“Bolivia se nos muere”, sentenció Víctor Paz Estenssoro hace exactamente 41 años. Es una de esas frases que quedaron inmortalizadas por la importancia de su contexto: la salida de otra crisis. Pero lo importante ahora no es recordar “aquella vez que salvaron al país”. Lo que importa de verdad es preguntarnos ¿por qué Bolivia no deja de morir?
En la Bolivia que agoniza, la coyuntura no da tregua ni espacio para la pasividad del Gobierno. Decenas de muertos por prácticas impunes del narcotráfico que se instaló hace medio siglo; intentos de desestabilización que terminaron por hundir el aparato productivo y la economía de millones de familias; y escándalos políticos que parecen haberse convertido en un mal crónico.
Lo triste de la implosión boliviana no está solamente en el número de afectados ni en las familias que pasan hambre. La verdadera tristeza está en algo mucho más simple y, quizá por eso, más peligroso. Nos acostumbramos a ella.
Nos acostumbramos a la muerte, a la escasez y a la inseguridad. El público permanece expectante, en busca de sangre y polémica, porque las redes sociales convirtieron la tragedia en negocio. Las ciudades se quedan sin alimentos mientras algunas comunidades del “vivir bien” hoy cargan fusiles; mientras tanto, algunos de los defensores de la izquierda escriben libros contra las élites a las que ellos mismos pertenecen.
¿Dónde está el futuro? No hay visión ni norte. Solo parches sobre las grietas. Seguimos construyendo sobre las ruinas y pensando en el pasado.
Si algo me destrozó el alma fue ver a un niño cantar con ilusión: “Viva mi patria Bolivia”. Mientras coreaba la canción con una bandera sobre su espalda, yo me entristecía al pensar que aquel niño honra un país construido sobre un recuerdo que nunca llegó a existir.
Pero ninguna condena es eterna y ningún mal es permanente. El país tendrá esperanza una vez que lo dejemos morir.
Tiene que morir el caudillismo que nos obliga a esperar un salvador cada cinco años, la política entendida como una guerra entre buenos y malos, la costumbre de convertir a los demás en enemigos y el bloqueo como única forma de protesta. Tiene que morir la impunidad, la corrupción, la burocracia y esa dependencia enfermiza por los recursos naturales, esperando que otro pozo de gas, u otra mina descubierta nos saque del averno por otros diez años. Tiene que morir también la nostalgia, que nos aferra permanente a mirar hacia atrás para vivir de derrotas, glorias y heridas pasadas mientras el futuro se nos escapa día con día.
Pero, sobre todo, tiene que morir la resignación. Esa idea miserable de que Bolivia es así y que nada puede cambiar. Tiene que morir la costumbre de culpar siempre a los demás; al Gobierno, a la oposición, a las élites, a los indígenas, a los empresarios, a los extranjeros, a los políticos.
Porque mientras sigamos buscando culpables será imposible encontrar responsables, y mientras sigamos esperando que alguien venga a salvarnos, seguiremos alimentando el lamento. Quizás eso sea lo que realmente tenemos que dejar morir, la Bolivia que espera, que se lamenta y que repite sus errores. Para que pueda nacer una Bolivia que produzca, que eduque, que emprenda, que tenga instituciones fuertes y que, por solo una vez, se atreva a mirar hacia adelante.
El eterno lamento boliviano puede terminar. Es posible. O, al menos, quiero creer que lo es. Pero requerirá esfuerzo y voluntad. Requerirá terminar con los circos y con la pasividad en la que nos mantienen.
Matemos a Bolivia, pero a la Bolivia que conocemos. Dejemos que renazca de los escombros del odio un país próspero, libre y capaz de imaginar su propio futuro.
Tal vez no sea tan malo que la patria se nos muera si de esa muerte pueden nacer las mejores cosas, las que perduran, las eternidades.
Hoy esas ilusiones para Bolivia pueden convertirse en realidad. Dejemos la agonía. Dejemos que Bolivia muera para, finalmente, reconstruirla.


