Durante cinco días, el interior de un automóvil se convirtió en el único lugar donde Johanny Bautista de 37 años sintió que podía mantener a salvo a quienes más le importaban. Allí durmió junto a Guzz, un gato gris, y Sienna, una gata siamés tricolor, después de que el terremoto obligara a desalojar el edificio donde vivían en Caracas. Mientras las autoridades advertían que una réplica podía terminar de comprometer la estructura, ella intentaba controlar la ansiedad que la había acompañado desde antes del sismo; sus gatos, en cambio, permanecían en silencio, todavía sobresaltados por todo lo que habían vivido. Los tres compartían el mismo refugio, el mismo miedo y una misma incertidumbre: no saber cuándo podrían volver a casa.
Paradójicamente, cuando recuerda aquellos días, Johanny no habla primero de las columnas agrietadas, de los vidrios rotos ni del edificio que estuvo a punto de colapsar. Tampoco recuerda el momento en que salió descalza y envuelta únicamente en una bata. Lo primero que viene a su memoria son Guzz y Sienna. “Mi angustia eran mis gatos”, resume. Y es justamente esa angustia la que atraviesa toda su historia, porque el terremoto duró apenas unos segundos, pero el miedo de no encontrarlos se prolongó mucho más.
Horas antes, sin embargo, todo parecía transcurrir con absoluta normalidad.
Aquel día no tenía trabajo como maquilladora profesional, actividad a la que se dedica desde hace casi diez años. Permaneció en su apartamento realizando tareas del hogar y, al caer la tarde, pensaba salir al supermercado. Después de ducharse decidió recostarse unos minutos para hacer ejercicios de respiración, una rutina que suele ayudarla a controlar la ansiedad. Fue entonces cuando Guzz saltó a la cama y, como hacía siempre, se acomodó sobre su hombro hasta quedarse acurrucado junto a ella.
“Me sentí tan cómoda que me empezó a dar sueño. Pensé: mejor voy mañana al supermercado y me quedo aquí acurrucada con Guzz”, recuerda. Nunca imaginó que esa sería la última escena de tranquilidad que vivirían dentro del apartamento.
Lo que ocurrió después fue tan rápido que todavía hoy le cuesta ordenar los recuerdos.
Primero escuchó un sonido extraño. Luego observó cómo Guzz levantaba las orejas y quedaba completamente alerta. Antes de que pudiera comprender qué estaba ocurriendo, el gato salió disparado por el apartamento y, apenas unos segundos después, el piso comenzó a moverse con una fuerza que nunca antes había sentido.
Al principio creyó que se trataba de un temblor como otros que había vivido, pero bastó un instante para entender que aquello era diferente. Los cuadros comenzaron a desprenderse de las paredes, los espejos estallaban, los adornos caían a su alrededor y el edificio parecía balancearse de un lado a otro mientras ella intentaba sostenerse de una columna para no caer. “Yo pegaba gritos. Solo decía: ‘Dios mío, ya’. Se sintió muy largo y muy fuerte”, recuerda.
En medio del movimiento alcanzó a ver cómo Guzz desaparecía de su vista. Tampoco encontró a Sienna. Cuando el temblor disminuyó por unos segundos, tomó la primera bata que encontró y logró abrir la puerta del apartamento. Afuera, el pasillo estaba cubierto por una nube de polvo y apenas podía distinguir a los vecinos que también intentaban escapar. Todos bajaban con miedo, pero muchos compartían además otra preocupación: habían dejado atrás a sus mascotas.
Ya en la calle descubrió que había salido sin teléfono, sin documentos y sin llaves. Sin embargo, nada de eso parecía importar. “Yo no pensé en cosas materiales”, cuenta. Mientras otras personas intentaban comunicarse con sus familiares, ella solo pensaba en regresar. Sabía que el edificio podía volver a sacudirse, pero también sabía que sus gatos seguían allí adentro.
Por eso decidió subir una y otra vez. Primero acompañada por una vecina que también buscaba a sus animales y luego con la ayuda de amigos y otros residentes. Movió muebles, abrió armarios, revisó cada rincón del apartamento y los llamó incansablemente, aunque sabía que el miedo hacía que los gatos buscaran esconderse donde nadie pudiera encontrarlos. Aquella noche logró rescatar a Sienna, atrapada en un espacio muy estrecho, pero Guzz seguía sin aparecer. Pensó incluso que había escapado por el balcón y pasó horas recorriendo estacionamientos, edificios e incluso una iglesia cercana, llamándolo sin obtener respuesta.
La búsqueda terminó recién al amanecer del día siguiente. Apenas hubo luz volvió al apartamento y, mientras recorría nuevamente la cocina, algo llamó su atención. “Me doy la vuelta y veo que asomó la cabecita por un hueco arriba de los gabinetes”, relata. Allí permanecía Guzz, inmóvil y completamente aterrado. Cuando finalmente logró abrazarlo, el gato se aferró a su cuerpo con fuerza, como si también hubiera estado buscándola todo ese tiempo.
Con los dos a salvo llegó otra realidad. Los ingenieros advirtieron que las columnas del edificio habían quedado seriamente comprometidas y recomendaron desalojarlo por completo ante el riesgo de una réplica. Fue entonces cuando Johanny entendió que rescatar a sus gatos no significaba que la odisea hubiera terminado. En realidad, apenas comenzaba.
Durante los cinco días siguientes, el automóvil se convirtió en su hogar. Allí dormían, descansaban y esperaban noticias sobre el edificio. Ella intentaba controlar la ansiedad mientras observaba que Guzz y Sienna tampoco eran los mismos. “No tienen ninguna herida, pero quedaron muy traumados“, explica. El miedo parecía haberse instalado en los tres. Cualquier ruido los sobresaltaba y la idea de volver bajo un techo todavía resultaba imposible.
Con el paso de los días también llegó el alivio. Los vecinos consiguieron encontrar a todas las mascotas del edificio, incluidos los gatos comunitarios que se habían refugiado debajo de vehículos y entre las áreas verdes. Nadie imaginaba que, en medio de una tragedia de esa magnitud, tantas personas regresarían al edificio arriesgando su propia seguridad no para rescatar objetos de valor, sino para buscar a quienes las esperaban escondidos entre los escombros.
Por eso, cuando Johanny mira hacia atrás, no recuerda primero el estruendo del terremoto ni el edificio a punto de colapsar. Lo que permanece es la imagen de Guzz acurrucado sobre su hombro apenas unos minutos antes del desastre y la certeza de que, cuando todo empezó a derrumbarse, nunca dudó de qué era lo verdaderamente importante.
“Mi angustia eran mis gatos”, repite.
Y quizá esa frase explica mejor que cualquier otra cómo se sobrevive cuando la tierra deja de ser un lugar seguro.



