La suegra FMI finalmente abrió la cartera
Gonzalo Chávez Álvarez Economista y analista político
Después de meses de negociaciones, discursos inflamados a favor, defensas heroicas de la soberanía, acusaciones de entreguismo y patriotas de último minuto, finalmente ocurrió: el Directorio del Fondo Monetario Internacional aprobó el programa para Bolivia.
La famosa suegra FMI, aquella señora a la que durante años juramos que jamás dejaríamos entrar a la casa, ya está sentada en la sala de patuflas. Y no llegó con las manos vacías felizmente.
El acuerdo contempla aproximadamente 1.900 millones de dólares durante 36 meses y habilita un primer desembolso de 214 millones de dólares. El resto llegará progresivamente y dependerá del cumplimiento de metas y revisiones. En el 2027, podrían entrar otros 715 millones de dólares.
Antes de descorchar el singani moscatel, brindar con chichita y poner We Are the Champions, saquemos la calculadora.
Los 214 millones de dólares representan apenas el 11% del programa. Son dólares frescos y, después de años en que Bolivia ha buscado verdes debajo de las piedras, detrás de los muebles y posiblemente consultando el horóscopo, cualquier dólar merece respeto. Pero no confundamos un vaso de agua con la represa de Misicuni.
Los 214 millones alivian la liquidez, pero no resuelven la escasez estructural de divisas. Su importancia está en otra parte: más que dólares, el FMI nos está prestando credibilidad.
Ahí está posiblemente el mayor valor del acuerdo. El programa puede ayudar a movilizar recursos adicionales del BID, la CAF, Banco Mundial y otros organismos. Entré 3,000 y 5,000 millones de Washingtones, también en varios tramos. El FMI funciona también como una especie de certificado internacional que dice: “este paciente está siguiendo tratamiento”. Detrás del médico pueden aparecer otros financiadores.
Pero certificado de tratamiento no significa certificado de buena salud. Bolivia llega al Fondo después de años de déficits fiscales elevados, caída de reservas internacionales, deterioro del sector hidrocarburos, escasez de dólares, inflación y recesión. Conviene poner la película en su orden correcto: no llegó el FMI y después apareció la crisis. El gobierno de MAS, primero, incendió la cocina, luego la sala, posteriormente mató a la gallina de huevos de oros: el gas natural y la gestión de Paz discutió durante meses si aquello era realmente humo y finalmente llamamos a los bomberos.
Ahora algunos quieren culpar a los bomberos porque encontraron la casa ardiendo. El Fondo puede ser acusado de muchas cosas en su larga historia, pero atribuirle la capacidad de viajar hacia atrás en el tiempo para producir los desequilibrios macroeconómicos bolivianos sería inaugurar una nueva disciplina: macroeconomía paranormal aplicada.
El programa intenta precisamente corregir esos desequilibrios: consolidación fiscal, reconstrucción de reservas, disciplina monetaria, reforma cambiaria, fortalecimiento financiero, protección social y reformas para recuperar inversión y crecimiento. Traducido del dialecto fondomonetarista al castellano: gastar de manera sostenible, dejar de financiar desequilibrios con emisión monetaria, reconstruir el colchón de dólares y conseguir que la economía vuelva a producir bienes y servicios en lugar de especializarse en producir comunicados.
Aquí aparece un detalle técnico delicioso. Para evaluar las Reservas Internacionales Netas, el programa descuenta determinados pasivos de reserva, incluido el crédito del propio FMI. Traducido nuevamente: no vale pedir 214 millones de dólares al Fondo, ponerlos en la vitrina del Banco Central, sacarse una selfie y anunciar que hemos generado 214 millones de dólares de reservas y que el Presidente Paz fue a traer, estos recursos, en persona que estaban en Boca Ratón.
Sería como pedir diez mil dólares al banco y esa misma tarde comunicar orgullosamente a la familia que uno se ha vuelto diez mil dólares más rico.
La contabilidad tiene estas pequeñas crueldades. El préstamo ayuda a respirar, pero el programa exige acumulación genuina de reservas. Puede prestarnos el tanque de oxígeno; no podemos contabilizarlo como un pulmón nuevo.
Y llegamos al asunto de las famosas “no condiciones”. Qué el gobierno no se cansa de repetir. Durante semanas escuchamos que el FMI no había impuesto ninguna. Que la ahora segunda madre, es un angelito de dios, y que no es ninguna metiche. Es una frase maravillosa que merece un lugar especial en el Museo Boliviano del Eufemismo Económico.
El programa establece metas fiscales, monetarias, cambiarias y de reservas; límites al financiamiento del Banco Central al sector público; reformas estructurales y revisiones periódicas antes de los siguientes desembolsos. Quizás no sean condiciones. Podríamos llamarlas sugerencias intensamente obligatorias.
Pero tampoco descubramos América. Cuando uno pide 1.900 millones de dólares, el acreedor tiene la desagradable costumbre de preguntar qué piensa hacer con la plata y cómo piensa devolverla. Los bancos y las suegras son así de entrometidas.
