas a la contaminación a lo largo de 27 años. Además que 702 comunidades más están en riesgo —125 solo en Bolivia—, por estar situadas entre los focos de minería ilegal y los casos de personas que dieron positivo a la presencia de mercurio.
En el caso de Bolivia, los investigadores tomaron 533 muestras a personas de 39 comunidades y todas ellas presentaron niveles de mercurio por encima del límite permitido por la Organización Mundial de la Salud (OMS). En el caso de las 186 muestras en peces, tomadas en 17 comunidades de la cuenca del río Beni, los estudios revelaron que 15 especies de alto consumo para los pobladores indígenas y ribereños tienen mercurio en sus tejidos.

“Sabemos que estamos contaminados por el mercurio pero, ¿qué podemos hacer? No hay dinero por esta crisis, no podemos cultivar porque nuestras parcelas están afectadas por las inundaciones, esa tierra está como podrida”, dice Grover Yumani, corregidor de la comunidad Puerto Yumani, quien lamenta vivir en un círculo vicioso que los obliga a trabajar para subsistir en una actividad que los va matando de a pocos.

El mercurio utilizado en la minería, especialmente en la de oro, puede causar daños graves e irreversibles a la salud humana. Según la OMS, ataca el sistema nervioso central, el aparato digestivo y el sistema inmunitario, entre otros órganos. La inhalación de vapores tóxicos, al quemar amalgamas, y el consumo de pescado contaminado en forma de metilmercurio, pueden provocar temblores, pérdida de memoria, trastornos cognitivos, fallas renales e incluso la muerte.
“No sabemos cómo nos daña el mercurio, nunca nos explicaron, pero hay muchos hermanos que están vomitando, que tienen fiebre, se les perdió el apetito”, añade Guido Alfaro de la CPILAP.
¿Cómo es la vida de quienes viven con mercurio y siguen acumulando el metal pesado en sus cuerpos?

El enemigo invisible de Puerto Motor
Para los cinco pueblos indígenas amazónicos de los departamentos de La Paz y Beni, el río lo es todo. Es el proveedor principal de su alimentación. Allí pescan el surubí (Pseudoplatystoma), el sábalo (Prochilodus lineatus), la boga (Megaleporinus obtusidens), el pacú (Myleus pacu), el tucunaré (Cichla ocellaris), el dorado (Brachyplatystoma rousseauxii) y la palometa (Mylossoma aureum).
Sin embargo, esos peces viajan kilómetros desde aguas arriba transportando en sus tejidos el mercurio de la minería. El metal pesado baña las orillas del río en las que están asentadas comunidades como Puerto Motor, donde viven 28 familias que temen por el deterioro de su salud.
Edith Guzmán Marupa, corregidora o máxima autoridad de Puerto Motor, toca la campana de la pequeña comunidad para llamar a los pobladores. Quiere que compartan sus vivencias alrededor del río. Toma de la mesa un vaso con agua y con la voz entrecortada dice: “Sabemos que tenemos mercurio en nuestros cuerpos, pero no podemos hacer nada”.

La lideresa de la comunidad recuerda la visita a su territorio, hace una década, de una organización que recogió muestras para verificar el nivel del metal pesado en sus cuerpos. “Dijeron que teníamos mercurio”, añade.
El pescado es el alimento principal de la dieta diaria en la comunidad, lo comen “casi todos los días”, a pesar de que saben que está en contacto con el mercurio, cuenta Edith Guzmán. Le preguntamos si alguien los asistió luego de confirmar la presencia del metal pesado en sus cuerpos: “Solo una vez vino —en 2019— una comisión médica a visitarnos, pero solo nos dieron medicamentos básicos”, reclama.
El testimonio de Guzmán coincide con el de Dora Quispe, que vive hace 20 años en Puerto Motor y cuenta que reza todos los días para que el mercurio que tiene en su cuerpo no afecte su vida cotidiana ni la de los niños y comuneros. ”No hay nada que hacer”, asegura.
“Toditos estamos afectados por el mercurio. El doctor nos dijo que todos estamos con mercurio, el 100 %. Y estamos así por consumir pescado. La pesca es nuestro medio de vida, acá todos somos pescadores. Vendemos una parte de lo que pescamos y el saldo lo comemos. Si dejamos de pescar nos podemos morir de hambre, no tendremos dinero para nada”, dice Quispe.

