La restauración de las torres, la instalación del rayo láser y la nueva iluminación del Monumento a la Cumbre de las Américas sobre Desarrollo Sostenible me producen una alegría profunda. Como arquitecto, trabajé codo a codo con Mario Botta en el desarrollo del proyecto ejecutivo y luego en la construcción de esta obra. Verla recuperar su presencia después de tantos años de abandono es también ver regresar una parte de la historia de Santa Cruz. Agradezco a Gabriela, a Mamen y a todas las personas que hicieron posible esta recuperación. Aprovecho la ocasión para recordar por qué se construyó el monumento y lo que significó para quienes participamos en el proyecto y para Santa Cruz.
Durante décadas, mucha gente se preguntó: «¿Qué es eso? ¿Qué significa?». La pregunta era comprensible. El monumento quedó cerrado, sin iluminación ni vigilancia, y el abandono terminó por volver ilegible su propósito. Sus espacios llegaron a utilizarse como sanitarios improvisados y refugio de malvivientes. Treinta años bastan para que una generación entera crezca sin conocer la historia de una obra que está en su propia ciudad. El monumento se construyó con motivo de la Cumbre de las Américas sobre Desarrollo Sostenible, celebrada en Santa Cruz los días 7 y 8 de diciembre de 1996. El encuentro reunió a jefes de Estado y de Gobierno de las Américas.
Ante la importancia del acontecimiento, las autoridades nacionales y municipales consideraron que debía quedar un testimonio permanente. El Colegio de Arquitectos de Santa Cruz propuso invitar al mundialmente reconocido arquitecto suizo Mario Botta, quien llegó a la ciudad para dictar conferencias y aceptó el encargo. Botta y representantes del Colegio eligieron el Parque Urbano como emplazamiento. Al saber que nuestra oficina tenía amplia experiencia con el ladrillo adobito visto, Mario nos propuso desarrollar el proyecto ejecutivo. Conviene aclarar que ni Mario Botta ni nosotros cobramos honorarios por el desarrollo del proyecto.
Tampoco cobraron honorarios los ingenieros que participaron: Eduardo Suárez Serrate, responsable del cálculo estructural; Mario Terceros, del estudio de suelos, y Carlos Gutiérrez Reimer, del proyecto hidráulico de la fuente. El tiempo apremiaba. Mario nos enviaba sus croquis a mano alzada por fax y, desde nuestra oficina, FDC&R —Fernández de Córdova y Roda—, desarrollábamos los planos ejecutivos y coordinábamos con los especialistas. No existía internet ni los medios de comunicación actuales.
La coordinación entre diseño y construcción debía ser muy precisa: el aparejo se resolvió para que no hubiera cortes de ladrillo en todo el edificio. Los planos se organizaron a partir de la cantidad de ladrillos por hilada y del número de hiladas en altura. Dibujé personalmente, ladrillo por ladrillo, cada elemento de la obra. Durante un mes trabajé en los planos desde las siete de la tarde hasta las ocho de la mañana. Después atendía los asuntos de la oficina y dormía por las tardes.
Creo que solo pude sostener ese ritmo porque mi gringa y mis pelaos habían viajado a Eslovenia. De otro modo, no habría habido monumento. 1La construcción duró tres meses y medio y llegó a movilizar a más de quinientas personas al mismo tiempo. Cerramos la oficina a los demás trabajos; incluso pedí a mi hermano Coco que nos prestara albañiles. La prensa nos preguntaba a diario si lograríamos terminar a tiempo. Los ladrillos se fabricaban y secaban al aire libre: si llovía, se interrumpía la producción. Cuando me preguntaban si llegaríamos a la inauguración, respondía: «Si San Pedro lo permite».
Cachito Roda, mi socio y director del Departamento de Construcciones, y Marcelo Lazo, de nuestra oficina, se animaron heroicamente a ejecutar y dirigir la obra. Se trabajaba de día y de noche, con andamios y encofrados de madera muy precarios. Para acelerar el avance, organizábamos simpáticas competencias entre las torres norte y sur. Casi al final, la torre sur avanzó más de lo que indicaba el proyecto y tuvimos que desmontar más de una hilada. Fue una experiencia extrema, sostenida por el trabajo de albañiles, especialistas, proveedores y técnicos. La obra se ejecutó por excepción debido a la premura.
Recuerdo que viajé con Botta para conversar con el presidente Gonzalo Sánchez de Lozada sobre esa modalidad. Mario conocía nuestra experiencia con el ladrillo y consideró que nuestra oficina era la indicada para construirla. Durante la obra, yo le enviaba faxes e informes para mantenerlo al tanto. Cuando finalmente llegó a Santa Cruz para la inauguración, a la que asistieron los presidentes y otras autoridades, vio la obra terminada y se emocionó. Me miró y me dijo en italiano: «Ma Lucho, sei un angelo! Come avete fatto a realizzare tutto questo così bene e in così poco tempo?». Es decir: «Pero, Lucho, eres un ángel.
