Es una extraña fuerza la que obligó a Gustavo Castellanos Echazú a lanzarse a escribir un ensayo denominado “Ejercitar la esperanza”. No es casualidad. Todo lo contrario: es causalidad. La impronta de su mirada sobre la vida lo moviliza desde lo más hondo. Es un sentipensante, que se emociona y razona a la vez produciendo conocimiento, un bien escaso en nuestro medio.
Empezamos:
Existe un debate ontológico en la teoría literaria sobre si las obras deben observarse desde el autor. En este caso, tomaré una posición a favor, desde la mirada del ensayista. Aquí, el autor explícito como implícito están amalgamados, como un tejido creado por nuestras mayores, donde cada hebra de hilo pasa por el filamento de la aguja que de a poco va conformando un paño. Al igual que el proceso que inicio Gustavo Castellanos: pensar con el corazón y sentir con la cabeza.
¿De qué habla Gustavo Castellanos cuando habla de esperanza?. Por supuesto que no habla de un gato encerrado. Más bien de la gran oportunidad para “construir, con resiliencia, una humanidad más digna, más justa, con una auténtica y sólida salud mental, individual y colectiva, en la que exista un adecuado balance entre el cuidado, la productividad y el bienestar integral”.
En ese sentido, “Ejercitar la esperanza” es un texto que busca un camino para salir del laberinto en el cual nos encontramos enfangados y que nos impide ver más allá de nuestras narices. Un camino que está al paso de la ribera. Una ruta que guía las coordenadas de navegación. Una brújula que nos libera de la cueva de espejos. Un oasis al final del desierto. Y un grito de esperanza desde la cima del Chijmuri.
El libro “Ejercitar la esperanza” es un texto cálido, humano y esperanzador, y produce un mensaje claro: …hacer del mundo un poco más bello y de nuestras vidas un poco más cálidas.
Creo que nadie más que Gustavo Castellanos Echazú podría haberse atrevido con “Ejercitar la esperanza”.