Ambas pobladoras viven acechadas por las estadísticas. Nueve de cada diez mujeres indígenas de la Amazonía de Bolivia, en edad fértil, presentan concentraciones superiores a los límites seguros. Este es uno de los hallazgos de un estudio realizado en 2023 por científicos de la Universidad de Cartagena de Colombia, el Instituto de Servicios de Laboratorio de Diagnóstico e Investigación en Salud (Seladis) de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) de La Paz y el Centro de Documentación e Información de Bolivia (Cedib). Las muestras se tomaron a 119 mujeres que viven en comunidades cercanas a las cuencas del Beni, Mamoré y Madre de Dios.
Según la OMS, el nivel aceptable de mercurio en el cuerpo humano es de 2,0 mg/kg (miligramos por kilogramo). Sin embargo otro estudio, publicado en 2012, analizó un panorama más completo y estableció que los niveles en la cuenca del río Beni —donde queda Puerto Motor y viven Edith Guzmán y Dora Quispe— superan, en algunos casos, los 19 mg/kg.

Eyiyoquibo: vivir de espaldas al mercurio
Los ese ejjas son una población indígena de reciente contacto, concentrada en la comunidad Eyiyoquibo, que hace alrededor de 80 años salió del aislamiento en el que vivía.
En este territorio los días pasan lento y los invade una calma que no da cabida a preocupaciones como la del mercurio. Es un tema del que no se habla porque no está entre sus prioridades. Su atención está puesta en otros problemas que sienten más cercanos como las inundaciones, la falta de campo para cultivar, la sequía o la ausencia de recursos para vivir.
Rosa Juse es una de las ancianas de Eyiyoquibo y nos dice que no está contaminada, o al menos así lo quiere creer. Recoge la leña y la coloca en un fogón rústico en el patio de tierra de su precaria vivienda. Prende fuego y de inmediato se pone a cocinar. Mientras prepara una sopa de pescado, su nieto, Manuel Noza, dice en tono bajo para evitar que su abuela escuche, que ella está intoxicada.

Para Manuel, los síntomas no mienten. Lo nota en el andar cansado de su abuela, en los dolores de cabeza y los problemas estomacales que sufre. Doña Rosa se apura, vierte el arroz en una olla con agua cruda mientras vigila en otra la cocción de la yuca.
De una bolsa negra saca los restos de un pescado. Son partes de un sábalo, porque lo mejor de la pesca fue a parar al mercado de Rurrenabaque o al de San Buenaventura, las poblaciones urbanas más cercanas. “Estas partes comemos. Hacemos hervir como sopa y cuando hay aceite lo freímos”, dice con voz cansada.
Río arriba están las localidades de Mapiri, Tipuani, Teoponte, Mayaya y Guanay, donde se practica la minería aurífera ilegal que está contaminando las aguas amazónicas. Las corrientes arrastran el mercurio por los afluentes que luego desembocan en el Beni, y que a su vez reparte esas aguas contaminadas a las poblaciones que viven a lo largo de su cauce. Entre ellas los residentes de Eyiyoquibo.
Para Ignacio Julio Monasterio, corregidor de esta comunidad, los síntomas son evidentes. “Estamos mal de la vista, no miramos, eso es por comer pescado. Dicen que está contaminado, pero también hay dolor de cabeza”, relata.
Monasterio admite que las brigadas médicas visitan su comunidad a menudo y que les llevan medicinas genéricas, pero no para tratar la contaminación por mercurio. “El daño ya está hecho, estamos mal. Hay personas que no pueden trabajar por estos problemas, también hubo mujeres embarazadas que tuvieron problemas con sus hijos”, lamenta.
Las muestras tomadas en Eyiyoquibo a 47 personas, según la base de datos de Mongabay Latam, revelaron que el nivel de mercurio en los pobladores llegó a 8.1 mg/kg. Esta es una de las poblaciones estudiadas más afectadas por la contaminación, ya que supera ampliamente el nivel aceptado por la OMS.

Durante la investigación, se tuvo acceso a otros estudios locales que se realizaron en Eyiyoquibo, como el de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) de La Paz, que llegaron a esa zona para tomar muestras de cabello de los pobladores. Las conclusiones son similares al estudio incluido en la base de datos de Mongabay Latam: los indígenas ese ejjas están contaminados por consumir pescado con mercurio.
“La zona donde hay mayor extracción de oro en la cuenca del río Beni es en la parte alta, pero afecta a todo lo largo del río. Muchos de los pueblos indígenas no tienen minería en sus territorios, pero esa afectación, que se ha evidenciado en diferentes estudios, se debe a la minería que se hace a cientos de kilómetros”, explica Campanini del CEDIB.

