En medio de los incendios que devastaron extensas regiones de Santa Cruz en 2024, una cría de jaguar logró sobrevivir y escapar de las llamas. Tenía apenas ocho meses cuando llegó, exhausta y deshidratada, a una estancia ganadera en la zona de Nueva Jerusalén, en el municipio de Ascensión de Guarayos. Estaba junto a otra cría, presuntamente su hermano, que no pudo ser rescatado.
Los dos cachorros estaban solos y no encontraron rastros de su madre. Al día siguiente, gracias a la rápida coordinación entre la gente de la estancia y las autoridades, la pequeña felina fue conducida al Santuario Ambue Ari, administrado por la Comunidad Inti Wara Yassi, y ubicado a 48 kilómetros de la propiedad. Así llegó Yaguara al refugio que alberga e intenta reinsertar a muchos animales que son privados de su hábitat. Los incendios forestales, el tráfico y la tenencia ilegal de fauna silvestre, son las causas.
El equipo veterinario la atendió de inmediato: análisis clínicos, hidratación urgente y observación conductual, marcaron las primeras semanas. Desde el primer momento, una característica llamó la atención de todos: Yaguara seguía siendo completamente silvestre. A pesar del trauma y el miedo, conservaba intacto su instinto natural, algo poco común entre los felinos que llegan a los centros de rescate.
La pequeña jaguar recibió atención inmediatamente.
Esa condición fue decisiva y marcó una diferencia radical con Amira, Kathie y Kusiy, los tres jaguares adultos que hoy viven en Ambue Ari tras ser rescatados de una vida en contacto directo con seres humanos y mascotas domésticas. Su liberación es imposible, porque ellos perdieron el miedo al ser humano y modificaron sus comportamientos naturales, lo que hizo inviable un retorno seguro a la selva. Hoy sus edades oscilan entre 18 y 14 años y reciben cuidados permanentes, con el objetivo de tenerlos lo más cerca posible de su hábitat natural y darles una segunda oportunidad de vida.
«Lo triste es que estos animales no deberían estar con nosotros, deberían estar libres en la selva», afirma con tristeza Nena Baltazar, directora de CIWY.
Amira tiene 18 años y fue rescatada de la tenencia ilícita cuando tenía dos. Nunca aprendió a cazar y no pudo volver a la vida silvestre.
Un mensaje que debe resonar fuerte en este Día Internacional del Jaguar, que se celebra cada 29 de noviembre, y que busca visibilizar los esfuerzos de conservación y promover acciones que aseguren su permanencia en nuestros ecosistemas. En Bolivia, el jaguar habita algunos de los paisajes mejor conservados del continente, pero también enfrenta amenazas crecientes como la pérdida de bosques y el tráfico de vida silvestre.
Ella es Katie, la otra jaguar longeva, que fue rescatada y vive en Ambue Ari.
Un proyecto pionero
Con Yaguara la historia podría ser distinta. Tras evaluar su salud y comportamiento, el equipo del santuario tomó una decisión inédita: iniciar el primer proceso de rehabilitación con fines de liberación de un jaguar en Bolivia. Para ello conformaron un comité técnico interinstitucional encabezado por la bióloga Ángela Núñez y el biólogo Iván Márquez, junto al personal veterinario del santuario y especialistas externos.
El desafío no es menor. Bolivia no cuenta con protocolos oficiales para la liberación de jaguares, a diferencia de otros países de la región. Fue necesario gestionarlo todo desde cero: lineamientos técnicos, permisos ante la Dirección General de Biodiversidad, infraestructura especializada y mecanismos de seguimiento.
Mientras aún combatían incendios y recibían animales heridos, el equipo inició la construcción del primer recinto de pre liberación del país: un área de 10.000 metros cuadrados en pleno bosque, diseñada para que Yaguara pueda desarrollar las habilidades imprescindibles para sobrevivir en libertad. Allí aprende a cazar, trepar, acechar y reconocer presas potencialmente peligrosas.
