Concluidas las festividades de carne y el espíritu , ese breve interludio donde la economía finge estar de vacaciones, el sistema político vuelve a su estado natural: la negociación bajo presión, con aroma a sindicato y megáfono.
El magisterio y la Central Obrera Boliviana han desplegado pliegos petitorios de una elegancia maximalista que haría sonrojar a cualquier tratado de teoría económica… por su absoluta indiferencia frente a las restricciones presupuestarias. En otras palabras, la poesía salarial ha decidido emanciparse de la prosa fiscal.
Salarios y precios juegan “pesca pesca”
La COB, con una lógica impecablemente lineal, y peligrosamente incompleta, exige un incremento del 20 % anclado en la inflación de 2025. El Ejecutivo, en un gesto de generosidad estratégica (o de audacia temeraria), ya había marcado el compás al elevar el salario mínimo en el mismo porcentaje, como bálsamo frente al ajuste en los precios de los hidrocarburos.
El resultado ha sido una suerte de pedagogía involuntaria: si el 20 % es posible para uno, debe ser inevitable para todos. Así, las expectativas salariales han florecido como primavera andina en plena víspera de invierno financiero , solo que sin el correspondiente deshielo de las cuentas públicas.
El gobierno retrocede con soplido
La fortaleza negociadora del Estado, sin embargo, no descansa sobre mármol romano, sino sobre una arcilla institucional bastante maleable.
Basta recordar la efímera existencia del Decreto Supremo 5503, concebido como el heredero estructural del modelo económico vigente desde 1985, (DS 21060) y retirado con una rapidez que rozó la cortesía política: menos de treinta días de vida. El mensaje fue claro, aunque no precisamente tranquilizador: en Bolivia, las reformas duran lo que dura la paciencia sindical. Ay tatito!! además gobierno de Paz mostró un raro tan lento para levantar muertos. Como fue el caso de la COB
El Sector Público y Privado están yescas
Aquí la realidad, esa entidad poco popular en las mesas de negociación, presenta su informe:
Sector Público: transita una fragilidad fiscal que no admite entusiasmos. El déficit estructural no es una metáfora; es una cuenta que no cierra, ni con optimismo ni con retórica.
Sector Privado: enfrenta una recesión donde la demanda se contrae y los costos se expanden con admirable disciplina. En este contexto, aumentar salarios sin productividad equivale a invitar cordialmente a la insolvencia, con brindis incluido.
La resolución de este delicado ballet salarial dependerá, en última instancia, de dos virtudes escasas: la técnica de negociación en el Gobierno y la prudencia en los sindicatos. Si ambas deciden presentarse a la cita, hay margen para un equilibrio razonable. Si no, persistir en demandas maximalistas en un entorno de recursos mínimos será como insistir en bailar un vals en un piso que ya muestra grietas: elegante en la intención, pero peligrosamente cercano al colapso. Les deseo a todos un buen inicio de los juegos del “chorro morro”

