Cuando me enteré de que volvía a aparecer en el Ranking Merco Líderes, lo primero que sentí no fue orgullo. Fue una punzada. Porque Bolivia está rota en este momento. No metafóricamente: físicamente cortada, bloqueada, privada de lo más elemental. La Paz y El Alto llevan semanas sin libre tránsito, sin acceso pleno a la salud, sin clases presenciales para sus niños y niñas. Y mientras tanto, en el país siguen produciéndose rankings, listas, reconocimientos. La vida institucional continúa con una normalidad que duele.
No digo esto para restar valor a los indicadores de reputación. Digo esto porque creo que la reputación verdadera se forja exactamente en momentos como éste. No cuando todo va bien, sino cuando todo falla. La pregunta que me hago — y que le haría a cualquier persona que aparezca en una lista de líderes este año — es simple y exigente: ¿Qué estás haciendo con esa influencia ahora mismo? ¿A quién estás llamando? ¿Qué estás diciendo en voz alta? ¿Qué silencio te estás negando a cometer?
Llevo nueve años consecutivos en este ranking. Eso representa años de trabajo, de decisiones difíciles, de equipos extraordinarios, de una institución —UNIFRANZ— que ha apostado por la educación transformadora en un país que no siempre facilita transformar. Pero también representa algo más incómodo: visibilidad. Y la visibilidad, en tiempos de crisis, es una responsabilidad que no se puede ignorar.
Bolivia tiene una historia larga de conflictos que terminan golpeando siempre a los mismos: los más pobres, los más jóvenes, los que menos opciones tienen. Un bloqueo de caminos no es solo un problema logístico. Es una madre que no puede llevar a su hijo enfermo al hospital. Es un estudiante universitario que ve cómo su semestre se deshace. Es una emprendedora que pierde semanas de ingresos que no va a recuperar. Eso es lo que están sufriendo hoy, en este momento, miles de bolivianos en La Paz y El Alto.
Desde UNIFRANZ y desde IME Bolivia hemos activado todos los mecanismos a nuestro alcance para sostener a nuestros estudiantes y a las mujeres de nuestras redes en este período. Pero la responsabilidad no termina ahí. Los líderes empresariales, académicos e institucionales de Bolivia tenemos la obligación de alzar la voz con claridad: el diálogo no es una debilidad, es la única salida civilizada. La violencia — en cualquier dirección — no construye nada que valga la pena construir.
Ser mencionada entre los cien líderes con mayor reputación empresarial de Bolivia en este año particular significa, para mí, una sola cosa: más obligación. Más urgencia. Más necesidad de que este espacio de influencia sirva para algo que importe. Para que ningún niño pierda su derecho a la educación. Para que ninguna mujer quede sola frente a la adversidad. Para que Bolivia encuentre el camino de regreso a sí misma.
Liderar desde el dolor no es dramático. Es honesto. Y en este momento, la honestidad es lo único que no podemos permitirnos perder.


