Después de meses de misterio, la suegra del FMI finalmente abrió la cartera y mostró las condiciones. Y no había ningún monstruo neoliberal escondido: había un programa bastante estándar de estabilización y ajuste estructural. Bolivia debe dejar de financiar el déficit con la maquinita del Banco Central, ordenar las cuentas fiscales, reconstruir reservas, mantener un tipo de cambio flexible, reformar subsidios y fortalecer algunas instituciones. A cambio, el FMI ofrece USD 1.900 millones durante 36 meses.
Los corifeos del análisis económico —entre quienes, con modestia franciscana, se encuentra su seguro servidor— venimos advirtiendo estos problemas desde hace años. Déficit, emisión, reservas exhaustas, subsidios y escasez de dólares: nada nació con el FMI. La suegra simplemente llegó y puso la lista sobre la mesa. Nada nuevo bajo el sol; solo que ahora llegó la factura.
La pequeña incomodidad para los discursos heroicos es que tendríamos que hacer buena parte de ese ajuste con FMI o sin FMI. El Fondo no inventó el déficit fiscal del 11% del PIB, la monetización del 7%, la deuda superior al 80%, la recesión ni las reservas críticamente bajas: todos esos animalitos ya vivían en nuestra casa y fueron creados con cariñoso populismo económico, por los gobiernos de Morales y Arce
La verdadera elección, entonces, no es entre ajuste y no ajuste, sino entre hacerlo con dólares relativamente baratos y financiamiento multilateral adicional, o hacerlo solos, buscando divisas debajo del colchón. En esas circunstancias, francamente, mejor con la plata de la suegra.
El verdadero desafío está en cómo y cuándo hacer el ajuste. Concentrarlo cuando la economía todavía está débil, eliminar subsidios antes de tener plenamente funcionando la protección social y aprobar numerosas reformas sin mayoría legislativa puede convertir una buena hoja de Excel en una mala película boliviana.
Por eso necesitamos complementar el acuerdo económico con un gran acuerdo político y social. La suegra puede prestarnos dólares; lo que no puede prestarnos es gobernabilidad, consenso ni sentido común. Esos todavía tenemos que producirlos nosotros.


