En todos los niveles del sistema de salud hay altos niveles de crisis: falta de medicamentos, equipos obsoletos, sindicatos que solo ven sus intereses, autoridades que no priorizan recursos y esfuerzos para mejorar este sistema que cada vez se hace más pesado y más crítico. Es miserable.
Desde la perspectiva común, es decir, de la realidad y de los casos que uno es parte tanto como protagonista como observador, nos lleva a la conclusión que la salud pública en Bolivia es de los últimos mundos, en los cuales, los pacientes y familiares deben mover todas las fichas y tocar puertas para afrontar las necesidades y las exigencias que emergen desde las clínicas, hospitales o centros de salud para atender la enfermedad de quien necesita con urgencia superar sus enfermedades.
Cada día observamos en las redes sociales intensas campañas de recaudación de fondos económicos para la compra de medicamentos, adquisición de insumos especiales médicos, para los servicios especializados de tomografía, ecografía, rayos X, etc. Mucho más cuando se trata de enfermedades que uno tiene terror al escucharlas: su mamá/papá/esposa/hijo tiene cáncer y con ello las grandes preocupaciones porque el tratamiento de esta enfermedad es bastante caro, además de las angustias que sus días están contados.
En el gobierno municipal de Santa Cruz de la Sierra casi todos los contratos de trabajo siguen siendo eventuales, por lo que el personal médico y enfermeras de los hospitales del segundo nivel y centros de salud trabaja con el miedo o la persecución de que pronto podrán ser removidos. Agregar a ello, que la provisión de medicamentos en estos centros que dependen del Municipio es escasa, teniendo que cargar con toda la responsabilidad los familiares de quien es internado.
Cada día vemos reclamos de filas, enojos y desesperación de la gente a las puertas de los hospitales San Juan de Dios, Maternidad, de Niños y otros, reclamando las horas de espera y la escasez de los remedios y toda clase de insumos: gasas, guantes, etc.
Una situación particular la hemos vivido de forma directa, la misma que se repite en tantas familias, que, con impotencia y dolor, viven un vía crucis en el sistema de salud, que se refleja desde la compra de medicamentos a altos costos, la contratación de servicios especializados hasta el ruego a las enfermeras y médicos que atiendan a los pacientes.
Casi un mes estuvo internada en la Caja Petrolera de Salud mi madre, quien recibió una buena atención en la misma ante sus múltiples complicaciones y enfermedades que padecía. Cada uno del personal médico le puso un sello de calidad y calidez durante los días que duró su internación hasta su muerte. Ellos cumplieron con su sacrificada y noble labor de sanar y salvar vidas humanas.
Pero no podemos dejar pasar de alto elementos centrales que son parte de la crisis del sistema de salud y seguridad social, en este caso, de la Caja Petrolera de Salud que en Santa Cruz ha sobrepasado la demanda de afiliados, quienes aportan mensualmente de forma puntual, aportes que son descontados en sus planillas, tal como lo hicieron con mi madre en cuya papeleta de su renta mensual, se quedaba el Estado con Bs. 130, dinero que supuestamente va a las arcas del ente asegurador, pero que el mismo según sus autoridades va atravesando una severa crisis económica.
Ahí está un hombre que tiene las piernas doloridas, casi no puede caminar, está en silla de ruedas, reniega, dice que era mejor no estar en esos afanes, que está esperando más de tres horas para ser atendido. Las camas escasean en el centro médico. Hay más enfermos que camas disponibles. La gente hace cola para todo y para nada, para las radiografías, para las ecografías, para las tomografías, para las diálisis, para los remedios y también para las salas de internación. En la unidad de Emergencias de la CPS y a lo largo del pasillo improvisaron camillas para atender a los enfermos. No hay servicios higiénicos cerca. Hay uno solo, pero huele a distancia y muy feo, además de estar con suciedad al extremo.
Nos preguntamos ¿a dónde va a parar tanta cantidad de dinero de los aportes que lo hacen puntualmente las empresas para sus afiliados? ¿Acaso no los administran ellos, quienes cada vez lanzan sus letanías que no tienen ni para comprar un paracetamol?
Es una tarea pendiente esclarecer las denuncias de corrupción que hace siete meses realizó el propio director nacional de la CPS, Rómulo Calvo, quien fuera destituido y luego volvió asumir el alto cargo. El sindicato habló de “manoseo político”. Pero como siempre ocurre en este país, las denuncias quedaron en el limbo, como para entender que hubo un pacto del silencio o un acuerdo oscuro entre el denunciante y los denunciados.
Eso lo experimentamos de forma directa con esta última internación de mi madre: cada día había que comprar toda clase de medicamentos, de costos que oscilaban entre Bs. 15 hasta los Bs. 450 por unidad; o de los servicios especializados de tomografía en varias ocasiones, con precios de Bs. 450 a 600, los cuales no tiene o no ofrece la Caja Petrolera de Salud. ¿Devolverán el dinero?
Además, cada día había que otorgarles a las enfermeras guantes, gasas, vendas o material para hacer su trabajo. ¡Inconcebible¡
Eso sí hay compromiso. Médicos, enfermeras, asistentes, parientes, pacientes no dejan de pasar un solo instante, no hay silencio ni tranquilidad. Es un solo movimiento, un trajinar completo, un torbellino de personas, de corazones, de sentimientos, de miradas. De rostros tristes, fruncidos, enojados, tensos, preocupados. Rostros de solidaridad y de angustias. El pasillo se achica, los quejidos no cesan. Las esperanzas son grandes, fuertes y más penetrantes.


