El pragmatismo clave para el despegue financiero de Bolivia
Por: Carlos Ibáñez Meier; Ph.D. en Economía
El desembolso del Servicio Ampliado del Fondo Monetario Internacional, por unos USD 1.900 millones, no debe leerse solo como un salvavidas de liquidez inmediata, sino como un plazo: un programa que se ejecuta en un horizonte de aproximadamente tres años, durante el cual Bolivia recibe tramos sucesivos de financiamiento a cambio de sostener un rumbo económico coherente. Sumado a los financiamientos complementarios del BID, BM y la CAF, ese respaldo puede alcanzar un colchón de liquidez internacional superior a los USD 5.000 millones. Ese plazo, y no solo el monto, es la verdadera oportunidad: mientras dura, el país tiene el margen para ejecutar, sin pánico ni corridas bancarias, dos correcciones estructurales que lleva años postergando. La primera es sincerar el tipo de cambio para terminar con el corralito financiero. La segunda es devolverle al Banco Central de Bolivia (BCB) la capacidad de comprar y exportar oro al tipo de cambio libre. Ninguna es cosmética: ambas atacan la misma raíz de desconfianza que hoy mantiene miles de millones de dólares fuera del sistema financiero formal, y ambas son, en el fondo, la misma reforma aplicada a dos mercados distintos.
Durante los últimos años, buena parte de los ahorristas bolivianos vio cómo sus depósitos en dólares se convertían, en la práctica, en depósitos en bolivianos a un tipo de cambio oficial que no reflejaba el valor real de la divisa, con restricciones de hecho para retirar o transferir al precio de mercado. Esa experiencia dejó una cicatriz simple pero poderosa: la sensación de que el dólar guardado en el banco vale menos que el dólar guardado en casa. Volver al Bolsín o a un tipo fijo administrado por decreto no resuelve nada, porque ese esquema solo funciona cuando el Ente Emisor tiene divisas de sobra para subastar a diario; cuando escasean, fijar el precio del dólar solo acelera el agotamiento de las reservas y empuja a la población hacia el mercado paralelo. La alternativa realista es un tipo de cambio flexible que refleje el promedio ponderado de las transacciones reales del sistema financiero, de modo que cada ciudadano reciba en bolivianos exactamente lo que sus dólares valen. Esa garantía es la que puede empezar a desmontar, gradualmente, el llamado “colchón bank”: el enorme volumen de dólares en efectivo —que distintas estimaciones sitúan entre USD 4.000 y 5.500 millones anuales potencialmente movilizables— que hoy las familias y empresas mantienen fuera de la banca, precisamente porque no confían en recuperar su valor justo cuando lo necesiten. La confianza no se recupera de la noche a la mañana; se construye trimestre tras trimestre, retiro tras retiro sin sorpresas, y por eso los tres años del programa con el FMI son exactamente el tiempo que el país necesita para demostrar, de forma sostenida, que el corralito quedó atrás. Como beneficio adicional, la flotación también reduce de inmediato los costos de transacción de las empresas importadoras, que recuperan el acceso normal a cartas de crédito y transferencias bancarias.
La segunda tarea corre en paralelo y depende del mismo tipo de cambio real. Bolivia comercializa hoy entre 50 y 60 toneladas de oro al año, equivalentes a un valor bruto de mercado de entre USD 3.500 y 4.500 millones, producidas en gran parte por cooperativas mineras que durante años desconfiaron de vender al Estado, porque el precio oficial que se les ofrecía descontaba, en los hechos, el verdadero valor de la divisa. Esa desconfianza empujó buena parte de esa producción hacia el contrabando transfronterizo, estimado en otras 10 a 12 toneladas adicionales, valoradas entre USD 800 y 1.000 millones, que hoy el país simplemente pierde. Si el BCB compra oro al tipo de cambio libre —el mismo que rige para cualquier otra transacción financiera— la ecuación cambia por completo para el cooperativista: vender al Banco Central deja de ser un mal negocio y se convierte en la opción más rentable y más segura. Esa sola corrección, reforzada con una Ventanilla Única de Exportación y un arancel de formalización razonable de entre 3% y 7%, podría traducirse en una recaudación directa de entre USD 225 y 385 millones anuales en divisas o en oro físico refinado, además de capturar una porción creciente del contrabando actual. Y aquí se cierra el círculo: una vez que ese oro entra a las bóvedas del Banco Central, se convierte en el activo más flexible para sostener las Reservas Internacionales Netas, porque el BCB puede exportarlo bajo estándares internacionales de trazabilidad y refinación, y recibir a cambio dólares de libre disponibilidad, no oro contable inmóvil. Son esos dólares —potencialmente entre USD 150 y 250 millones mensuales de liquidez directa, según el ritmo de conversión— los que permiten al Banco Central intervenir en el mercado cambiario y sostener la propia flotación del dólar sin que las reservas se desplomen.
Las dos reformas se retroalimentan y comparten el mismo reloj. El tipo de cambio flexible, al garantizarle al ahorrista común el valor justo de sus dólares, es lo que también le permite al cooperativista minero confiar en vender su oro al Banco Central al mismo tipo de cambio real. Y es esa misma confianza cambiaria, sostenida durante los tres años del programa, la que permite que tanto los ahorros hoy guardados fuera del sistema como la producción aurífera informal se vayan incorporando de manera gradual al circuito financiero formal, engrosando las reservas del país en el momento exacto en que más las necesita. Usar el financiamiento del FMI, el BM, el BID y la CAF simplemente para financiar el statu quo, sin tocar el tipo de cambio ni la comercialización del oro, sería desperdiciar la única ventana de tiempo que Bolivia tendrá para reconstruir, de manera ordenada, la confianza en su propio sistema financiero. Un tipo de cambio que garantice el valor real de cada dólar depositado, combinado con un Banco Central que compre oro a precio justo y lo convierta en divisas líquidas, es la ruta más pragmática —y probablemente la única realista— para que el país salga de esta transición no solo estabilizado, sino con un sistema financiero en el que, por fin, vuelva a valer la pena confiar.