Lo importante es que varias reformas comenzaron antes del desembolso: cambios en el régimen cambiario, medidas monetarias, ajustes fiscales y finalmente la autorización legislativa del financiamiento. Por eso es demasiado sencillo afirmar que “el FMI obliga a Bolivia a ajustar”. La explicación es menos cómoda: la crisis económica obligó a Bolivia a ajustar y el FMI decidió financiar parte del ajuste.
Pero tampoco debemos cometer el error contrario y vender el acuerdo como una excursión de turismo macroeconómico. La estabilización tendrá costos sociales y económicos elevados. Reducir el déficit significa decidir qué gasto continúa y cuál desaparece. Controlar la inflación exige disciplina monetaria. Modificar subsidios cambia precios relativos. Reconstruir reservas requiere conseguir dólares verdaderos. Un tipo de cambio flexible absorbe shocks, pero también transmite movimientos de precios. Y hacer todo esto mientras la economía está en recesión puede doler bastante.
Entonces aparece la pregunta verdaderamente importante: ¿quién paga la estabilización?
Porque todos somos liberales cuando debe ajustarse el vecino y keynesianos cuando llega nuestra propia factura. Los empresarios pedirán estabilidad, pero también crédito barato. Los trabajadores pedirán controlar la inflación, pero proteger salarios. Los transportistas querrán equilibrio fiscal, pero combustible barato o tarifas más altas. Las regiones exigirán austeridad nacional siempre que no toque sus presupuestos. Y el Estado probablemente descubrirá que reducir el gasto es una idea magnífica, especialmente cuando se trata del gasto de otro ministerio. Bienvenidos a la economía política.
Por eso la protección social es fundamental. Pero existe otra condición que no aparece en ninguna ecuación del Fondo: el Estado debe ajustar primero su propia cintura antes de pedirle dieta a la población. Sería socialmente explosivo exigir sacrificios a las familias mientras sobreviven privilegios, burocracias innecesarias, gasto ineficiente y empresas públicas deficitarias. Eso sería austeridad para abajo y buffet libre para arriba. O sea en lenguaje directo: no sean mamones
Y entonces llegamos a diciembre. La aprobación del Directorio no es la graduación. Es apenas la inscripción al curso. La primera revisión evaluará las metas comprometidas y de ella dependerán nuevos desembolsos. Octubre trae 214 millones de dólares.
Diciembre trae el examen. Y la suegra FMI llegará con estetoscopio, lupa y planilla de metas: revisión profunda de orejitas, medición reglamentaria del corte de uñas, evaluación de la genuflexión del yerno y hasta análisis del occipucio en posición genupectoral. Porque en el lenguaje técnico esto se llama “primera revisión del programa”; en castellano familiar significa algo bastante más sencillo: la suegra vuelve a la casa para comprobar si el yerno hizo la tarea, pagó las cuentas y dejó de esconder facturas debajo de la alfombra.
Y ahí veremos si Bolivia consigue algo bastante más difícil que obtener un préstamo internacional: cumplir un programa económico durante más de un trimestre.
Los organismos internacionales observarán reservas, déficit, inflación y cumplimiento. Los inversionistas mirarán si las nuevas reglas sobreviven a las presiones políticas. Y los bolivianos utilizarán indicadores todavía más sofisticados: cuánto cuesta el mercado, cuánto vale el dólar y si encuentran combustible en el surtidor.
Ahí se juega la credibilidad verdadera. Por eso tampoco debemos enamorarnos de los 1.900 millones de dólares. Bolivia no necesita solamente dólares. Necesita tiempo Y eso es precisamente lo que compra este programa.
El FMI puede ayudarnos a construir un puente sobre una crisis fiscal, cambiaria y de confianza. Puede aportar recursos, movilizar otros financiamientos y reducir temporalmente el riesgo de caer al precipicio. Pero un puente solamente sirve cuando existe algo al otro lado. Y ahí comienza aquello que ningún Memorando del Fondo puede escribir por nosotros.
¿Qué economía queremos construir después de la estabilización? ¿Volveremos a esperar otra renta extraordinaria de recursos naturales? ¿Otro gas salvador montado en caballo blanco? ¿O construiremos una economía productiva, exportadora, diversificada, innovadora, capaz de atraer inversión y generar empleo basada en el desarrollo local y el capital humano? Porque estabilizar una economía no es desarrollarla. Estabilizar es apagar el incendio. Desarrollar es reconstruir la casa.
Sería una tragedia gastar 1.900 millones de verdes comprando extinguidores para después volver a jugar con fósforos.
Y existe otra pequeña limitación del Fondo que rara vez aparece en sus documentos: presta dólares, pero no presta gobernabilidad. Tampoco presta liderazgo, acuerdos políticos, sensatez, capital humano, productividad, confianza empresarial ni paciencia social. Todo eso tendremos que producirlo nosotros.


