Le tomo prestada a un amigo la idea de evaluar el primer año del presidente Rodrigo Paz Pereira con el título de aquel extraordinario western de Sergio Leone: El bueno, el malo y el feo. Apenas escribo estas palabras, comienza a sonar en mi cabeza la música de Ennio Morricone. Si usted vio la película, probablemente ya está reproduciendo aquel silbido. Tenemos banda sonora. Ahora veamos si también tenemos argumento.
Al cumplirse el primer año, corresponde una precaución: Paz recibió una economía profundamente deteriorada. Sería injusto atribuirle el incendio que encontró; también sería indulgente permitirle pasar todo el mandato fotografiando las cenizas. La herencia explica el punto de partida. La gestión debe responder por el rumbo.
Lo bueno: algunos disparos en la dirección correcta. El primer acierto fue comenzar a desmontar la ficción cambiaria. Mantener un dólar oficialmente barato, pero prácticamente inaccesible, había convertido la política económica en una obra de realismo mágico: el precio existía; los dólares, bastante menos.
La transición hacia un régimen flexible, cuyo nuevo tipo de cambio oficial entró en vigor el 29 de junio, reconoció una realidad que hogares y empresas ya enfrentaban. Fue una corrección necesaria, aunque parcial y no completamente aceptada por la población. Su consolidación necesita disciplina fiscal, una política monetaria comprensible y un mercado donde comprar divisas no sea solo un privilegio de bancos comerciales y sí conjunción de más actores como exportadores, importadores, casas de cambio e inversiones particulares.
También fue acertado enfrentar el costo de las subvenciones a los combustibles. El ajuste iniciado en diciembre de 2025 atacó una distorsión que consumía recursos públicos y divisas. Sin embargo, el encarecimiento internacional del petróleo debido a la guerra entre Iran y Estados Unidos y las decisiones posteriores hicieron reaparecer subsidios. Hubo valentía para iniciar la corrección; faltó consolidar un mecanismo capaz de sostenerla ante condiciones adversas.
Otro resultado favorable fue la recuperación de la confianza financiera. Según el Ministerio de Economía, el riesgo país, que había superado los 2.000 puntos básicos, llegó a 407 en agosto del 2026; al comenzar noviembre rondaba los 494. La mejora es considerable, aunque merece reconocimiento sin convertirse en estampita.
En esa misma dirección debe reconocerse el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional: ofrece financiamiento, una ruta para ordenar las cuentas públicas y respaldo para recuperar confianza. Su mérito dependerá de aprovechar ese respiro para impulsar reformas y proteger a los más vulnerables. En nuestro western, el FMI puede prestar el caballo para salir del desierto; encontrar el rumbo sigue siendo responsabilidad del Gobierno.
Cabe valorar, además, la apertura a una mayor participación privada en la importación de carburantes. Ampliar proveedores puede aliviar la dependencia de un abastecedor estatal con dificultades. Pero una autorización necesita traducirse en competencia, calidad y suministro confiable. El decreto abre la puerta; todavía hay que conseguir que el combustible llegue por ella.
En lo político, el desmantelamiento de las redes de narcotrafico y sus conexiones con el sistema judicial son destacables.
Lo malo: el ajuste galopa y las reformas buscan montura. El problema mayor es que la recuperación productiva sigue sin aparecer. Bolivia transita su tercer año consecutivo de contracción y el primero de Paz tampoco ha revertido la trayectoria. Según el INE, el PIB cayó 3,27% durante el primer semestre de 2026 y 5,94% interanual en el segundo trimestre. La crisis fue heredada, pero su profundización también debe entrar en la evaluación de la nueva gestión.
La inflación exige una distinción que el bolsillo conoce mejor que muchos discursos: una tasa menor significa que los precios suben más lentamente, sin devolverles sus niveles anteriores. En octubre, la inflación a 12 meses fue de 7.06%, frente al 20,40% de diciembre de 2025, pero ese mes los precios volvieron a aumentar 2 %. Hay un avance. El Gobierno puede celebrar que el incendio pierde intensidad; las familias siguen haciendo cuentas entre los muebles chamuscados.
El deterioro también se expresa en el trabajo. La pérdida de ocupación, la subocupación y la elevada informalidad muestran por qué una tasa de desempleo baja puede convivir con una economía socialmente castigada. Quien pierde un empleo muchas veces termina vendiendo cualquier cosa, trabajando menos horas de las necesarias o aceptando ingresos insuficientes. Ciertamente la pobreza, aumentó.