¿Cómo lograron hacer todo esto tan bien y en tan poco tiempo?». Luego me confesó que nunca había imaginado que el proyecto llegaría a construirse. Le dije que yo tampoco. Nunca olvidé esas palabras. La fuente y la explanada no estaban contempladas en el presupuesto original. La expectativa era que la empresa suiza Garaventa contribuyera a financiarlas, pero ese aporte estaba supeditado a que se adjudicara la construcción de los teleféricos de La Paz. Como la adjudicación no se concretó, el aporte tampoco llegó.
Nuestra oficina asumió una pérdida superior a los 85.000 dólares. No lo menciono como reclamo, sino porque también forma parte de la historia de una obra cuya ejecución implicó esfuerzos y compromisos que pocas veces se conocen. El rayo láser tampoco llegó a instalarse entonces por falta de presupuesto. Para la inauguración, nuestro amigo Abelardo Suárez, de SONILUM, nos facilitó muy generosamente una iluminación provisional. La recuperación actual, con la instalación del láser y la nueva iluminación, permite completar una parte importante de la idea original. Cuando se inauguró, la fuente funcionaba y la gente subía, recorría las escaleras y miraba el parque desde los balcones. Los niños correteaban y se bañaban entre los 24 chorros de agua, que alcanzaban cinco metros de altura. En una Santa Cruz con pocos edificios altos, poder llegar a esos espacios, descubrir sus detalles y contemplar la ciudad desde arriba era una experiencia nueva. La gente se acercaba, nos felicitaba y disfrutaba gratuitamente de un lugar público.
Durante unos tres meses, nuestra oficina pagó la limpieza, el funcionamiento de la fuente y la vigilancia. Lo sostuvimos hasta que ya no pudimos hacerlo. El monumento no fue concebido como una estatua ecuestre ni como un busto alegórico. Conmemora una fecha y un acontecimiento, pero también fue proyectado para que la gente pudiera recorrerlo, descansar y contemplar el Parque Urbano. 2En el texto que Mario escribió sobre el proyecto, explica que quiso consolidar las esquinas del parque y señalar el acceso desde la ciudad. Las escaleras y los miradores debían ofrecer recorridos y vistas nuevas; de noche, el rayo láser dibujaría una puerta urbana simbólica entre la ciudad y el parque. Mario imaginó un espacio abierto y lúdico, que los ciudadanos pudieran recorrer y hacer suyo.
Esa intención ayuda a comprender que la obra no fue pensada únicamente para ser mirada: también estaba hecha para ser vivida. Hay un contraste que todavía me cuesta aceptar. La obra ha aparecido en numerosos libros y revistas de arquitectura de distintos países. A mi juicio, probablemente sea la obra arquitectónica boliviana más publicada internacionalmente. Sin embargo, en su propia ciudad llegó a ser tan abandonada que muchos cruceños no sabían qué significaba. Mientras afuera se la estudiaba y difundía, aquí se apagaban sus luces y se dejaba que su uso se degradara. Esa distancia no es responsabilidad de quienes preguntaban qué era; es el resultado de décadas sin mantenimiento, vigilancia ni explicación pública. Ejti, mi gringa, me regaló el cuadro que acompaña este artículo para mi cumpleaños número 41; ahora estoy por cumplir 72.
La pequeña figura que aparece en una abertura soy yo, en mi soledad y mi locura, absorbido por la obra. La pintura no muestra únicamente el edificio en construcción: guarda también lo que yo vivía mientras intentábamos terminarlo. Junto al cuadro, acompañan este artículo una fotografía antigua del monumento en funcionamiento, tomada por el fotógrafo italiano Pino Musi; una imagen de su estado actual y un croquis de Mario Botta relacionado con la obra. Reunidas, estas cuatro imágenes muestran distintas dimensiones de su historia: la experiencia personal, la vida pública del monumento, su presente y la idea original de su autor. Por eso me alegra tanto la recuperación que hoy impulsa la Alcaldía, junto con el Departamento de Parques y Jardines.
Tenemos entendido que también se rehabilitará la fuente y que probablemente se plantarán y mantendrán los dos árboles previstos para coronar las torres. El proyecto dejó previsto lo necesario para ello. Ojalá también se recupere la textura original de la explanada, tal como fue proyectada y construida. Lamentablemente, fue sustituida por otra; restituirla ayudaría a completar el conjunto.
Treinta años después, el monumento vuelve a encenderse. Que esta vez la luz no se apague. Y que Santa Cruz vuelva a apropiarse de una obra que forma parte de su historia. Gracias a Gabriela, a Mamen y a todas las personas que hicieron posible este comienzo.