Jorge Vásquez, experto en toxicología ambiental de la UMSA, añade que la contaminación está extendida a todas las comunidades de la cuenca amazónica que conviven con mineros cooperativistas que utilizan el mercurio para separar y extraer el oro de las rocas o piedras de los ríos. “Después de utilizarlo, los mineros tiran el mercurio a los ríos, contaminando a los peces y desatendiendo normas locales que los obliga a reciclar este tóxico metal”, lamenta.
En Bolivia, el mercurio se puede comprar sin ningún permiso especial, al contrario de lo que sucede en otros países de la región como Colombia y Perú, y en toda la Unión Europea (UE). Según el Convenio de Minamata, del que Bolivia es parte, el uso del mercurio está limitado, ya que es una de las diez sustancias químicas que más amenazan la salud pública, de acuerdo a la OMS. En el país, sin embargo, un frasco de un litro de mercurio se puede conseguir entre 2000 a 8000 bolivianos (entre 300 y 1100 dólares), aunque el precio varía de acuerdo al tipo de mercurio y su procedencia.
La atención médica que no llega
En la comunidad indígena tacana de Carmen Soledad viven cerca de 40 familias y ellos mismos dicen que no pasan de 200 habitantes. Desde tiempos ancestrales su vida ha sido nómada, desplazándose río arriba y río abajo en pequeños botes de madera construidos por ellos mismos.
Antonio Vilca, corregidor de Carmen Soledad, se concentra en reparar una de las redes con las que sale a pescar a diario al río Beni. Es uno de sus instrumentos de trabajo. El líder indígena, que también se dedica a la agricultura, dice que en la época seca la pesca es más fácil, aunque sabe que esas aguas arrastran toda la basura que generan los campamentos mineros.
“Vemos los recipientes de mercurio, de marca El Español, que llegan hasta acá. También vemos el agua sucia, como con aceite de vehículo. Prácticamente somos el basurero de los mineros”, lamenta Vilca. Su hermano, Freddy, comenta que hace 20 años podían tomar el agua del río Beni, pero ahora es imposible. “El agua está sucia, está contaminada, pero igual comemos pescado”, lamenta.

El centro de salud de San Buenaventura, el casco urbano más cercano, tiene un edificio moderno y hay personal que trabaja las 24 horas del día. Sin embargo, a este hospital público no ha llegado ningún poblador indígena para hacerse atender por algún problema de intoxicación por mercurio, según explica Mario Chacón, el responsable municipal de salud. Aún así, el médico reconoce que tanto las aguas como los peces del río Beni están contaminados. De hecho menciona que, en 2021, especialistas detectaron el problema de la intoxicación por mercurio en Eyiyoquibo y otras comunidades.
“No conocemos un tratamiento para estos casos, solo podemos dar medicamentos genéricos, pero también la alimentación [de los indígenas] es deficiente. Comen arroz, pescado y huevo, esa es su vida. No se les puede recomendar porque es su modo de vida: pescan, venden y comen, eso lo hacen a diario”, resalta Chacón. “Nosotros comemos pescado pocas veces, ellos lo hacen a diario. Eso les afecta”.
La historia se repite en el hospital de Rurrenabaque. Los pobladores indígenas no van a ese centro médico para hacerse atender. Es por eso que hay brigadas médicas que visitan las comunidades que están a orillas del río Beni, según el director municipal de Salud, Marco Lozano.
El médico asegura que actualmente no pueden atribuir enfermedades específicas a la contaminación por mercurio, pero que en Rurrenabaque sí existen problemas de salud relacionados, como la parálisis cerebral infantil, convulsiones y otras afecciones.
“Nos gustaría que los estudios determinen si la acumulación de metales pesados en el organismo podría estar relacionada con estas condiciones [contaminación por minería] o si se deben a otras causas”, dice Lozano.

A diez kilómetros río arriba de Carmen Soledad vive Limberth Miquere, corregidor de la comunidad de Buenavista. Este líder tacana lamenta que la mayoría de los residentes de su comunidad padezcan de “algunos dolores por la minería” y que ignoren que los pescados que comen cada día tengan niveles muy altos de mercurio. Al igual que los habitantes de las otras comunidades visitadas, no encuentra una solución al problema en los establecimientos médicos cercanos.
“Estamos cansados de pedir ayuda médica, debemos trasladarnos muy lejos por tierra para que nos atiendan. Vamos a San Buenaventura y no saben si nuestros dolores se deben a la contaminación de los pescados, pero es obvio que sí”, reniega.
Según la base de datos que construyó Mongabay Latam, tanto en la comunidad Carmen Soledad como la de Buenavista, donde se tomaron muestras a 45 y 103 pobladores respectivamente, se detectó la presencia de mercurio.
Estos resultados coinciden con la evaluación realizada en 2023 por la Central de Pueblos Indígenas de La Paz (CPILAP). El estudio de laboratorio realizado a 302 habitantes de 36 comunidades de seis pueblos indígenas —tacanas, tsimanes, uchupiamonas, lecos, ese ejjas y mosetenes en la cuenca del río Beni y sus afluentes— confirmó que el 74,5 % de los pobladores evaluados tienen niveles de mercurio por encima de lo permitido por las organizaciones globales de salud. El resto se encuentra expuesto continuamente a la contaminación por la actividad de las cooperativas mineras que explotan oro río arriba con grandes dragas.
¿Planes de papel?
Aunque Bolivia es uno de los 128 países que firmó el Convenio de Minamata que prohíbe el uso de mercurio, hasta la fecha ese compromiso no se ha visto reflejado en un plan de acción concreto. De hecho, se sigue utilizando el metal pesado en la minería aluvial y Bolivia sigue siendo el mayor comprador de mercurio del mundo, según las estadísticas oficiales.
El negocio del mercurio se da incluso en redes sociales. Ofrecen el metal sin ningún control, pero también hay calles dedicadas a este mercado, como la Tarapacá, en la ciudad de La Paz, donde la oferta del metal pesado es la principal actividad económica de esa zona.
A mediados de 2025, al inicio de esta investigación, el aún vigente Ministerio de Medio Ambiente y Agua respondió a Mongabay Latam que el Plan de Acción Nacional (PAN) para la reducción del uso de mercurio en la minería aurífera, que fue elaborado desde 2023 por el gobierno boliviano y la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (ONUDI), estaba en proceso de implementación.
La entidad pública informó que se busca reducir en un 60 % el uso de mercurio en la minería artesanal y de pequeña escala para el año 2031 y también que se impulsaría tecnologías alternativas para la implementación de métodos de extracción de oro sin mercurio.

