En cada gestión nueva a nivel del gobierno central, municipal o departamental, surge el miedo en el personal que durante más de cinco años vino trabajando en determinada empresa: es inminente su retiro y la llegada de nuevos profesionales. Es una dinámica que se viene repitiendo como un rito, pero que la mayoría de los que van a ser despedidos no están preparados para asumir otros retos en sus vidas y en buscar diferentes alternativas laborales.
Varios amigos y compañeros han quedado desvinculado de las instituciones del Estado, viéndolos a ellos observo en sus rostros preocupación, tristeza, dolor y cierta ira; como preguntándose y ¿ahora qué haré, cómo tendré recursos económicos, dónde acudir, por qué a mi y no al otro?; pero no se ponen a pensar que eso hay que asumirlo como un enorme desafío para encarar proyectos propios, que sin duda, hay que ponerle el doble de esfuerzo, capacidad, paciencia y creatividad.
Precisamente para todos ellos que son despedidos, tanto de las empresas privadas como del Estado, van estas reflexiones desde la filosofía e impulsarlos, así como dice Mark Manson en su libro El sutil arte de que (casi todo) te importa una mierda, nos da el toque de alerta: “Asumir la responsabilidad de nuestros problemas es mucho más importante, ahí es donde se inicia la verdadera mejor de la vida”. Poderoso y motivador.
Si te despiden de tu fuente laboral no se acaba el mundo, ni tu vida. No es para llorar y angustiarse. No es para llenarte de odio y putear a medio mundo. Claro que por desahogo lo tienes que hacer, pero con ciertos límites. No es para te encierres en un boliche y llorar tus penas, porque ahora ya no tendrás un lugar donde ir cada día en un horario controlado para que demuestres tus capacidades, tus formas de trabajar y seas un hombre/mujer productivo o que trabaja. Estás fuera de esa empresa y ¿ahora qué? Te preguntas, recuerda que tienes el mundo por delante, tienes tantas razones para lanzarte a conquistar tus sueños, tus espacios, tus proyectos.
Este artículo busca que usted vaya un poco más allá y que revierta su propia convicción acerca de lo que vale, o lo importante que es mientras es considerado una ficha para la empresa donde trabaja, allá donde le dijeron que tiene que sudar la camiseta y entregarse con todo, de lo contrario será una pieza desechable, de la cual esperan para ocupar su lugar “una larga cola de desempleados”.
Cuando relees el memorándum de despido, te das cuenta que de verdad estás despedido, estás sin trabajo, sin colegas de trabajo. Ay, la vida, cómo cuesta vivir, y ahora mucho más; ¿qué haremos, corazón, sin el sueldo mensual que la empresa me pagaba?, parece decirle a sus hijos y a su esposa. Es que siempre nos acostumbraron a la dependencia, a esperar silenciosamente el salario de mierda, así no había de qué preocuparse; bueno, ahora es otra la situación, estás desempleado y tienes que asumir lo que Zaratustra nos plantea subir las montañas, subir las cuestas, incluso por encima de tu propia cabeza y de sí mismo: “¡Arriba, cada vez más alto, hasta que incluso tus estrellas las veas por debajo de ti!”. Hay que forjarnos día a día.
Está en tus manos, no sentirte una pieza desechable, un frustrado más que esperará mensualmente que le llegue el dinero de su jubilación. Es lindo no hacer nada y de yapa que le paguen por ello, pero no es nadie, no trasciende, nadie se acuerda de tu persona. Estás en la obligación de dar el salto, pero no al vacío, de recorrer tu propio mundo y asumirte como un desafío permanente, como una montaña a cuya cima hay que llegar, cueste lo que cueste, y con los recursos con que cuentas, pero menos en helicóptero, ni en avionetas, sino a fuerza de tus pies, de tu resistencia física y de tus manos. Zaratustra quiere que sigamos esa poderosa senda, cuando nos interpela y nos exige a no abandonar la carrera ni abandonarnos a los lobos. Lee esto que nos dice el impertinente y poderoso filósofo del martillo, Nietzsche en Zaratustra:
“Recorres tu camino de grandeza: ¡ahora se ha convertido en tu último refugio lo que hasta el momento se llamó tu último peligro!