El recuento de El Deber registra 89 leyes promulgadas durante el periodo legislativo, sin que se concretara el núcleo de las reformas económicas anunciadas. El proyecto de inversiones fue presentado, observado y devuelto; las reformas de hidrocarburos, minería y electricidad permanecen pendientes. Hubo iniciativas, pero faltaron resultados. La reforma constitucional, por su parte, requiere procedimientos democráticos y acuerdos que corresponde construir.
También pesa la demora en resolver la situación de las empresas públicas deficitarias. Los informes sobre pérdidas necesitan desembocar en auditorías y decisiones diferenciadas: reorganizar las viables, corregir su administración y resolver el destino de aquellas que carecen de perspectivas, protegiendo a los trabajadores afectados.
Lo feo: la confianza bajo sospecha y la población sin paso. Aquí aparecen las denuncias de corrupción y los episodios que comprometen la credibilidad pública. Los casos de las maletas y las denuncias vinculadas con Fernando Cerimedo, entre otros, requieren esclarecimiento.
La corrupción, además de su dimensión ética, tiene consecuencias económicas: encarece contratos, desalienta inversiones y erosiona la disposición a contribuir. Resulta difícil pedir sacrificios a una familia cuando sospecha que, mientras ella ajusta el cinturón, alguien cercano al poder está ampliando el guardarropa con la ultima colección de Louis Vuiton.
A este panorama se sumó la “gasolina basura”. El reconocimiento oficial de la distribución de combustible de mala calidad y los daños denunciados por miles de propietarios revelaron fallas de control y fiscalización. Pagar más por gasolina y terminar financiando también al mecánico constituye una modalidad de sacrificio ciudadano que ningún programa económico debería incluir.
Entre lo feo, ya cabalgando hacia lo espantoso, también están las prolongadas semanas de bloqueos y paros que golpearon la producción y el abastecimiento. El INE identifica esos conflictos como un factor central del deterioro económico del segundo trimestre.
Los promotores del bloqueo deben responder por sus actos; el Gobierno, por la insuficiencia de su respuesta para proteger a la población. El derecho a protestar merece protección, al igual que los derechos a trabajar, circular, alimentarse y recibir atención médica. Gobernar exige negociar a tiempo, prevenir la escalada y hacer cumplir la ley con proporcionalidad. Dejar transcurrir los días mientras se multiplican las pérdidas transmite una indolencia difícil de justificar.
El duelo final: cuando lo malo y lo feo se vuelven lo chambamón. En la escena final de la película, los tres protagonistas se enfrentan en un cementerio. Sobran las miradas y faltan las garantías de salir vivo. En nuestra versión boliviana de la película aparece una cuarta categoría que reúne lo malo, lo feo, pero sobre todo, lo chambón y lo mamón que amenaza con quedarse con toda la pantalla. Juntando ambas palabras: lo chambamón. Entiéndase la expresión como la técnica de lanzar bolitas al aire con entusiasmo patriótico para distraer y al final, hacer muy poco, y encima dejar que otros le metan la cuchara al dulce. Conocido en ciertos lugares también como la técnica del falso afán, se muestra un apuro contagioso, una sagacidad de salón y una expresión de insomnio sacrificado, sin tener demasiado claro adónde se va ni para que se madrugó.
Su hábitat natural es el balcón. Allí despliega voz de mando, índice histórico y mirada de prócer recién peinado. Arenga a las masas con tal convicción que uno supone que, al bajar del palco, resolverá por lo menos tres problemas nacionales antes del almuerzo. La inquietud comienza cuando, detrás del balcón, el rumbo depende de asesores extranjeros y las puertas se abren para un séquito de seguidores con hambre atrasada
En política, lo chambamón fue desperdiciar la oportunidad de construir un pacto integral: en la Asamblea, para aprobar reformas; con las regiones, para acordar recursos y responsabilidades; y con los sectores sociales, para distribuir los costos de la estabilización y sostener la recuperación. La luna de miel ofrecía una oportunidad para convertir expectativas en acuerdos duraderos. Se ofreció el pacto y los puentes. Pero durante un año se coleccionó amagues, fintas de futbolista retirado y se cavaron trincheras.
En economía, lo chambamón ha consistido en permitir que la crisis energética recorra su laberinto mientras el Gobierno multiplica puertas que no conducen a una salida. Ajustes de precios, excepciones e incentivos a importar son fragmentos de un mapa que todavía no reúne combustibles, gas, electricidad, infraestructura e inversión. Denunciar cada día una mafia, en la importación de hidrocarburos, sin mostrar resultados que esclarezcan responsabilidades añade una paradoja: el delito tiene ubicuidad en el discurso y sus autores, invisibilidad en el expediente. Tal es la destreza chambamamona: describir minuciosamente al Minotauro y dejarlo administrar el laberinto.