De hecho, el actual viceministerio de Medio Ambiente, Biodiversidad, Cambios Climáticos y de Gestión y Desarrollo Forestal, Jorge Ávila, dijo que a más tardar en mayo de 2026 se ajustaría el plan para reducir el uso de mercurio en la minería aurífera y se implementaría en su totalidad el Convenio de Minamata.
“Nosotros tenemos la obligación de cumplir con ese convenio y ya hemos dado la instrucción a las instancias del Viceministerio, especialmente a las que atienden la problemática del mercurio, para que reconduzcamos la conducta del Estado”, afirmó Ávila.
La autoridad ambiental añadió que si bien no pueden resolver el problema de la noche a la mañana, están dispuestos a “actuar con la mayor responsabilidad para encontrar una solución, primero en un marco de persuasión, invitando a que se formalice el trabajo de [las cooperativas auríferas], porque la gran mayoría de estas actividades no están enmarcadas en la ley. La utilización de mercurio sigue siendo absolutamente irregular”, dijo.
Han pasado casi dos meses de la fecha anunciada para ajustar el PAN para la reducción del mercurio y ese proyecto no ha visto la luz. En el camino, el gobierno de Rodrigo Paz, que juró en noviembre de 2025, disolvió el Ministerio de Medio Ambiente y lo redujo a un viceministerio. Esta subcartera no convocó hasta el momento a los pueblos indígenas para realizar los ajustes al PAN, a pesar de ser los más afectados por la minería aurífera.
El Ministerio de Salud y Deportes informó a Mongabay Latam que creó el “Plan Mercurio y Salud” para combatir este problema de salud pública que abarca desde la evaluación y gestión de riesgo en la población expuesta hasta la reducción, eliminación y gestión de productos con mercurio añadido. Además, precisaron que se reunieron con dirigentes indígenas para coordinar acciones médicas en las comunidades afectadas y que esas medidas se aplican en coordinación con gobiernos subnacionales y otros ministerios
“Hemos tenido ya visitas con brigadas médicas a diferentes espacios tratando directamente con los pueblos indígenas. Nosotros tomamos tres muestras: de cabello, de orina y de sangre, porque queremos saber qué es lo que está pasando y queremos conocer qué están comiendo, cómo se sienten. Luego volvemos a ingresar porque queremos retroalimentar a la población para que sepan qué es lo que tienen que hacer, qué tratamiento deben seguir”, le dijo a Mongabay Latam la exministra de Salud, María Renée Castro.

La entonces autoridad del sector salud detalló que esas brigadas llegaron al río Beni y que los resultados no fueron óptimos. Admitió que los pobladores indígenas tienen cierto grado de contaminación, pero no brindó resultados oficiales, los cuales deben ser expuestos por las nuevas autoridades del Ministerio de Salud y Deportes, pero hasta la fecha no han brindado información alguna.
Mientras tanto, Hermenegildo Leal, corregidor de Buena Vista, recorre su comunidad a pie hasta llegar a un camino con descenso natural. Es un pasaje pequeño que lleva al río Beni. Ahí están dos pescadores que esperan su recompensa. Leal les grita: “¿Pescaron algo?”. Ellos responden con un “no”. “No hay mucho pescado por acá, lo poco que se pesca es para nuestro consumo, y ese poco de pescado está contaminado”, dice. La vida en las comunidades indígenas asentadas a orillas del Beni continúa igual, la contaminación es la misma y la inacción del Estado boliviano también.
*Imagen principal: en el río Beni la minería avanza sin control. Hay pobladores que realizan una minería artesanal utilizando mercurio. Las aguas de ese afluente están contaminadas. Foto: Javier Mamani