El contacto humano está absolutamente restringido. Solo una persona ingresa esporádicamente, cubierta por completo para evitar que la jaguar asocie la figura humana con algo familiar o seguro. El monitoreo se realiza mediante cámaras trampa y equipos de vigilancia remota alimentados con energía solar.
Un proceso lleno de esperanza
Yaguara tiene casi dos años y, según el equipo, podría estar lista para la liberación cuando alcance entre dos años y medio y tres. Más allá de la edad, deberá demostrar independencia total, destreza para cazar presas grandes y un estado de salud óptimo, precisó Baltazar.
La zona donde se construyó su recinto forma parte de las mil hectáreas del santuario, un territorio que en los últimos años se convirtió en refugio para fauna desplazada por los incendios. En la zona está comprobado que existen poblaciones de jaguares silvestres, los que podrían interactuar con ella en el futuro, una señal alentadora para su reintegración.
“Vivir en una jaula no es una opción para Yaguara”, repiten en el santuario. Su proceso, además, busca abrir camino para otros felinos rescatados de incendios o del tráfico de fauna, y que hoy no tienen posibilidades de volver a la selva debido a la falta de protocolos en Bolivia.
Kusiy era un cachorro cuando fue rescatado en Shinaota, donde lo tenían en un patio junto a animales domésticos.
Una historia transformadora
La presencia de los jaguares en Ambue Ari ha generado vínculos profundos y a veces dolorosos dentro del equipo. Hace unos años llegó Juancho desde el zoológico de Santa Cruz; tenía graves problemas de visión y una triste historia de negligencias, lo que demandaba esfuerzos adicionales para su atención.
La desconfianza inicial, poco a poco fue cediendo ante el entorno que fue reconociendo como propio. Nena se emociona al recordar el día que Juancho comenzó a correr feliz en el santuario, en el área que habían habilitado para él. Así pudo vivir mejor durante sus últimos años.
Juancho vivió varios años en el zoológico de Santa Cruz. Sufría una displasia de cadera y tenía una lesión en un ojo; finalmente perdió un 90% de la visión. Sin embargo, fue feliz en Ambue Ari, donde jugaba en el pedazo de bosque que lo albergó.
En total, nueve jaguares han llegado a Ambue Ari. El primero fue Sama, en 1999; hoy cuatro permanecen en el lugar.
Mantener a estos animales implica una enorme responsabilidad: alimentación especializada, cuidados veterinarios, enriquecimiento ambiental, infraestructura segura y un equipo que actualmente alcanza a unas 38 personas -entre personal permanente y voluntarios que rotan durante el año-.
«Cada metro de selva conservada, cada plataforma construida y cada buen día que un jaguar disfruta es, para el equipo, una recompensa que compensa las dificultades», afirma la directora.
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Kusiy en la actualidad. Tiene 14 años y su vida transcurre en un bosque con límites, no fue posible devolverlo a su hábitat.
Un hito para la conservación
Si todo avanza según lo previsto, Yaguara se convertirá en la primer jaguar liberada en Bolivia bajo un protocolo científico formal. Un precedente que podría cambiar la manera en que el país enfrenta el rescate de felinos afectados por incendios, tráfico o tenencia ilegal.
Pero más allá del hito, su historia es un recordatorio urgente: los incendios, la deforestación y la expansión humana siguen empujando a la fauna silvestre hacia situaciones límite. Y también demuestra que, con esfuerzo institucional y compromiso técnico, es posible ofrecer una segunda oportunidad a los animales que aún conservan su espíritu salvaje.
Yaguara nació en el bosque y huyó de él en medio del fuego, sobrevivió al miedo y hoy se prepara para volver. Su camino podría abrir el de muchos otros. No obstante, en CIWY afirman que el mejor resultado sería que nunca más sea necesario reinsertar a un jaguar, porque nada ni nadie lo sacará de su hábitat.
Rupi fue uno de los jaguares más imponentes del santuario.
FOTOS: Comunidad Inti Wara Yassi