Recorres tu camino de grandeza: ¡Ahora es necesario que tu mejor valor consista en que no quede ya ningún camino a tus espaldas.
Recorres el camino de tu grandeza: ¡nadie debe seguirte aquí a escondidas! Tu mismo pie ha borrado detrás de ti el camino, y sobre él está escrito: imposibilidad.
Y si en adelante te falta todo tipo de escaleras, tienes que saber subir incluso por encima de tu propia cabeza: ¿cómo querrías, de otro modo, subir hacia arriba”.
El trabajo es vida, el trabajo dignifica, y el trabajo da para sobrevivir. Sobre todo más esto último, aunque se hayan registrado grandes avances, pero previo enormes luchas de dirigentes sindicales, quienes optaron por dar sus vidas y sus corajes para que las futuras generaciones de obreros tengan otras condiciones laborales, un poco mejores. Pero nos han acostumbrado a obedecer un chip: que si uno quiere vivir, sobrevivir o tener algo, tiene que trabajar, ser un empleado, un obrero, un dependiente, incluso hasta las escuelas y las universidades nos imponen esa consigna: si sales profesional tendrás un buen puesto laboral, esfuérzate, sé el mejor alumno.
Asegura tu futuro, consigue una pega, no se cansan de decirnos mientras dura la formación universitaria y, claro, todos obedientes iniciamos la carrera profesional para conseguirnos un laburo en un banco, en una cooperativa, en una petrolera, en una fábrica, en un edificio comercial, en una universidad, en un colegio, pero no hacemos volar la imaginación y no nos atrevemos a romper con ese credo que lograron imponernos en el yo individual, en la conciencia social y en el sistema de relaciones del intercambio comercial: la dependencia y el miedo a romper esa dependencia. Nos castran la imaginación y la valentía para lanzarnos a crear nuestros propios negocios o empresas. Mejor es tener asegurada la mano de obra, y mucho más cuando esta mano de obra ha invadido a Europa y Estados Unidos.
¿Qué hago ahora? Es la pregunta que se repite. Pues sencillo, manda al carajo tus problemas y ten confianza en tus capacidades, voluntades, talentos y ganas de superarte y eso lo harás con tus propios proyectos. Ayn Rand, en La rebelión del Atlas, nos da algunas pistas:
“—Empiezas a entenderlo, ¿verdad? ¡Dagny! Déjales la carcasa de ese ferrocarril, déjales esos rieles enmohecidos, los durmientes podridos y las locomotoras destruidas, pero no les entregues nunca tu mente, ¡No les dejes tu mente! El destino del mundo depende de esta decisión”.
Ni viejo ni inútil ni manco ni tonto. Ni imbécil ni cobarde ni mantenido. Alcance tu propia cumbre. Y de veras que lo puedse hacer, con una pega o sin ella. Porque el trabajo no es para encadenarte, es para darte vida y armarte de valor para luchar por esa vida y de los que más amas. Para ello hay desafíos y demandas:
“El hombre solo puede encontrar sentido a su vida, corta y arriesgada dedicándose a la sociedad”, decía Albert Einstein. Y Carlos Marx planteaba: “Hay que devolver al individuo mutilado por la especialidad, su desarrollo completo, su sed de totalidad”.
Amable lector si te despiden de tu fuente laboral, y te lo aconseja el gran filósofo alemán Ernest Bloch, debes “caminar erguido, que no te vean arrastrarte como un reptil”, claro que sí, camina con la cabeza bien alta, reivindicando tu propia identidad, autonomía, tus sueños y tus ambiciones de superarte y ser el mejor.
