Cuidar la casa común desde el territorio: Gestión ambiental, recursos naturales y el nuevo pacto de convivencia
MSc. Fernando Larach Santistevan, ex presidente del Comité pro Santa Cruz.
Ningún modelo de desarrollo económico es sostenible si destruye el espacio físico que lo sostiene. En los artículos anteriores demostramos cómo una arquitectura institucional autonómica, el blindaje fiscal y la libertad productiva son los pilares indispensables para generar prosperidad. Sin embargo, la riqueza y la libertad carecen de futuro si no se traducen en una relación armónica y responsable con la tierra, el agua, los bosques y la biodiversidad.
El proyecto de una Nueva Relación con el Estado entiende que la protección del medio ambiente no es un adorno normativo ni una bandera retórica; es una función vital de soberanía territorial. Y precisamente por ello, no puede seguir estando en manos de una burocracia central lejana, incapaz de sentir el dolor de un bosque arrasado o la impotencia de una comunidad sin agua.
El fracaso del centralismo ecologista y extractivista
Durante décadas, el centralismo ha aplicado un doble rasero perverso. Por un lado, maneja una narrativa ambientalista hacia el exterior; por el otro, ejerce en la práctica un extractivismo voraz e irresponsable para financiar el gasto estatal. Esta contradicción ha generado consecuencias devastadoras para las regiones:
Gestión centralizada del fuego y el suelo: Las decisiones sobre desmontes, quemas controladas y concesiones forestales se toman a cientos de kilómetros de distancia. Cuando el fuego azota a los valles o a la Chiquitania, la respuesta del nivel central suele ser tardía, burocrática y condicionada por cálculos políticos, dejando a las comunidades locales solas en la primera línea de fuego.
Uso político de la tierra versus vocación del suelo: La distribución de tierras fiscales desde la capital se ha utilizado históricamente como un instrumento de colonización política y clientelismo. Se asientan poblaciones en suelos de vocación eminentemente forestal o de protección, destruyendo ecosistemas frágiles sin dotar a los nuevos habitantes de condiciones básicas de producción ni servicios.
Pasivos ambientales y despojo de regalías: Las regiones sufren la contaminación de sus cuencas, la erosión de sus suelos y la pérdida de sus bosques debido a la explotación minera e hidrocarburífera autorizada desde el poder central, mientras los beneficios económicos se concentran en La Paz y los costos ecológicos quedan atrapados en el territorio afectado.
Descentralizar la naturaleza: La ecología del conocimiento local
Nadie cuida mejor el territorio que quien lo habita, lo trabaja y planea dejarlo como herencia a sus hijos. La descentralización de la gestión ambiental y los recursos naturales se fundamenta en un principio lógico: la proximidad genera responsabilidad.
Proponemos una transferencia real de competencias que otorgue a las Entidades Territoriales Autónomas (ETA) la capacidad de administrar, proteger y normar sobre su patrimonio natural, bajo un esquema de subsidiariedad y corresponsabilidad.
Cuidar la naturaleza no es planificar prohibiciones desde un escritorio central; es empoderar a las comunidades, municipios y gobernaciones para que gestionen sus ecosistemas con conocimiento de causa y fiscalización directa.
Pilares para una sostenibilidad territorial autonómica
Para transformar la gestión ambiental en un factor de preservación y desarrollo sostenible, el proyecto articula tres reformas fundamentales:
a. Ordenamiento territorial y administración autonómica de la tierra
Las gobernaciones y municipios deben asumir la competencia exclusiva para definir el uso del suelo (Plan de Uso del Suelo – PLUS) de acuerdo con la vocación técnica y ecológica de cada zona. Ningún asentamiento humano, concesión minera o autorización de desmonte podrá realizarse sin la aprobación explícita de las autoridades territoriales y el cumplimiento estricto de las normas ambientales locales.
b. Licenciamiento y fiscalización ambiental cercana
El trámite de fichas y licencias ambientales debe descentralizarse por completo. Las gobernaciones deben evaluar los impactos ambientales de los proyectos regionales de forma ágil, rigurosa y transparente, garantizando que el desarrollo productivo se realice bajo estándares modernos de mitigación. Paralelamente, la fiscalización ambiental dejará de ser una amenaza de extorsión burocrática para convertirse en un acompañamiento técnico efectivo.
c. Autonomía sobre cuencas, áreas protegidas y economía verde
Las áreas protegidas departamentales y municipales, así como las cuencas hidrográficas, deben ser gestionadas directamente por los gobiernos locales en alianza con la sociedad civil. Asimismo, las regiones deben tener la facultad de captar inversiones internacionales en economía verde, emitir créditos de carbono, fomentar el ecoturismo de alto valor y desarrollar mercados de servicios ambientales de manera autónoma.
Defender la tierra que habitamos desde la fuerza de nuestras raíces
El cuidado de la naturaleza no se sostiene con discursos burocráticos ni con promesas internacionales formuladas en escritorios lejanos. La verdadera protección ambiental nace del amor al territorio, de la memoria de quienes lo caminaron antes y de la responsabilidad ética con quienes lo habitarán mañana.
Centralizar la gestión ambiental no solo ha demostrado ser ineficiente; ha sido ecológicamente devastador. Cuando los bosques se queman, cuando las cuencas se contaminan o cuando el suelo se degrada, las consecuencias no las padece un ministerio central: las sufren las familias, las comunidades y los productores en sus propios hogares y parcelas.
La descentralización de los recursos naturales y la gestión ambiental es, en última instancia, un acto de justicia territorial. Significa entender que el desarrollo económico y la conservación no son fuerzas enemigas, sino dos caras de una misma moneda que solo pueden equilibrarse allí donde la vida ocurre.
Devolver a las regiones la potestad de proteger, administrar y normar su patrimonio natural no es un privilegio político; es la única garantía real de que nuestros ríos sigan corriendo limpios, de que nuestros bosques mantengan su vida y de que la prosperidad económica no se pague con el sacrificio de nuestro futuro. Cuidar la casa común desde la cercanía del territorio es, verdaderamente, el compromiso más sagrado de esta Nueva Relación con el Estado.


