PERSONA NO GRATA …ladran, Ejti; señal que cabalgamos
Por: Lucho Fernández de Córdova Arquitecto
PERSONA NO GRATA
…ladran, Ejti; señal que cabalgamos
Durante varios días preferí no decir nada.
En primer lugar porque una de las personas atacadas era Ejti, mi compañera, y no quería que una discusión surgida de una evidente mezquindad cultural e intelectual que parece venir de nacimiento, propia de quien vive con la certeza de que el mundo termina donde alcanza su meada, terminara degradándose en un espectáculo grotesco. Y, en segundo lugar, porque hay discusiones en las que uno sospecha que cualquier argumento sólo sirve para echarle más leña a un fuego generado por una ignorancia delirante.
Pero el asunto siguió creciendo.
Primero fueron las críticas a una exposición fotográfica. Después aparecieron quienes se sintieron llamados a defender orgullosamente la identidad cruceña dañando con aerosol fotografías que, más que molestarlos por sí mismas, parecieron servirles de pretexto para exhibir, desde su propia ignorancia, una particular forma de machismo. Y finalmente llegamos a ese momento extraordinario en el que alguien, desde su absoluta ignorancia y sin siquiera medir las consecuencias de lo que proponía, pidió que Ejti fuera declarada “persona no grata”.
Entonces pensé que ya valía la pena aclarar algunas cosas.
Comencemos por la fotografía.
La exposición no era una campaña a favor de la coca ni una invitación a bolear. Era una muestra documental sobre la Santa Cruz contemporánea, compuesta por veinte fotografías que abordaban distintos aspectos de la ciudad. Entre ellas había imágenes cotidianas del consumo de coca.
Y resulta que el consumo de coca existe, y en demasía, en Santa Cruz.
No apareció porque un fotógrafo lo inventó. No llegó con Manzana 1. Y, por supuesto, tampoco empezó porque Ejti cometiera el imperdonable atrevimiento de permitir que una fotografía fuera colocada en una plaza.
Basta caminar por la ciudad para encontrar innumerables puestos donde se vende coca, machucada, saborizada y presentada de las formas más diversas, promocionada incluso recurriendo abusivamente a la imagen de la mujer cruceña, sin que nadie alce la voz. Y basta mirar alrededor para comprobar que miles de personas la consumen.
Podemos discutir si eso nos gusta o no. Podemos discutir sus consecuencias culturales, económicas o sociales. Podemos incluso combatirlo si creemos que constituye un problema.
Lo que resulta bastante más difícil de comprender es que alguien pretenda combatir una realidad tachando la fotografía que, con amarga sinceridad, muestra lo evidente.
Es una manera curiosamente infantil de resolver los problemas y, al mismo tiempo, de demostrar lo machos y cruceñazos que somos: si algo nos incomoda, pintamos la foto.
Y asunto resuelto.
O eso parecen creer.
Lo más inquietante es que semejante desfachatez no quedó completamente sola. Hubo incluso quienes la celebraron, la justificaron o convirtieron a sus autores en una suerte de héroes locales. Fueron pocos, pero suficientes para recordar que el problema cultural de Santa Cruz no consiste únicamente en que alguien pinte una fotografía, sino también en que todavía haya quienes confundan semejante acto con una defensa de la ciudad.
Todo esto me lleva a una cuestión bastante más seria: qué entendemos por arte, aunque estoy absolutamente seguro de que estos “paladines del cruceñismo a ultranza” desconocen siquiera de qué estamos hablando.
El arte no tiene por qué decirnos lo que queremos oír ni confirmar aquello que ya pensamos. Puede incomodar, provocar, cuestionar e incluso emp*tar.
A veces, ésa es precisamente su función.
Y la fotografía documental posee una condición extraordinaria: puede ser simultáneamente documento y obra. Puede registrar una realidad y, al mismo tiempo, obligarnos a mirarla.
La misma imagen que probablemente pasaría inadvertida publicada en un periódico provoca indignación cuando aparece ampliada en una exposición.
¿Por qué?
La realidad fotografiada no cambió.
Lo más seguro es que lo que cambió fuera que “ya no pudimos mirar para otro lado”.
Y aquí aparece la paradoja.
Me atrevería a asegurar que los flamantes “Cruceños de Oro” que atacaron las fotografías no eliminaron ni una sola hoja de coca de Santa Cruz. No cerraron un puesto de venta. No convencieron a una sola persona de dejar de consumirla. Tampoco se los vio particularmente indignados por el uso de la mujer cruceña como recurso publicitario para promover ese mismo consumo.
No hicieron, en definitiva, absolutamente nada respecto del fenómeno que aparentemente tanto los indigna.
Lo único que hicieron fue ser tan machos y braguetudos como para pintar una fotografía.
Después vino algo todavía más increíble.
Cuando parecía difícil superar semejante demostración de machismo con aerosol, apareció un argumento aún más palomudo.
El origen de Ejti.
Que desde cuándo una “extranjera de mierda”, como dirían ellos, podía venir a decirnos qué mostrar de Santa Cruz.
Y de ahí a pedir que fuera declarada persona no grata hubo apenas un pequeño salto.
Ahí la discusión dejó definitivamente de ser sobre coca.
Porque Ejti nació en Eslovenia, un extraordinario país.
Eso es un dato biográfico, no un argumento.
