Monseñor Juan Gómez llama a fortalecer la fe con paciencia, trabajo y esperanza
El arzobispo afirmó que la fe exige compromiso y esfuerzo para construir una mejor familia, una mejor Iglesia y una mejor sociedad
Durante la homilía del domingo 19 de julio, Monseñor Juan Gómez exhortó a los fieles a vivir la fe con esperanza, paciencia y compromiso, recordando que los cambios positivos no ocurren por sí solos, sino que requieren del esfuerzo cotidiano de cada persona.
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En su mensaje, transmitido también a través de los medios de comunicación y redes sociales, el arzobispo saludó a las comunidades de la Arquidiócesis, a los enfermos, personas privadas de libertad y fieles que siguen la celebración desde distintos puntos del país.
La esperanza no significa quedarse de brazos cruzados
Uno de los ejes centrales de la homilía fue la diferencia entre esperar y actuar.
Monseñor Juan Gómez explicó que la esperanza cristiana no consiste en permanecer pasivos esperando que las circunstancias cambien, sino en asumir responsabilidades con confianza en Dios.
Recordó que, según las lecturas del día, Dios es un padre misericordioso que siempre ofrece la posibilidad de corregir el camino, incluso cuando las personas cometen errores.
“La tentación muchas veces es creer que todo lo hacemos bien y no dejarnos corregir. Siempre necesitamos personas que nos ayuden a mejorar”, reflexionó.
La fe necesita trabajo para dar frutos
Al comentar las parábolas del Evangelio, el arzobispo utilizó la imagen de la semilla para explicar que la vida cristiana requiere dedicación constante.
Señaló que una buena semilla no produce frutos únicamente por haber sido sembrada en tierra fértil.
Comparó esta realidad con el trabajo agrícola, donde el sembrador debe conocer el momento adecuado, la profundidad correcta y los cuidados necesarios para que la planta pueda crecer.
Según explicó, ocurre lo mismo con la vida espiritual.
“La semilla necesita del esfuerzo del responsable. No basta con sembrarla; hay que cuidarla para que produzca frutos”, sostuvo.
Todos están llamados a producir buenos frutos
Monseñor Juan Gómez recordó que todas las personas han sido creadas para el bien y comparó a cada creyente con una tierra fértil.
Sin embargo, advirtió que cuando las personas se alejan de Dios dejan de producir buenos frutos.
Retomando las enseñanzas de Jesús, señaló que “el árbol se conoce por sus frutos” e invitó a cada persona a revisar su propia vida.
Planteó una pregunta directa a los fieles:
“¿Qué clase de tierra estamos siendo hoy? ¿Estamos produciendo buenos frutos en nuestra familia, en la Iglesia y en la sociedad?”
Paciencia para transformar la sociedad
El arzobispo también reflexionó sobre la parábola del trigo y la cizaña, destacando que la paciencia es una virtud indispensable para afrontar las dificultades de la vida.
Explicó que Dios permite que el bien y el mal convivan mientras llega el momento oportuno para la cosecha, porque una acción precipitada puede terminar dañando aquello que es bueno.
En ese contexto, pidió evitar la desesperación y el desánimo.
También cuestionó la actitud de quienes esperan soluciones inmediatas a sus problemas y recordó que la fe no puede convertirse en un intercambio de condiciones con Dios.
“El milagro también depende de nosotros”
En la parte final de la homilía, Monseñor Juan Gómez afirmó que los milagros muchas veces comienzan con el compromiso personal.
Sostuvo que el bienestar de la familia, de la Iglesia y de la sociedad depende del aporte cotidiano de cada ciudadano.
“El milagro surge también a través de lo que nosotros podemos aportar para el bienestar de los demás”, expresó.
Finalmente, invitó a los fieles a fortalecer la fe, cultivar la paciencia y mantener viva la esperanza para afrontar los desafíos personales y sociales.
Concluyó su mensaje pidiendo que Dios conceda a cada creyente la fortaleza necesaria para seguir construyendo una sociedad más solidaria y una Iglesia comprometida con el servicio.


