“A veces el que menos tiene es el que más da”: cómo un guiso de lentejas se convirtió en un gesto de solidaridad en La Paz
Mientras la crisis golpea a distintos sectores de La Paz, desde productores que no logran comercializar sus cosechas hasta restaurantes que buscan cómo abastecerse, una historia de solidaridad...
Mientras la crisis golpea a distintos sectores de La Paz, desde productores que no logran comercializar sus cosechas hasta restaurantes que buscan cómo abastecerse, una historia de solidaridad comenzó lejos de la ciudad, entre una coliflor, unos brócolis y una conversación en el campo. Antes de convertirse en 350 platos de lentejas repartidos en distintos puntos de la sede de gobierno, esa experiencia le recordó a Dennis Llusco chef y socia de La Rufina una enseñanza aprendida desde niña: que muchas veces quienes menos tienen son también quienes más están dispuestos a compartir.
Llusco había salido en busca de productos para abastecer el restaurante, conseguir algunos ingredientes era cada vez más complicado y varios negocios gastronómicos se veían obligados a trabajar con lo que podían encontrar. En ese recorrido llegó hasta Huaricana, Río Abajo, donde conversó con una agricultora que cosechaba brócoli y coliflor.
La mujer le contó que estaba teniendo dificultades para llevar sus productos a la ciudad y que corría el riesgo de perder parte de su cosecha. Sin embargo, lejos de guardar lo poco que tenía, decidió regalarle algunos alimentos. El gesto impactó a Dennis, quien encontró en aquella escena una muestra de la solidaridad que aún persiste en los momentos más difíciles.
“A veces el que menos tiene es el que más te va a dar, te lo poco que tiene te lo va a compartir”, recuerda.
La experiencia no terminó allí, a medida que avanzó por Río Abajo, encontró a productores que se ayudaban mutuamente, indicándose dónde conseguir choclo, papas o cebollas. Aquella dinámica le recordó la vida en Guaqui, el pueblo donde nació y creció a orillas del lago Titicaca, un lugar donde compartir forma parte de la cotidianidad y donde las dificultades suelen enfrentarse de manera colectiva.
Ese aprendizaje también marcó buena parte de la identidad que años después construiría en La Rufina. El restaurante abrió sus puertas el 21 de julio de 2021 como un pequeño servicio de take out especializado en rellenitos de papa y plátano. Lo que comenzó como una propuesta en la que representaban a la comida típica callejera fue creciendo gracias al respaldo de los clientes hasta convertirse en un restaurante con presencia en Sopocachi y Calacoto.
“Fue creciendo en gran manera y de gran magnitud. Y esto es gracias a la gente que nos ha apoyado”, afirma Llusco.
La elección del nombre tampoco fue casual, Rufina representa a esas mujeres de pollera que venden comida en las calles y que, con pocos recursos, sostienen diariamente a sus familias a través de la cocina. Para la chef, además, simboliza a las mujeres de su propia historia. “Mi madre es de pollera, mi tía, mi abuela. Siempre las he visto muy fuertes, muy resistentes, muy resilientes” afimó.
Esa fortaleza ha sido puesta a prueba en las últimas semanas, la escasez de productos y el incremento de costos han complicado el trabajo cotidiano de los restaurantes, obligándolos a adaptarse a lo que todavía se puede encontrar en los mercados. Para Llusco, la situación se refleja en una imagen cada vez más frecuente: puestos con menos productos disponibles y precios que continúan en ascenso. “Es triste ver que los mercados están vacíos”, señala.
La situación también genera preocupación por las personas que dependen de la actividad gastronómica. La Rufina cuenta actualmente con 40 trabajadores distribuidos entre sus dos sucursales, un equipo que, según Llusco, ha tomado años construir. “Es difícil construir un equipo. Es un trabajo de tiempo”, explica.
Por eso, pese a las dificultades, la decisión fue seguir adelante. “Tomamos la decisión de no cerrar, sino que podemos hacer un esfuerzo más porque la gente es muy buena con nosotros”.


Fue entonces cuando el recuerdo de aquella agricultora volvió a cobrar sentido. Si las personas que enfrentaban dificultades para vender sus cosechas seguían compartiendo lo que tenían, pensó que también era posible extender esa misma lógica a quienes atravesaban momentos complicados en la ciudad.
La idea tomó forma alrededor de un plato sencillo. “Los guisos como tal significan para mí compartir”, explica. Además, destaca que este tipo de preparaciones permiten alimentar a muchas personas con ingredientes accesibles. “De poco puedes sacar muchos, muchos platos”.
La propuesta fue compartida con el equipo y la respuesta fue inmediata, los trabajadores se sumaron a la iniciativa y comenzaron a cocinar desde temprano. El resultado fueron 350 platos de lentejas distribuidos entre personas en distintos sectores de La Paz y también entre quienes llegaron hasta la sucursal de Calacoto.
Más allá de la cantidad de porciones entregadas, la iniciativa terminó reflejando la misma cadena de solidaridad que Llusco encontró durante su recorrido por las comunidades productoras. Una cadena que comenzó en el campo, pasó por la cocina de un restaurante y llegó a las manos de quienes necesitaban un plato de comida.
Mientras la incertidumbre continúa afectando a distintos sectores y los efectos de la crisis siguen sintiéndose tanto en las áreas rurales como urbanas, aquella historia deja una imagen difícil de ignorar: la de productores, cocineros y ciudadanos conectados por un mismo gesto de solidaridad. En una coyuntura marcada por la escasez y la preocupación, un guiso de lentejas terminó demostrando que compartir también puede convertirse en una forma de resistencia.