Y, además, Ejti es boliviana.
Boliviana por elección, no por casualidad.
Adoptó esta nacionalidad porque quiso hacerlo y lleva más de cuarenta años formando parte de este país, probablemente más tiempo del que muchos de sus ignorantes detractores llevan vivos, construyendo aquí su vida, su obra y una parte fundamental de su historia, probablemente con más reconocimientos merecidos que pelos tienen sus censores. Hay quienes somos bolivianos porque así lo determinó el lugar donde nacimos. Ella decidió serlo.
Me parece una diferencia que, lejos de restarle pertenencia, dice bastante sobre ella.
Santa Cruz está llena de personas que nacieron en otros lugares y construyeron aquí una parte esencial de sus vidas. Y también está llena de personas que nacieron aquí y cuya única contribución a la cruceñidad parece consistir en explicarles a los demás quién tiene derecho a ser cruceño.
La pertenencia a una ciudad no se demuestra con un certificado de nacimiento.
Se demuestra haciendo.
Hace más de veinte años Ejti, junto con otros artistas, creó Manzana 1. Una institución sin fines de lucro que durante dos décadas ha abierto gratuitamente sus puertas a artistas, estudiantes y público; ha organizado exposiciones, generado encuentros, permitido discusiones y contribuido de manera extraordinaria a la vida cultural de Santa Cruz.
Y la paradoja es que episodios como éste demuestran precisamente por qué la existencia de Manzana 1 y el trabajo de Ejti siguen siendo necesarios.
Una ciudad no necesita solamente instituciones que celebren aquello que ya conoce y aprueba. Necesita también espacios independientes capaces de mostrar lo que existe, plantear preguntas incómodas, abrir discusiones y, llegado el caso, provocar rechazo.
Porque una cultura que sólo admite aquello que la confirma deja de ser cultura para convertirse en complacencia.
Quizás lo más irónico sea que quienes quisieron descalificar a Manzana 1 terminaron demostrando, sin proponérselo, por qué Manzana 1 hace falta.
El arte no necesita unanimidad ni tiene por qué solicitar permiso para incomodar.
Una obra puede gustarnos, irritarnos, parecernos extraordinaria o parecernos pésima. Podemos discutirla, criticarla, cuestionarla y rechazarla. Eso también es libertad.
Lo que hacemos frente a ella es lo que marca la diferencia entre una sociedad capaz de discutir y una que simplemente destruye aquello que no quiere ver.
Vandalizarla no es ejercer esa libertad. Es sustituir el argumento por el aerosol y el conocimiento por la ignorancia.
Y pretender expulsar simbólicamente de una ciudad a alguien porque piensa distinto, porque no alcanzamos siquiera a comprender la dimensión de lo que hace o representa, tampoco es amor por Santa Cruz.
Es justamente lo contrario.
Y entonces ocurrió algo que confieso que me produjo bastante más risa que rabia.
Ejti publicó una pintura suya con sólo tres palabras: “PERSONA NO GRATA”.
No necesitó una proclama. No escribió un manifiesto. No se embarcó en una discusión interminable con quienes la atacaban.
Tres palabras fueron suficientes.
Y ocurrió exactamente lo contrario de lo que probablemente habían imaginado quienes pretendían expulsarla simbólicamente de la ciudad.
En pocas horas aparecieron centenares de mensajes. Artistas, escritores, profesores, gestores culturales, antiguos alumnos, amigos y muchísima gente que simplemente conoce su trabajo comenzaron a recordarle algo que quienes pretendían convertirla en una extraña parecían desconocer:
que lleva décadas formando parte de esta ciudad.
Hay, sin embargo, algo en todo esto que sí me resulta verdaderamente lamentable.
El silencio de tantas instituciones que no salieron en defensa de alguien que, desde hace décadas, viene haciendo simultáneamente mucho del trabajo que varias de ellas deberían hacer: abrir espacios, sostener artistas, formar públicos, provocar discusión y mantener viva una parte importante de la actividad cultural de Santa Cruz.
Y duele especialmente que instituciones como la Casa de la Cultura evadan su responsabilidad y miren hacia otro lado, como si lo ocurrido no tuviera nada que ver con ellas.
No se trataba siquiera de defender a Ejti como persona.
Se trataba de defender el valor de una institución cultural, una trayectoria, el derecho a crear y, sobre todo, de asumir una responsabilidad pública frente a un hecho que afecta directamente a la vida cultural de Santa Cruz.
Tal vez algunas instituciones deberían preguntarse por qué una artista tuvo que hacer durante veinte años buena parte del trabajo que les correspondía a ellas y por qué, llegado el momento, ni siquiera fueron capaces de decirlo.
Ejti no necesitó defenderse.
La defendió su historia.
Quizás ésa sea finalmente la parte más hermosa de toda esta estupidez.
Alguien quiso declararla persona no grata y terminó provocando una gigantesca declaración colectiva de exactamente lo contrario.
Y quizá aquí sí convenga agradecerles.
Porque después de veinte años trabajando por el arte y por Santa Cruz consiguieron algo que ninguna campaña de relaciones públicas habría podido conseguir tan bien:
recordarnos cuánta gente sabe perfectamente quién es Ejti, qué es Manzana 1 y quiénes son, en cambio, los que llegaron con el aerosol



