El último eslabón del ajuste cambiario: la reducción arancelaria. ¿Amortiguador o solución?
Por: Gonzalo Chávez Álvarez Una de las mayores confusiones del debate consiste en creer que el cambio del tipo de cambio oficial generará de golpe un aumento del 40% en los precios de los bienes...
Por: Gonzalo Chávez Álvarez
Una de las mayores confusiones del debate consiste en creer que el cambio del tipo de cambio oficial generará de golpe un aumento del 40% en los precios de los bienes importados. Esa interpretación desconoce cómo funcionan realmente las empresas y los mercados. La mayor parte de esa devaluación ya ocurrió entre el 2024 y 2026, cuando el mercado paralelo desplazó al tipo de cambio oficial como referencia para conseguir dólares. Durante todo ese tiempo, los importadores compraron divisas al precio efectivo del mercado, recalcularon sus costos y fueron trasladando, total o parcialmente, ese incremento a los consumidores. Por ejemplo parte importante la inflación de 20 % del 2025 se debe a estos reajuste de inflación importada mas cara
Sin embargo, existía una pieza que todavía no había terminado de ajustarse: el componente tributario. Mientras la economía ya operaba con un dólar cercano a Bs 10, la Aduana seguía liquidando el Gravamen Arancelario sobre una base imponible calculada con un tipo de cambio oficial de Bs 6,96. En términos económicos, coexistían dos realidades: el costo privado de importar ya estaba devaluado, pero el costo tributario permanecía parcialmente anclado al viejo régimen cambiario.
Con el nuevo régimen, ambas realidades finalmente convergen. La base imponible aumenta porque el valor en bolivianos de la mercancía importada ahora se calcula con un tipo de cambio mucho más cercano al precio efectivo del mercado. En consecuencia, aun cuando la alícuota del impuesto no cambiara, el monto pagado crecería automáticamente porque el impuesto se aplica sobre una base significativamente mayor.
Consciente de este efecto, el Gobierno decidió reducir temporalmente las alícuotas del Gravamen Arancelario en cinco puntos porcentuales. Desde el punto de vista económico, esta decisión constituye un mecanismo compensatorio, pero no una compensación plena. La razón es sencilla: la reducción afecta únicamente a uno de los componentes del costo de importación, mientras que el aumento de la base imponible repercute sobre todo el valor de la mercancía y además interactúa con otros tributos, como el IVA y otros cargos aduaneros.
Un ejemplo ayuda a entenderlo. Antes del cambio, una mercancía de USD 100 tenía un valor imponible de Bs 696. Si pagaba un Gravamen Arancelario del 35%, el impuesto era Bs 243,6. Con el nuevo tipo de cambio de 9,76, la base imputable pasa 976 Bs. y el gravamen arancelario antiguo sube a 341,6 Bs. un incremento de 40%.
Con una alícuota reducida al 30%, el impuesto desciende a Bs 293. Es decir, aunque la tasa baja cinco puntos, el impuesto efectivamente pagado aumenta porque la base sobre la cual se aplica es mucho mayor. La reducción arancelaria amortigua el golpe en un 20%, pero no alcanza para neutralizar completamente el efecto del nuevo valor imponible.
Ahora bien, desde una perspectiva dinámica, tampoco debe esperarse que todo ese mayor costo aparezca de manera inmediata en los precios al consumidor. Las empresas más grandes y con mejor capacidad de planificación ya venían anticipando este escenario. Saben que los mercados funcionan con expectativas, no solamente con hechos consumados. Muchas ya habían incorporado, total o parcialmente, el costo esperado de una futura actualización tributaria dentro de sus estructuras de precios, especialmente aquellas que operan en sectores donde el dólar paralelo era la referencia desde hace muchos meses.
Aquí entra un concepto central de la microeconomía: el grado de traslado de costos (pass-through). Ninguna empresa traslada automáticamente el 100% de un incremento de costos. Todo depende de la competencia. Si vende un producto altamente competitivo, probablemente absorberá parte del mayor costo reduciendo sus márgenes de ganancia. Si comercializa un bien con poca competencia o con demanda muy inelástica, medicamentos especializados, ciertos repuestos o equipos tecnológicos, tendrá mayor capacidad para trasladar ese incremento al consumidor final.
Por ello, el efecto inflacionario que podría observarse en los próximos meses no corresponde a una nueva devaluación, sino al cierre del último capítulo de una devaluación que el mercado comenzó hace bastante tiempo. La economía ya había hecho el ajuste cambiario; lo que faltaba era que el sistema tributario dejara de calcular impuestos con un tipo de cambio que hacía tiempo había dejado de existir en la práctica.
En definitiva, el decreto reconoce una realidad interesante: el Gobierno entiende que actualizar el tipo de cambio oficial eleva la carga tributaria de las importaciones y, por eso, intenta amortiguar el impacto reduciendo los aranceles. Sin embargo, la rebaja de cinco puntos porcentuales debe interpretarse como un amortiguador, no como un antídoto. Reduce la velocidad del golpe, pero no elimina la física del problema. En economía, como en los automóviles, los amortiguadores hacen el viaje más cómodo, pero no desaparecen los baches.


