Hoy me voy a permitir soñar. Quizá una idea medio alocada resulte más sensata que otra ceremonia de posesión. Imagino que, por una vez, hacemos algo distinto con la justicia boliviana.
La detención del fiscal general, investigado por presuntos vínculos con una red de protección al narcotráfico, plantea una pregunta: ¿adónde acude una sociedad cuando quienes deben perseguir el delito aparecen bajo sospecha de protegerlo? Las responsabilidades tendrán que probarse. Él también tiene derecho al debido proceso.
Cuesta confiar en la justicia cuando parece valer más un contacto que un buen abogado. Tener razón pasa a segundo plano: “¿a quién conocés?”, “¿cuánto me va a costar?”, “¿el juez cobra por separado?”.
Se dice que nuestra justicia tiene cáncer. Como algo sé de cáncer, permítanme estirar la comparación. Hay cirugía para extirpar tumores; quimioterapia y radioterapia para destruir células malignas, e inmunoterapia para ayudar a nuestras defensas. La aspirina no cura el cáncer.
Nuestra receta sigue siendo la misma: posesionar a una autoridad, anunciar una reestructuración, prometer transparencia y cruzar los dedos. Poco cambiará si los funcionarios se eligen como siempre, los controles fallan como siempre y las faltas se castigan de vez en cuando. Cambiamos de médico y dejamos al paciente con su aspirina.
Vamos, entonces, con la propuesta.
Quisiera que la Asamblea Legislativa aprobara una ley que abriera un periodo de ciento ochenta días para intervenir y auditar el sistema de justicia, incluido el Ministerio Público. Con presupuesto, responsables y metas, dentro de la Constitución y con garantías que impidan al Gobierno y a los partidos acomodar a los suyos.
Mi primer impulso sería mandar a todos de vacaciones y abrir las ventanas, a ver si se va el mal olor. Pero una mujer amenazada o un inocente preso no pueden esperar a que salgamos del quirófano. Habría que intervenir por etapas, con relevos que mantengan el servicio y prioricen las urgencias. El paciente tiene que seguir respirando mientras lo operan.
Entraría un equipo de auditores jurídicos y de especialistas en gestión, informática y análisis patrimonial. Bolivianos y extranjeros, elegidos mediante convocatorias públicas, con experiencia acreditada y sin vínculos que comprometan su independencia. Revisarían trámites y decisiones. Los jueces también pasarían por ese examen. Los auditores no dictarían sentencias, pero sus hallazgos permitirían iniciar procesos ante indicios de delito.
Antes habría que asegurar los archivos y respaldar los registros. Luego, localizar los expedientes y digitalizarlos por orden de urgencia. Cada consulta o cambio quedaría registrado: quién lo hizo y cuándo. Se sabría quién responde por las demoras. Que una carpeta deje de depender del humor del encargado o de la facilidad con que el papel desaparece cuando incomoda.
Habría que extirpar los tejidos dañados: desmantelar las redes de corrupción y apartar a sus responsables, con pruebas y derecho a la defensa. Sin descuidar el tejido sano: los funcionarios honestos. Tratarlos como culpables por compartir oficina sería perder a quienes más podrían ayudar a sanear la justicia.
Después vendrían la quimioterapia y la radioterapia para eliminar los restos de corrupción que hayan quedado: revisar patrimonios y contrataciones, exigir concursos en los que los méritos cuenten más que los padrinos y controlar el reparto de causas. Que las sanciones lleguen antes de que los investigados se jubilen. Habrá que impedir que las redes vuelvan con un nuevo letrero y la misma tarifa.
La inmunoterapia fortalecería las defensas: proteger al denunciante y al funcionario que rechaza una orden ilegal, y facilitar la vigilancia ciudadana sin exponer a víctimas ni testigos. Que quien se niega a recibir un sobre no sea el único al que le abren un proceso.
Buscaría recursos y asistencia de la cooperación internacional, con metas claras y cuentas abiertas. En seis meses no se cura una enfermedad de décadas, pero sí se puede empezar a combatirla. Habría que informar cuántos expedientes se recuperaron, qué irregularidades se detectaron y qué procesos se abrieron.
¿Ingenuo? Puede ser. ¿Difícil? Muchísimo.
A estas alturas, me preocupa más seguir con la receta de siempre que entrar al quirófano. El paciente sigue en terapia intensiva. Ya hemos tomado suficientes aspirinas. Hace falta una cirugía mayor.


