Brasil eligió presidente entre un hombre que ya había gobernado tres veces y el hijo de otro que también lo había hecho. Millones de brasileños votaron por el futuro, aunque en la papeleta ese futuro resultaba difícil de encontrar.
Lula protagonizó una remontada extraordinaria: había quedado segundo en la primera vuelta y terminó derrotando a Flávio Bolsonaro por más de 4 millones de votos. Se convirtió así en el primer brasileño elegido cuatro veces presidente.
Acaba de cumplir 81 años. La edad no lo incapacita ni resta legitimidad a su victoria. A esa altura de la vida, la mayoría procura evitarse problemas; Lula se ganó el derecho a buscárselos durante cuatro años más. Brasil se encargará de que no le falten.
¿Cómo puede ser que el país más grande de América Latina haya elegido entre el único hombre que parece capaz de mantener unida a la izquierda y el hijo del hombre que domina a la derecha? La derecha revisó el álbum familiar y la izquierda, el archivo histórico.
No es un problema exclusivamente brasileño. En Bolivia elegimos entre Rodrigo Paz, hijo del expresidente Jaime Paz, y Tuto Quiroga, quien había ocupado la presidencia un cuarto de siglo antes. Morales gobernó casi catorce años y, como “los abogados arreglan”, aún sostiene que podrá intentarlo de nuevo. Entre quienes quedaron en primera vuelta tampoco faltaban veteranos: la papeleta parecía un catálogo de material reciclado.
Cambian las siglas, se renuevan los colores de las pancartas y los candidatos aprenden a bailar en la red social de moda, pero los mismos nombres permanecen con una tenacidad admirable. Hay dirigentes que han pasado por más partidos que algunos futbolistas por clubes y, sin embargo, siempre consiguen presentarse como la novedad.
Argentina tuvo durante doce años consecutivos a Néstor Kirchner y a su esposa; después, Cristina volvió como vicepresidenta. En Perú, Alberto Fujimori gobernó una década y su hija Keiko heredó el apellido, el movimiento y hasta las discusiones que dividían al país desde la época de su padre.
El fenómeno no distingue entre izquierda y derecha. No es ideológico, sino hereditario. En algunas familias se heredan casas, tierras o negocios; en otras, una corriente política completa y, si el reparto sale bien, hasta el partido.
Los herederos no aparecen de la nada. Los producen organizaciones políticas que dejaron de formar nuevos dirigentes. Algunas solo funcionan durante las campañas: alquilan una sigla, reúnen candidatos y desaparecen hasta la siguiente elección. Otras tienen estructura y militantes, pero toda su vida gira en torno a una sola persona.
El líder concentra las decisiones, los recursos y la exposición pública. Quienes lo rodean pueden crecer, siempre que no crezcan demasiado. Un buen colaborador es celebrado; un posible sucesor despierta suspicacias. El jefe no forma reemplazos: forma leales. Y la primera prueba de lealtad es aceptar que el relevo llegará algún día, siempre que ese día quede lo bastante lejos.
Así se construyen los imprescindibles. Primero, se dice que nadie conoce el país como ellos. Luego, que su retiro pondría en riesgo la unidad del partido. Tras décadas en el escenario, su permanencia se presenta como prueba de que nadie puede sustituirlos. Es un argumento circular de una eficacia envidiable: impiden que aparezca un sucesor y después exhiben su ausencia como razón para quedarse.
Los ciudadanos también ayudamos a construir esos imprescindibles. Reclamamos renovación, pero desconfiamos de los desconocidos. Pedimos caras nuevas y, a la hora de votar, buscamos el apellido que ya sabemos pronunciar. El nombre conocido ofrece cierta seguridad, aunque solo sea la de saber por dónde vendrá la próxima decepción.
Una democracia necesita partidos capaces de sobrevivir a sus fundadores, renovar sus dirigencias y permitir que el talento ascienda sin pedir permiso al “dueño hasta de los ceniceros”, como proclamó Max Fernández. Si una organización depende de una persona o de una familia, puede ganar elecciones, pero difícilmente habrá construido una institución.
El triunfo de Lula es legítimo y su capacidad política volvió a quedar demostrada. Pero que, después de más de veinte años, el PT siga dependiendo de él debería preocupar al propio PT.
En nuestras democracias, la reelección suele presentarse como prueba de la grandeza del líder. También podría ser la prueba del fracaso de su partido para sobrevivir sin él.


