Por: Hernán Cabrera M.
Los escritores se alimentan no solo de la realidad dura, cruel y hermosa a la vez. No solo se inspiran en el universo y sus galaxias, en la madre tierra y sus seres vivos, en los seres humanos y sus gestos. Se inspiran también del horror, del miedo, del terror. De las muertes. Sus creaciones vuelan cada vez que sienten en su ser a la “loca de la casa”: la imaginación.
Los escritores no viven en burbujas ni en castillos de cristal. Son seres humanos que sufren, aman, lloran, se alegran, etc. No son dioses ni ángeles. Ni seres intocables y deben ser sensibles al dolor humano, a la felicidad de las personas, a la belleza de las cosas.
Carlos Fuentes, autor de La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz y otras obras nos decía: “La política fue como mi segundo líquido amniótico; crecí nadando en ella…lo mejor y lo peor de la polis desfilaron ante mi mirada. Lo mejor fue tender desde muy temprano un concepto constructivo y aristotélico del quehacer político: la política como costumbre virtuosa, receptiva de los datos de la cultura, la tradición, el respeto del individuo y el rigor de la colectividad”. Nos invita a ser protagonistas de los cambios.
Julio Cortázar, el eterno escritor de Rayuela, los cronopios instaba a los escritores a ofrecer lo mejor de sus creaciones para la sociedad e impulsar vientos revolucionarios para transformar las injusticias con las palabras: la poesía, las novelas, los cuentos.
Frente a la realidad a que hemos vivido en estos últimos días, hemos invitado a seis creadores y escritores a que nos reflejen los bloqueos y los conflictos desde sus vivencias e inspiración, precisamente en esta ruta intensa, de que ellos pueden aportar para entender mejor asuntos complicados. Una lectura necesaria para estos tiempos.
Rossemarie Caballero, escritora, nos retrata un país paralelo: “Y aquella isla, el país de Kok, se acostumbró a vivir con carreteras bloqueadas, que no podían siguiera asomar a la orilla del mar, pero por la fuerza de los vientos cruzados, los desfallecientes choferes de los automóviles varados se convirtieron en ángeles alados y levantaron vuelo cargando entre sus alas sus pesados vehículos. Con la fuerza de la tempestad, en impulso divino estos tornáronse en naves voladoras surcando los inmensos cielos bolivianos… Así fue que los innombrables comenzaron a pensar en poner barreras en los cielos, pero por falta de lectura se les cortó la imaginación y fueron incapaces de crear nuevas estrategias para bloquear la isla de Kok”.
Oscar Puky Gutiérrez, poeta, cree en la ternura y en la alegría: “Creo que la estrategia de la polarización (a nivel global y, por supuesto, local) destruye minuciosamente las frágiles bases de la convivencia social. Como artista, como poeta comprometido con el Ser Humano (nótense las mayúsculas), veo con honda tristeza (mas no con sorpresa) este demencial tiroteo de odio mutuo, e in crescendo…
Son tiempos difíciles para la ternura, pero la construcción de una humanidad mucho más solidaria y justa que la actual, es un ideal operativo al cual vale la alegría adherirse”.
El poeta Ramiro Jordán nos regala estos hermosos versos:
SIMPLEMENTE
Mi opinión y la tuya.
No opinamos igual, tú agredes yo me callo.
Tu apodreas, yo me quedo en casa.
Tu matas, yo abogo por la vida.
Tu no dejas pasar ni comida, remedios, nada, yo me muero de hambre
Tu sales con armas y dinamita yo simplemente con mi voz.
PERO……. esto será hasta que se colme mi paciencia y se abra el averno.
Alfredo Rodríguez, periodista y escritor, nos hace este análisis: “Las letras no tienen la capacidad de resolver por sí sola los conflictos políticos ni las tensiones sociales. Sin embargo, poseen una facultad que ninguna consigna partidaria puede igualar: la de ampliar el horizonte moral e intelectual de las personas.
Mientras la propaganda simplifica, la literatura complejiza; mientras la ideología impone respuestas cerradas, la creación literaria abre preguntas; mientras el adoctrinamiento exige adhesión, la lectura fomenta la reflexión autónoma.
Las sociedades polarizadas necesitan más que nunca relatos capaces de restituir la dimensión humana de quienes piensan diferente.
Necesitan novelas, ensayos, memorias e investigaciones históricas rigurosas que permitan comprender la diversidad de experiencias que han dado forma al país.
Necesitan, sobre todo, ciudadanos capaces de contrastar versiones, examinar evidencias y ejercer un juicio propio”.
Homero Carvalho, escritor, plantea que el país dialogue consigo mismo: “Vivimos un tiempo circular, un capítulo de crisis y desencuentros que los libros ya han narrado. Bolivia habita una Babel de tensiones, pero también una polifonía de identidades sedientas de escucha. Hoy, cuando los viejos relatos se agotan en la inmediatez y la polarización, la literatura emerge como resistencia contra el olvido. Los libros no resuelven crisis económicas, pero salvan de la apatía y enseñan empatía: el arte de ponernos en el lugar del otro. En este complejo presente, escribir y leer son actos de fe para que el país dialogue consigo mismo frente al espejo de su historia”.
William Rojas, toda una vida, dedicada a cuidar y cultivar los libros, en ese tono humorístico, se animó: “¡Uta! cumpa, entre las rutinas del quehacer bibliotecario y hogareño diga que se me pasó hacer la tarea, a eso agregue que mi en mi cerebro habitan varios Marios Argollo y Vicentes Salazar, con lo que las letras apenas fluyen para redactar esta contestación al sombrero e’ sao”.
Este país no es para aburridos ni amargados ni flojos. Está en permanente movimiento y transformaciones, el cual necesita que se lo pinte, se lo retrate y se escriba para la eternidad. No que lo bloqueen.


